Fotografía de la serie «Emotional Architecture»
Fotografía de la serie «Emotional Architecture»
FOTOGRAFÍA

La arquitectura emocional de Casebere

El fotógrafo norteamericano se alía con los grandes hitos de la arquitectura emocional en un nuevo capítulo de su foto escenificada en la galería Helga de Alvear

Actualizado:

«Creo en una arquitectura emocional. Es muy importante para la especie humana que ésta pueda conmover por su belleza. Si existen distintas soluciones técnicas igualmente válidas para un problema, la que ofrece al usuario un mensaje de belleza y emoción, ésa es arquitectura». Estas palabras de Luis Barragán, una de las figuras más influyentes de la arquitectura mexicana del siglo XX, hacían referencia a una manera muy particular de concebir la creación contemporánea: la arquitectura emocional.

Concepto que ya había sido acuñado previamente por el escultor polaco Mathias Goeritz en 1953. «Sólo recibiendo de la arquitectura emociones -diría- el hombre puede volver a considerarla como un arte». Esta nueva corriente arquitectónica, basada en una lectura más cálida y emotiva de los valores funcionales y racionalistas, en la que el color, la luz, e incluso el agua, jugarían un destacado papel en las propuestas espaciales, tendría a Goeritz y a Barragán como sus principales representantes.

La piel de la maqueta

El proyecto expositivo Emotional Architecture, de James Casebere (1953) propone ahora un nuevo y personal homenaje inspirado en esos espacios que intentaban alejarse de la frialdad racionalista. Un trabajo que le hace volver de nuevo a algunas de las señas de identidad más reconocibles de su gramática creativa como son la construcción de maquetas, para las que emplea medios muy austeros y poco sofisticados, con las que recrea, por medio de una calculada y eficaz iluminación, la representación de una serie de interiores, singulares y reconocibles, y que le han servido para ocupar una destacada posición dentro de las estrategias de la fotografía escenificada. Espacios que tienen la peculiaridad de aislar al espectador de toda relación con el ámbito exterior al concentrar su atención en sus vacías y desnudas estructuras internas; un vacío que es potenciado por la ausencia absoluta de la presencia humana.

Al contemplar la representación de estos lugares, que sólo se nos podrían aparecer como ficticios en función de nuestro conocimiento de la génesis de los procesos de Casebere, nos invade una indefinible sensación de comprender -pero también de comprehender- el espacio arquitectónico como un lugar simbólico, cargado de significaciones, y, al tiempo, de posibles ilusiones, con la potestad de calificarnos como individuos y de ahormar nuestros registros emocionales y estados anímicos.

Ése era el principal objetivo de la arquitectura emocional, y ése es también el que persigue el fotógrafo norteamericano con sus imágenes. Con sus juegos de inteligente iluminación, con la sensual fisicidad de un cromatismo protagonista y constructivo, con sus interiores desprovistos de elementos de interferencia visual, parecería que nos introdujéramos en las auténticas construcciones realizadas por esos arquitectos emocionales y emocionados.