LIBROS

«Albert Camus, periodista»: la inquietante realidad

Cuando se buscan referentes periodísticos raramente se evoca a Albert Camus. Una injusticia que repara el ensayo de María Santos-Sainz. Leído junto a «La guerra es una piscina» supone un espaldarazo para los que no han perdido la fe en la razón

Acariciando la tierra desde un tiovivo en Kabul
Acariciando la tierra desde un tiovivo en Kabul - Guillermo Cervera

Escribe el reportero Plàcid Garcia-Planas (Sabadell, 1962) en «La guerra es una piscina», el extraño y extraordinario libro que ha perpetrado con el fotógrafo Guillermo Cervera (Madrid, 1968), que «la realidad es inquietante», y que «sin inquietud no hay nitidez». La frase es turbadora, no sé si cierta. Pero lo que sí resulta imperioso es perseguir la nitidez en tiempos como estos, tan extraordinarios como inquietantes. ¿En qué medida pueden ser nítidas las fotografías y los textos cuando se asoman al pozo de la realidad bajo la ardiente actualidad?

Casi al comienzo de este experimento, el autor de las palabras cuenta que el autor de las fotos le contó en el «guest house» de Kabul que era ex alcohólico y que su padre era «vendedor de armas. Proyectiles para ejércitos». También le dijo que «una vez que has sido alcohólico, nunca dejas de serlo». «La guerra es una piscina» tiene formato de revista o de catálogo, en papel satinado, que no facilita la lectura y provoca que la luz artificial rebote contra la superficie y multiplique la distorsión de unas imágenes que se asoman aceradamente a la realidad. A la obscena realidad. Por ejemplo, sirviéndose de la contraposición dialéctica entre lo que sabemos y lo que asumimos. En las imágenes enfrentadas en las páginas 14 («Caracola y barquito en la vitrina de un hogar bombardeado en Donetsk, Ucrania») y 15 («Vendedor de armas durmiendo sobre su cama». ¿El padre del fotógrafo?). O en las fotos que se miran de reojo entre las páginas 114 («Refugiados desembarcando en la isla griega de Samos») y la 115 («Turistas desembarcando en Quinta do Lorde, Madeira, tras avistar cetáceos»).

¿De qué hablamos cuando hablamos de periodismo? ¿De qué hablamos cuando hablamos de realidad? ¿Cómo se cuenta mejor la guerra? Tal vez parándose en medio del desierto libio mientras un miliciano apunta con su fusil de mira telescópica ante el anuncio de un refresco. «Gracias» a esa foto que se paró a tomar Cervera se separó de sus compañeros de viaje, que fueron alcanzados por un bombazo.

Normal lo que no lo es

Autor de «La revancha del reportero: tras las huellas de siete grandes corresponsales de guerra» o «Como un ángel sin permiso: Cómo vendemos misiles, los disparamos y enterramos a los muertos», y con quien coincidí en Sarajevo durante el cerco), advierte Garcia-Planas: «Poco podemos hacer, salvo hacer clic con una cámara fotográfica o coger un bolígrafo e intentar escribir lo que no acabamos de entender. Lo que describimos. Burbujas de un anuncio de Pepsi en Libia. (...) Burbujas de champán: la sombra de un globo aerostático pasando sobre las antiguas trincheras de la Primera Guerra Mundial en la Champaña». O escribiendo de una piscina vacía de Kabul donde los talibanes estrellaban a las adúlteras arrojándolas desde un trampolín.

Tras Hiroshima, Camus dijo: hay que «elegir definitivamente entre el infierno y la razón»

¿Hemos contribuido los periódicos a hacer normal lo que no lo es? ¿Que en una página hablemos de refugiados y en la siguiente, satinada, de perfumes o de turistas? ¿Es una forma de hacer inteligible el mundo? ¿O nos hemos convertido en cómplices de lo que hay, aunque sea inaceptable?

Lucha contra la anestesia

Frente a este libro que hiede y hiere, que está lleno de rabia, de realidad a raudales, que lucha contra la anestesia, y que se pregunta por la utilidad del periodismo y de forma explícita y de forma oblícua por el dolor de las demás como quiso Susan Sontagque no dejáramos de hacer, acaso convendría compaginar su lectura con «Albert Camus, periodista. De reportero en Argel a editorialista en París», de María Santos-Sainz (Madrid, 1966), profesora de periodismo en la Universidad Michel de Montaigne de Burdeos.

El primer premio Nobel de Literatura por hacer gran literatura mediante el relato de la realidad, es decir, periodismo, se lo llevó hace dos años Sevetlana Alexiévich. A Albert Camus se le conoce, amén de por su estatura moral y su valentía, por su prodigioso arte como novelista y dramaturgo. Pero para quienes conocen a fondo su labor como periodista (primero en «Argel Républicain» y «Le Soir Républicain», en su Argelia natal, después en «Combat», durante la Resistencia y tras la guerra, en París), su figura se engrandece a medida que pasa el tiempo, como resalta con calor el filósofo Gabriel Albiac. Por eso resulta inconcebible, como confirma Santos-Sainz, que esa parte fundamental de su legado ético y literario esté en gran medida todavía inédito aquí.

En su «Crítica de la nueva prensa», publicado en «Combat» el 31 de agosto de 1944, recalcó, en el plural que solía utilizar cuando editorializaba, que su deseo consistía en «liberar a los periódicos del dinero y darles un tono y una veracidad que pusieran al público a la altura de lo mejor que hay en él». Y que si los periódicos son «la voz de una nación», en «Combat» estaban decididos «a elevar este país elevando su lenguaje».

Si para Camus «el hombre moderno es el resultado de la muerte de Dios, al callar Dios ante el escándalo del mal, el hombre toma la palabra», el autor de «El extranjero» decidió intervenir mediante el periodismo y la razón en la realidad. Tras Hiroshima dijo que era un imperativo moral «elegir definitivamente entre el infierno y la razón». Él lo hizo.

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