Una de las piezas de la muestra de Ana Barriga/ Las cámaras de ABC entraron en su estudio en marzo de este año - Vídeo: ABC
ARTE

Ana Barriga pinta el aire

La artista jerezana construye, a modo de infantil juego y puesta en escena, composiciones que son emblemas y que contienen latentes mensajes, en ocasiones críticos

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Si hay algo que, en primera instancia, atrapa de las pinturas de Ana Barriga (Jerez de la Frontera, 1984) es la profunda sensación de espacio que transmiten. Lo consigue gracias a la ilusión de profundidad, fundada en la recreación de un espacio interior (una escenografía), en la representación de objetos de marcada volumetría y en el empleo eficaz del esmalte, que produce brillos y traslada percepciones táctiles. Barriga pinta el aire que envuelve sus bodegones de elementos desclasados. Es tan intensa y veraz esa ilusión, aun huyendo de una factura pulcra, que parece negarla con el empleo del espray, a modo de grafiti, que devuelve la idea de lo bidimensional, de lo plano.

Pero con ser fundamental este aspecto, la representación pasa a ser un espacio de operaciones para la pintora. Barriga recupera materiales entrópicos y enseres que son expulsados de la vida de sus antiguos dueños. Se fija en elementos cursis y que pueden encajar en la categoría de lo kitsch. A partir de su recuperación, marcados por un almibarado sentimentalismo y porque pueden ser entendidos como símbolos (amor, muerte, erotismo, matrimonio), la artista, empujada por esa necesidad plástica de comunicar lo espacial, construye, a modo de infantil juego y puesta en escena, composiciones que son emblemas y que contienen latentes mensajes, en ocasiones críticos. En algunas hay un sutil y divertido diálogo con la Historia del Arte, mientras que la mayoría expone con ironía asuntos gruesos en las relaciones humanas.