Andrés Jaque, «Políticas transmateriales»
Andrés Jaque, «Políticas transmateriales»
ARQUITECTURA

Andrés Jaque y Pedro G. Romero: Arquitectura por peteneras

Dos de nuestras mentes teóricas más brillantes, Andrés Jaque y Pedro G. Romero, vinculan en sendas muestras arquitectura con transparencia (Tabacalera) y flamenco (CentroCentro)

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La tarea del historiador implica apoderarse de un recuerdo tal y como surge en el instante de peligro sabiendo que «en cada época, hay que intentar arrancar de nuevo la tradición al conformismo que está a punto de subyugarla» (Benjamin). Una madre gitana sube con su hijo muerto la escalera de Odessa en una película de Eisenstein; unos sujetos tratan de liberarse de la sujeción seductora de «la república independiente de su casa»; los situacionistas invocan la vida nómada y tratan de montar una (utópica) ciudad babélica; la toxicidad puede servir para despertar otro tipo de conciencia cosmopolítica... En fin, un archivo «flamenco» como el que se muestra ahora en CentroCentro puede friccionar con la insurgencia doméstica de la «Rolling Society».

El atlas de las formas de vivir flamencas, tan warburgiano cuanto subsidiario de la relectura planteada insistentemente por Didi-Huberman, y que despliegan allí como comisarios Pedro G. Romero y María García, puede dialogar con la «innovación política» que plantea Andrés Jaque en Tabacalera en una reformulación lúcida de la práctica arquitectónica.

Si en Cibeles se plantea la genealogía de la «deriva» que lleva desde el congreso situacionista de Alba hasta las Tres Mil Viviendas sevillanas, en Tabacalera asistimos a una «acampada» de proyectos que, sin duda, asumieron el «aprendizaje de Las Vegas» y que han llegado hasta una concepción de la vivienda como combinación del bricolaje con la «lógica» del tupperware.

En cierto sentido, Jaque ha sido capaz de «hacer transparente» las miserias de la deconstrucción (especialmente en su contra-vallado de la infame Ciudad de la Cultura de Eisenman) recuperando, tras la saturación teórica de los años post-estructuralistas, una suerte de performatividad ideológica de la arquitectura. Los entornos domésticos dejan de ser «espacios de dulce familiaridad» para operar como zonas de emergencia de lo diferente, ámbitos de lo que me gustaría calificar como «materialismo insumiso». Si uno de sus proyectos más antiguos es una reformulación del Seminario Menor de Plasencia, en desarrollos recientes ha mostrado incluso el «urbanismo» que aparece en Grindr (la red social orientada al público gay).

Mientras en Máquinas de vivir se recoge la documentación de Lorca revisando la noción de «machine à habiter» de Le Corbusier, en Políticas transmateriales podemos ver cómo se desmontan dispositivos como el Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe o la película de los Eames Powers of the Ten. En ambos casos se quiere ir más allá de la «transparencia engañosa» para abrir otros marcos de interpretación.

«Nuestra época -escribe, por su parte, Pedro G. Romero- es, quizás, aquella que ha hecho del “vivir” una forma administrada de “habitar”. Revirtamos la fórmula, hagamos del “vivir la forma política de habitar el mundo”. En esa línea, Jaque moviliza en todos sus proyectos el contexto social y propone formas alternativas de crítica.

Máquinas de libertad

Conviene recordar que Foucault advirtió que no creía en la existencia de nada que sea funcionalmente liberador: «Por definición, no hay máquinas de libertad». Lo que tenemos son relaciones recíprocas y desfases entre ellas, capas múltiples que nos constituyen en las que podemos ejercer presión o tratar de ofrecer aunque sea una mínima resistencia. Las heterotopías son una gran reserva de la imaginación, y los «modos de hacer», las tácticas de sabotaje (Michel de Certeau), que activan estas dos exposiciones sobre arquitectura vinculada al flamenco (Pedro G. Romero) y a la transmaterialidad (Jaque) nos permiten cuestionar la (presunta) normalidad que reduce nuestra vida a un ridículo minimalismo al alcance de todos los bolsillos.

Le Corbusier terminaba su canónico tratado de urbanismo con la sentencia «Arquitectura moderna o revolución». Conocemos de sobra las miserias del funcionalismo sembrado por el «Estilo Internacional» y también hemos dejado atrás el cinismo postmoderno, cuando el ángel de la Historia ve crecer las ruinas hasta tocar el cielo.

Desde Pinot Gallizio, el situacionista nombrado como «rey gitano», hasta el «capo» Berlusconi, el urbanista que colonizó patéticamente nuestros hogares poniendo en vanguardia la psicodelia mareante de Lazarov, hay un trayecto. Tenemos que pensar máquinas de vivir políticamente la arquitectura, líneas de fuga del pueblo que faltan o fórmulas domésticas diferentes en tiempos de la precarización aceleracionista. A veces hay que salir por peteneras.