La artista en el Museo Lázaro Galdiano
La artista en el Museo Lázaro Galdiano - JOSÉ RAMÓN LADRA
ARTE

Alicia Martín: «Me da pudor admitir que la obra es autobiográfica»

Con su entrada en el Museo Lázaro Galdiano y el DA2 de Salamanca, la escultora genera sus dos citas más personales

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No le importa que la encasillen como «la artista que trabaja con libros». Pero si algo ponen de manifiesto sus actuales muestras en el DA2 (Palíndromo, que incide en su obra primera y el trabajo reciente) y Archivo 113, su participación en Reinterpretada (el programa del Museo Lázaro Galdiano que invita a los artistas contemporáneos a dialogar con su colección) es que Alicia Martín (Madrid, 1964) es una creadora multidisciplinar y poliédrica, que por primera vez reconoce la carga biográfica de su labor.

¿Cómo debemos «leer» su interés por el libro?

Pues no nació de un deseo de hacer un libro de artista, sino de entenderlo como un objeto que había que activar, algo que funciona como prolongación del cuerpo y la mente. A ello se suma que es un objeto universal. Curiosamente, nunca me había ocupado de su interior hasta estas dos exposiciones.

Es curioso que nunca haya hecho un libro de artista. ¿Cómo sería el suyo?

No lo sé. A mí me gusta que las cosas me estimulen, no ponerme metas. Por eso he disfrutado mucho el proyecto de la Lázaro Galdiano. Cuando entro en este museo, que fue una casa, me doy cuenta de que está repleto de cosas. ¿Cómo atacar todo eso?... ¡Lo tengo!: mi libro de artista no sería un libro.

¿Y qué ha hecho en esta casa?

El título de Archivo 113 busca dar contexto a todo lo que me he encontrado, ahora tan cuidado, tan impecable, pero con una historia. Galdiano fue un coleccionista con sus gustos. Pese a que también adquirió obras maestras, con su actitud dotó de valor a aquello que compraba. Me interesaba esa parte subjetiva del coleccionista. La primera sensación que yo tengo al entrar aquí es la de aglomeración, y por ello me propongo rellenar huecos, ocupar vacíos: darle a todo un contexto.

Si algo ponen de manifiesto ambas citas es que su trabajo va mucho más allá del libro como objeto y de la escultura como técnica.

Si al final te etiquetan es por unas circunstancias, que no son del todo falsas. Cuando me ofrecen lo del DA2, sin embargo, me apeteció hacer otra gran instalación, un péndulo. Y cuando me propusieron un comisario, no tuve dudas con Sergio Rubira. Él dijo que sí con una condición: enseñar el trabajo primero. La muestra de la Lázaro me estimula porque me da la opción de trabajar de otra forma, de huir del libro volviendo a él.

«Me gustaría que no fuera pertiniente subrayar que soy la primera mujer en el programa del museo Lázaro Galdiano»

No sé si el título de lo del DA2, «Palíndromo», tiene resonancias biográficas en alguien que además sufrió dislexia.

Con Palíndromo me ha sucedido algo que sospechaba pero que no quería afrontar y es que mi trabajo es autobiográfico. ¡Ya está! ¡Lo reconozco! Pero es algo que me da mucho pudor.

En la Lázaro, lo normal quizás habría sido lanzarse a la Biblioteca de Galdiano...

¿Verdad? Pero me sedujo más el viaje de cada obra, cómo vinieron, cómo llegaron, dónde fueron... Todo archivo, a su vez, es una colección de cosas y la esfera que propongo en el salón de baile es una especie de metáfora del todo. Lo que sí tuve claro es que el espacio se tenía que presentar tal cual, sin que yo reprodujera o sustituyera nada en él. Tan sólo subrayar.

En sus instalaciones monumentales, como esa que menciona, los libros suelen ser donados. ¿Es habitual en su trabajo esta labor interactiva, azarosa y colaborativa?

Sí. aunque, fíjate: para el péndulo del DA2 he usado libros míos. Éstos tenían que salir de mi estudio. Me gusta la participación de los otros, pero no por moda, sino porque es una manera efectiva de conseguir que lo de fuera entre en un lugar. Además me interesa la idea de que son libros que cedes pero que al tiempo desechas. ¿Por qué estos?

Una de sus pocas instalaciones permanentes es la de la Cidade de la Cultura.

Lo que me gusta es que esas piezas sean temporales. Acabar y desmontar. Porque lo interesante es que son cosas gigantes que aparecen en tu ciudad y tienen que plantearse cómo ocupan una arquitectura. Pero que permanezcan como si fueran un monumento, eso no me gusta. En la Cidade les pareció bien. Ellos me cuentan que es ya un icono, pero yo creo que los iconos los carga el diablo.

«Posiblemente, las nuevas generaciones no perciben mis obras como la mía. Eso se debe a que su noción de libro es otra»

Hay una frase muy bonita suya que dice que la verdadera obra es el recuerdo que esas instalaciones dejan en el espectador.

Es que es así. En Madrid mucha gente recuerda la que hice para la fachada del Palacio de Linares. Y son muchos los que me cuentan lo que vieron, que no fue lo que yo hice, pero me encanta que eso sea así. Porque cada uno la construye en su cabeza de forma diferente. Lo mismo ocurre cuando lees un libro.

Ésta es la cuarta entrega de «Reinterpretada»; la primera protagonizada por una mujer. Resaltar esto, ¿es pertinente o una pena tener que hacerlo?

Es delicado. Me gustaría que no fuera pertinente subrayarlo. Es una pena que ese sea el titular. ¡Ojalá deje de serlo! Pero si tiene que ser, que sea.

Por cierto, ¿qué está usted leyendo ahora?

Volverse público, de Boris Groys. Pero estoy picando muchas cosas. Me rompí un pie y no sé por qué, teniendo más tiempo para leer, me volqué en el cine.

¿El libro electrónico acabará con su trabajo?

No. Porque el libro no desaparecerá. Son herramientas distintas, está bien que éstas sean plurales y que nos enseñen a usarlas. Soy obstinada y seguiré trabajando con el objeto...

¿Perciben igual sus obras las nuevas generaciones que la suya?

Posiblemente, no.

¿Eso desvirtúa su sentido?

Lo coloca en otro sitio. Mi hijo ya no lee libros. Lee e-books. No le engancha el objeto. Eso ya determina otra forma de pensar. Y otorga al libro una dimensión de «museo».