COLECCI√ďN ABC

Almada Negreiros, el ser impar

La modernidad en el arte en Portugal tuvo un nombre propio: José Almada Negreiros, bien representado en la Colección ABC. Su país de origen le dedica ahora una gran antológica

¬ęTres muchachas en un balc√≥n¬Ľ, portada de Blanco y Negro de 1929
¬ęTres muchachas en un balc√≥n¬Ľ, portada de Blanco y Negro de 1929

El pintor, dibujante, poeta, dramaturgo y mil cosas más José de Almada Negreiros (Santo Tomé, 1893-Lisboa, 1970) fue una de las grandes figuras de aquella modernidad cultural portuguesa que tiene a Fernando Pessoa (del que Almada hizo un excelente retrato en la revista Orpheu) por otra de sus cumbres. Una modernidad, como bien ha subrayado Juan Manuel Bonet, que hay que entenderla con una mayor amplitud de miras, dado que con esa denominación fue acogido también en el país hermano el alineamiento con las vanguardias históricas. «Esto de ser moderno», dijo en una de sus conferencias madrileñas «es como ser elegante: no es una manera de vestir, y sí una manera de ser. No es hacer caligrafía moderna, es ser el legítimo descubridor de la novedad».

Porque entre 1927 y 1932, Almada decidió vivir en Madrid, donde contaba con un buen amigo, Ramón Gómez de la Serna, que andaba embarcado también en la difusión de todo lo que se tenía en aquellos instantes por novedoso en cuanto venía a poner en jaque cierta modorra cultural hegemónica. Los dos se conocían de antes, dado que aquel fue un tiempo en que se practicó un cierto iberismo cultural que hoy echamos de menos.

De trapecio en trapecio

Así las cosas, no le costó nada integrarse entre nosotros, y el mismo año de su desembarco en España, La Gaceta Literaria de Ernesto Giménez Caballero, en cuyas páginas le había elogiado poco antes Gómez de la Serna, auspiciaba una exposición suya en la Unión Ibero-Americana que estaba en el Paseo de Recoletos. «Almada Negreiros -había escrito Ramón en aquel artículo de referencia obligada- es el ser impar en medio de la pintura y de la literatura portuguesa, sobre las que salta de trapecio en trapecio».

Aquella muestra quiso dedicársela a Picasso, Juan Gris, Sunyer, Vázquez Díaz (al que retrató cinco años antes) y a Solana, con lo que daba importantes pistas acerca de sus gustos estéticos, que se habían ido desplazando desde el Simbolismo hacia el Cubismo -no en vano, él y Ramón fueron amigos de los Delaunay- y el Futurismo, sin perder cierta sensibilidad en la que late algo del espíritu «déco».

Años frenéticos

Fueron cinco años frenéticos en los que escribió, expuso en muestras colectivas (en las galerías Dalmau de Barcelona, o en San Sebastián, tanto en la de Arquitectura y Pintura Moderna como en la de la Sociedad de Artistas Ibéricos); participó en las más inquietas tertulias del momento (la de Pombo, la del café Zahara o la de La Granja del Henar), y trabajó como decorador teatral (para Los medios seres, de su amigo Ramón) y, habida cuenta de su estrecha relación con nuestros jóvenes arquitectos funcionalistas, como decorador de espacios, desde sus paneles decorativos en estuco para el cine San Carlos de la calle Atocha, hoy en el Museu do Chiado de Lisboa (con esa sensacional versión del Gato Félix, o los referidos al jazz), hasta sus murales para el teatro Muñoz Seca, el cine Barceló o la Fundación del Amo en la Universitaria.

Dado el prestigio de Prensa Española, dibujó para Blanco y Negro, ABC y Gente Menuda
Pero sobre todo se aplicó en el dibujo, al que, como desvelaría en el ensayo que leyó públicamente en junio de 1927, consideraba «el mejor amigo del entendimiento» y del que decía que imponía una obediencia absoluta que no era «sino nuestra lealtad para con nosotros mismos, para con nuestros sentidos». Dibujó para el diario El Sol (donde dejó unas exquisitas historietas, algunas plenamente surrealistas, muy en la línea de las que había hecho para Sempre Fixe en 1926); o revistas como Crónica, La Esfera, Mundo Gráfico, Nueva España, Nuevo Mundo o Revista de Occidente; también para editoriales como La Farsa, La Novela de Hoy o La Novela Mundial (cómo no mencionar aquí su trabajo para La neurasténica, de Ramón), y para obras sueltas, como ese excelente retrato de la guerra de África que nos dejó José Díaz Fernández titulado El blocao. Y dibujó igualmente para la publicidad (en la revista Arquitectura) o para aquella proyección de linterna mágica, La tragedia de doña Ajada, de sus amigos el escritor Manuel Abril y el músico Salvador Bacarisse, cuyas estampas, de regusto entre expresionista y constructivista, conservan los descendientes del exquisito compositor.

Y amigos no le faltaron en ese lustro en que habitó entre nosotros: Rivas Cherif, Margarita Xirgú, Benjamín Palencia, Alberto Sánchez, Díaz Caneja, Lorca, García Mercadal, Luis Lacasa, Ponce de León, Jerónimo Mihura, Neville, Tono...

Como era inevitable, dado el prestigio de Prensa Española, dibujó para Blanco y Negro, ABC y el suplemento infantil Gente Menuda, por lo que la Colección ABC conserva unas veintitantas obras suyas, entre las que destacaría su estampa de circo de 1930, su Margarita de 1930, la portada de las tres muchachas en el balcón de 1929, y algunas de las imágenes para un calendario de 1931, en las que le vemos esforzarse para que lo que en ellas pueda haber de ornamental se coloque al servicio de las sensibilidades más contemporáneas, haciéndose vehículo de la poética consustancial a la gran metrópoli y poniendo en todo ese «algo entre cosa vista y cosa soñada», como escribiera Ramón en El alma de Almada, que quizá es lo que mejor le define.

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