Ludwig van Beethoven en un retrato de Joseph Karl Stieler realizado en 1820, siete años antes de su muerte
Ludwig van Beethoven en un retrato de Joseph Karl Stieler realizado en 1820, siete años antes de su muerte
MÚSICA

Beethoven, el amigo enemigo de Bonaparte

Jan Swafford firma una nueva y apasionante monografía dedicada al músico alemán

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En música, hay un antes y un después de Beethoven. Su presencia marca una suerte de línea divisoria. La cronología aclara algo, aunque no todo. Beethoven nace en Bonn en 1770, en un ambiente influido por los fermentos de la Ilustración, y muere en Viena en 1827, cuando el Romanticismo llama a la puerta. En medio, hay una revolución (la francesa), una restauración, unos generales (Napoleón, Wellington) y muchas batallas en las que –junto a los ejércitos– se enfrentan un nuevo y un viejo orden.

Lo que la música de Beethoven encumbra es precisamente la idea de conflicto.Haydn y Mozart enfocaban la forma musical de una manera discursiva, en la que los temas articulaban una variedad de puntos de vista. En Beethoven, el espacio musical se vuelve un espacio bélico en donde los temas se enfrentan, se transforman, se disgregan, luchan por afirmarse. De ahí surge ese tono enérgico y dramático de la materia sonora, ese impacto primordial que deja a los oyentes estupefactos y avasallados ante su música.

Jan Swafford lo explica muy bien en su monumental monografía, a la vez que advierte: pese a sus simpatías iniciales por Bonaparte (luego renegadas) y a su amor por los ideales republicanos, Beethoven no fue un revolucionario. Su música se mantiene en los surcos formales de Haydn y Mozart; eso sí, los ensancha hasta límites impensables, los somete a tensiones inauditas. Nadie había llegado tan lejos. Esa potencia, ese dramatismo, influirá de manera decisiva en las generaciones siguientes, que verán en él –en su individualismo así como en su lucha contra las adversidades (pensemos tan sólo en la sordera)– un modelo a seguir. Y sin embargo, Beethoven no puede considerarse un romántico. No le interesa «expresarse a sí mismo», no busca traducir en sonidos unos contenidos subjetivos (hasta tal punto fue reservado con su vida interior que ignoramos la identidad de su «inmortal amada»). En su música, toman forma principios eternos, instancias superiores, se abre paso una vocación humanista que habla a la Humanidad en su conjunto.

Más allá del mito

Uno de los aciertos del estudio de Swafford consiste en realzar la importancia de la época de formación en Bonn. Fueron años duros para Beethoven, explotado por un padre fracasado y borracho que quería convertirle en el joven Mozart y sacar rédito de sus éxitos. Pero fueron también años marcados por las sabias enseñanzas de su primer profesor, Christian Gottlob Neefe, y por unas relaciones sociales fructíferas gracias a las cuales entró en contacto con las ideas de la Ilustración. El optimismo en el que se cimienta la música de Beethoven pese a todas sus peripecias, la idea de que cualquier conflicto está llamado en última instancia a desembocar en un estado superior de alegría, procede de aquellas tempranas vivencias. Viena, por el contrario, acentuará la misantropía y la soledad del artista.

No es fácil a estas alturas escribir una nueva monografía sobre Beethoven. Su figura y su obra ya son inseparables de la corteza de creencias y opiniones que se han construido a su alrededor. Aun así, Swafford ha buscado trazar un perfil lo más objetivo posible del hombre por encima del «mito» que lo rodea. Manejando una cantidad ingente de datos, el autor teje un relato lúcido y apasionante de la biografía del compositor y lo entrelaza con el sagaz análisis de sus piezas más destacadas, en lecturas reveladoras (caso de la «Heroica») pero sin excederse en tecnicismos. Un ensayo admirable, al que Acantilado corresponde con una traducción y un cuidado editorial irreprochables.