Bernardí Roig, «Wittgenstein House (Viena)», 2017 (fotograma del vídeo)
Bernardí Roig, «Wittgenstein House (Viena)», 2017 (fotograma del vídeo)
ARTE

Bernardí Roig, el infierno como repetición infinita

El artista mallorquín consigue montar con toda su producción audiovisual una obra de arte superior en Es Baluard

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El infierno es una repetición infinita que no puede detenerse, escribió María Zambrano en un opúsculo sobre Franz Kafka, en 1947. Infiernos personales, bucles eternos, trabajos sisíficos, verdades inalcanzables, obsesiones, deseos, (re)pulsiones, realidades, ficciones y distopías son parte del contenido de este ensayo videográfico en forma de exposición que recoge los últimos 18 años de producción fílmica de Bernardí Roig (Palma, 1965).

El infierno es uno, sigue diciendo Zambrano, y, sin embargo, cada tiempo parece tener el suyo, intransferible con otras épocas; un infierno particular que es exclusivo de cada individuo porque al compartirlo se transforma en purgatorio. Descendemos hacia las entrañas del museo, un espacio único que nos recibe con una acumulación de imágenes en movimiento y una sinfonía de sonidos superpuestos que nos sobrecoge en su desmesura.

Nada es casual. La propuesta toma la apariencia de una gran instalación, milimétricamente ordenada en su desorden, donde cada pieza obtiene nuevo sentido al entrar en contacto con las demás. Obras autónomas que, en esta ocasión, dan forma colectiva a un recorrido subyugante por las obsesiones de Roig, por los avernos visuales y sonoros de un artista que comparece representado por sus múltiples heterónimos: por el padre, por otro artista, por el crítico y comisario, por el escritor, por el poeta, por el músico, por el mirón, por el espectador, por el obseso, por el anacoreta, por el ermitaño, por el cuerdo, por el loco, por el rico, por el indigente. Un camino donde la ceguera, el silencio y el hambre, en un curioso contrasentido, cobran una importancia trascendental entre tanta saturación.

Dante describía en la Divina Comedia un infierno de diversas lenguas, horribles blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, voces altas y roncas, acompañadas de palmadas, que producían un tumulto que rodaba por aquel espacio oscuro como si fuera la arena impelida por un torbellino. Aquí, los condenados se desenvuelven en soledad por los lugares del desasosiego con una ocupación perversa que deja en evidencia sus obsesiones y miedos, su incapacidad de escapar de esa rutina sin fin en la que se hayan sumidos, alienados y presos. Entre el Barroco y el punk, la luz renacentista, omnisciente y clarividente, nunca compareció, y los seres humanos, como aquel filósofo cínico de la lámpara de aceite, apenas alcanzan a iluminar lo que tienen a su alrededor.

Vorágine de soledades

Se suceden los personajes, las situaciones y las acciones: Diana y Acteón, Lázaro y Salomé; Fernández Mallo en un ascenso eterno hacia la cabaña de Wittgenstein; Castro Flórez en un recorrido infinito por los espacios claustrofóbicos del racionalismo; la mudez, la amputación y la castración; el hecho, el lecho y el cohecho; todo en una vorágine de soledades y trabajos estériles que tienen cabida en una cárcel tan vasta que no se perciben sus rejas, su extensión, ni la forma de escapar. Camus, recreando el mito de Sísifo, escribió que la lucha por llegar a las cumbres basta para llenar el corazón de un hombre. No no sé si en la obra de Bernardí Roig hay cabida para un Sísifo feliz.