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Alexandra Gil: «La guerra del clic ha nutrido el yihadismo»

La normalización de la información digital y la necesidad obsesiva por conseguir visitas en las web ha difuminado muchas líneas rojas. La periodista Alexandra Gil, afincada en París desde hace años, ha sido testigo de ello

Captura de un vídeo, en el que se ve a miembros del Daesh antes de ejecutar a varios prisioneros
Captura de un vídeo, en el que se ve a miembros del Daesh antes de ejecutar a varios prisioneros

El cambio de modelo de negocio en los medios de comunicación (el paso del papel a internet), ha afectado también a su contenido. La obsesión por obtener el mayor número de visitas ha propiciado que se hayan difuminado muchas líneas rojas -éticas y de buen gusto-. Esta desorientación está siendo hábilmente utilizada por fenómenos como el terrorismo yihadista -consciente de que el espectáculo de la muerte vende en Occidente.

La periodista española Alexandra Gil (Zaragoza, 1987), afincada en París desde hace siete años y redactora jefa adjunta de la revista francesa Afrique Magazine, ha sido testigo en primera línea de la evolución del tratamiento que los medios franceses han hecho de los atentados de Daesh en Francia, país duramente golpeado en los últimos años. Y no duda en afirmar que «la guerra del clic ha alimentado el yihadismo».

«El tratamiento sensacionalista de un atentado terrorista, el seguimiento en ocasiones irresponsable y telenovelesco de una masacre como los atentados de París, regala a la figura del terrorista una notoriedad que inspira a futuros yihadistas. Querer explicar todo lo que rodea a un atentado en el menor tiempo posible, en la precipitación que tiene por único objetivo “llegar el primero” nutre el pánico, la incomprensión y la amalgama», apunta.

Confusión y caos

La labor analítica del periodista ha sido sustituida con información confusa «y a menudo enfocada únicamente desde la emoción», dice. «Esto nutre el terror en los ciudadanos, y esta incomprensión del fenómeno alimenta el caos en el que el yihadismo sabe expandirse».

Un paseo por varios canales de yihadistas en Telegram en las horas posteriores a un atentado es suficiente para comprender que viven el tratamiento informativo del mismo como la glorificación de sus actos. «Los medios tenemos la obligación de informar, pero también la responsabilidad de admitir que no lo estamos haciendo como debiéramos», subraya Alexandra Gil, que acaba de publicar en España el libro «En el vientre de la yihad»(Debate). En él reúne testimonios de madres de algunos de los yihadistas reclutados por Daesh para unirse al «califato» en Siria.

La periodista española Alexandra Gil
La periodista española Alexandra Gil- JOSÉ RAMÓN LADRA

Para conseguir estos testimonios, Gil tuvo que ganarse, durante meses, la confianza de unas mujeres a las que al dolor de perder a un hijo se sumó la humillación pública a la que fueron sometidas. «Tanto las víctimas de los atentados como las madres de los yihadistas a las que he entrevistado han recibido un trato oportunista por parte de los medios de comunicación. Decenas de supervivientes del atentado de Bataclan han denunciado públicamente ese acoso por parte de medios interesados en contar sus historias a cualquier precio. Para llegar a estas personas todo vale: desde colarse en los hospitales fingiendo ser un familiar hasta utilizar falsos perfiles de Facebook y dar así con una forma de contacto».

Sensacionalismo

Gil, que tiene en su haber un máster sobre los Retos de la Paz, la Seguridad y la Defensa y se ha especializado en terrorismo global, reconoce que los medios franceses no supieron cómo abordar «una ola de atentados terroristas en su propio suelo». No se desplegaron periodistas formados en conflictos armados o especializados, sino que de la noche a la mañana los mismos periodistas que trataban sucesos o debates políticos se convirtieron en improvisados expertos frente a un fenómeno tentacular, «con la guerra del clic de por medio».

Correr tras los padres de una víctima, hacerse con la dirección del terrorista y acosar a sus vecinos no necesitaba de esta especialización: «Una vez que los medios entran en esta dinámica renuncian a su labor y el sensacionalismo deja de tener límites».

De ese sensacionalismo y esa obsesión por conseguir visitas también se han beneficiado políticos dados a la polémica mediática, como la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen. «Los medios franceses han contribuido a crear el monstruo Le Pen, tal y como sucedió con Donald Trump en Estados Unidos. El Frente Nacional ha sabido jugar con el cuarto poder y llevárselo a su terreno. Los medios buscaban visitas, y Le Pen una plataforma donde legitimar su candidatura. Marine Le Pen ha normalizado, pues, un discurso de odio gracias a un pódium que los medios le han ofrecido. Ha sido como un pacto que ninguna de las dos partes ha firmado pero cuyas reglas conoce todo el mundo», asegura Gil, que también ha seguido de cerca la última campaña presidencial francesa.

Todo no vale

¿Pero hay alguien que puede poner límites a esta carrera desenfrenada? «El CSA (Control Superior Audiovisual) tiene el poder de sancionar a radios, televisiones, medios audiovisuales privados y públicos. Una de sus múltiples misiones es vigilar el respeto por la dignidad humana en estos medios», explica la periodista española. Después de los atentados de Charlie Hebdo este consejo se reunió con los responsables de las principales cadenas para tratar de plantear una reflexión común sobre el tratamiento informativo de un atentado como el del 7 de enero de 2015. «No fue una reunión anodina, sino que llegó en respuesta a los abusos cometidos por una larga lista de medios franceses. France 24 o France 5 difundieron las imágenes del policía asesinado a tiros por los hermanos Kouachi». Varias cadenas, como Euronews, BFM TV, i Tele o TF1 recibieron un requerimiento por parte de este organismo por poner en riesgo la vida de los rehenes del supermercado Hyper Cacher al anunciar en directo que un asalto se había producido, «cuando éste no había dado comienzo y se sabía que Amedy Coulibaly contaba con una televisión en el lugar del secuestro».

Ante nosotros queda el reto de no sucumbir al «todo vale». «Con el modelo de negocio actual, el periodista parece haber asumido que es habitual renunciar a la deontología en aras de un sueldo a final de mes. Lo más grave es que hay medios que siguen creyendo que “resistir” a ese modelo es “lograr” publicar un buen reportaje por cada cinco historias pensadas para el clic. Y ese pensamiento, ese “conformismo” está matando nuestra libertad, nuestra ética, y en consecuencia, el sentido mismo de nuestra profesión».

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