LIBROS

Azorín de cuerpo presente

Prosigue el rescate de Azorín con la biografía que, a los pocos días de morir, le dedicó García Mercadal

Azorín, protagonista de esta biografía
Azorín, protagonista de esta biografía

«Vivir es ver volver», dijo Azorín, y esa famosa sentencia podría valer también para lo que de un tiempo a esta parte, aunque poco a poco, está sucediendo con los artículos que él mismo publicó en la prensa. El profesor Francisco Fuster ha dedicado mucho tiempo a rastrear y exhumar en las hemerotecas artículos azorinianos que han desembocado en tres volúmenes: «¿Qué es la Historia?» (Fórcola, 2012), «Ante Baroja» (Universidad de Alicante, 2012) y «Libros, buquinistas y bibliotecas» (Fórcola, 2014), y ahora ha sido también el encargado de recuperar la biografía que sobre Azorín escribió el polígrafo zaragozano José García Mercadal (1883-1975), que entre 1944 y 1967 llegó a dar a la imprenta veintiséis colecciones de artículos azorinianos (entre ellos la primera edición de «Ante Baroja», que Fuster ha ampliado), aunque se sigue echando en falta una selección significativa de sus reseñas de libros.

Estrecha amistad

Licenciado en Derecho y ocasionalmente tentado por la política (donde pasó de antimonárquico activo, a los veinte años, a un conservadurismo con pocas fisuras), García Mercadal fue periodista, historiador y biógrafo, autor de decenas de libros, ninguno memorable. Tampoco es precisamente una obra maestra la biografía de Azorín que la editorial Destino, conociendo su estrecha amistad con el escritor de Monóvar, le encargó en 1966, y que se convirtió en la primera póstuma del inventor de la Generación del 98. El texto alcanzó a incluir una «Postdata en 4 de marzo de 1967», y en ella, dos días después del fallecimiento del ilustre amigo, cuenta su visita al velatorio y también el entierro, donde, impresionado por el número de asistentes, no puede contener un desahogo: «Si la tercera parte de los acudidos hubieran representado en el acto a compradores de libros de Azorín, ¡otro gallo les cantara a los editores de sus obras!»; pero a renglón seguido se repone para terminar recordando que aquel a quien despedían había vivido «embebecido siempre en su afición a los libros, más a los ajenos que a los propios, absorto en la contemplación espiritual, viviendo como fuera del mundo que le rodeaba, para estar más dentro del que veía, soñando despierto». Ambas citas dan buena cuenta del estilo del autor aragonés, franco y hasta bronco en algunos pasajes, delicado en otros, descuidado a veces (Fuster ha de corregirle en sus notas muchos datos), de repente poeta.

Todo se acelebra

Azorín no fue un hombre de acción, así que al escribir su vida había que centrarse en su recorrido ideológico (paralelo al de su biógrafo, aunque acaso con más matices) y en su obra. Superada la infancia, García Mercadal se centra en lo primero, dando cuenta sucinta de otros sucesos, para después acompañar a su amigo en su rápida escalada periodística, sus años de diputado, sus flirteos con el teatro… Todo se acelera al llegar a 1936 y los años de París, y de esas últimas tres décadas de vida de Azorín apenas se habla más que de sus paseos, su afición por el cine, su patriotismo o los homenajes que recibió. La extensión del encargo era inflexible, y haber dedicado tantas páginas a la juventud obligaba a descompensar el libro.

Biógrafo amable, rendido, cercano, casi devoto, pero también digresivo, serio pero oscuramente travieso en dos o tres apuntes, cumplió con lo que se le había pedido, un retrato con algo de balance que sirviera para ilustrar lo que, al cabo, es principalmente un curioso álbum de fotos.

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