De Botton en un aeropuerto tomando notas para sus libros
De Botton en un aeropuerto tomando notas para sus libros - AFP
LIBROS

Alain de Botton aún cree en el amor

Después del éxito que supuso «Del amor» -ahora reeditado como «El placer del amor-, el escritor suizo vuelve, casi veinticinco años después, con su continuación: «La fatiga del amor»

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Ovidio aseguraba que su influjo metamorfoseaba al influido en «un soldado en guerra». Dante y Shakespeare lo consideraban una fuerza cósmica capaz de mover al sol y a las estrellas así como energía consoladora con el don de hacer olvidar toda tormenta. Stendhal aseguraba que bastaba «un pequeñísimo grado de esperanza para hacerlo nacer». Updike y Barnes lo exploraron a lo largo de varios relatos y novelas reportando acerca del modo en que la fuerza de su creación y el desgaste de sus materiales marcaba a fuego y a hielo la historia de un matrimonio. Son muchos los álbumes -yendo de Sinatra, pasando por Fleetwood Mac y Dylan, hasta llegar a Björk, Taylor Swift y Adele- los que se ocupan de cantar el «Big Bang»y el «Crack Up» de una pasión.

En 1993, el muy profundo e inspirador para unos y un tanto frívolo y superficial para otros Alain de Botton (Zürich, 1969) centrifugó un poco de todo lo anterior. Y debutó con una novela de modales mixtos y naturaleza mestiza con algo de manual de instrucciones incluyendo diagramas, funcionando como una suerte de Kundera «light» cruzado con Nicholson Baker y Eric Rohmer, y la tituló «Del amor» (en Ediciones B y que Lumen recupera como «El placer del amor»). Sentimiento al que ahora pone al día, casi un cuarto de siglo después, con «La fatiga del amor». De un título a otro y con De Botton convirtiéndose en una suerte de «Yoda cosmopolita», gran enredado social y divulgador/simplificador a través de libros y documentales y programas de radio y seminarios en su «School of Life» ensayando y predicando acerca de las consolaciones de la filosofía, los placeres y padecimientos del trabajo, las pulsiones del sexo, los beneficios del pensamiento religioso para ateos y el genio de Proust al servicio de la auto-ayuda) queda claro cuáles son sus intenciones.

Deslices carnales

Sí: lo que alguna vez resplandeció encandilador, ahora sólo ilumina a las indisimulables imperfecciones del otro que muchas veces no son más que reflejas y automáticas reacciones a las imperfecciones del uno. Todo el tiempo resuena el estruendo mudo de la pregunta que ninguno se atreve a formular por miedo a la respuesta. Y la pregunta/respuesta es «¿Para qué seguir juntos?» No es casual que los libros de Jane Austen terminasen minutos después de la boda.

En «La fatiga del amor», cambia de pareja. Ya no son enamoradizos, optimistas y juveniles

En «La fatiga del amor» De Botton cambia de pareja. Ya no son los juveniles y optimistas y enamoradizos Chloe y Alain sino los mucho más curtidos y «desenamorantes» Kirsten McLelland y Rabih Khan. Escocesa y funcionaria gubernamental y arquitecto de origen libanés-germano con dos hijos que no les caen demasiado bien, algún desliz afectivo/carnal a sus espaldas, y víctimas del «aburrimiento del amor» mientras vagan casi como zombis por los pasillos del Ikea de su desencanto. E intentando no pensar en que -postula De Botton- nuestra pareja es el ser con mayor capacidad para destruirnos. Aquellos y éstos -más allá de sus rasgos personales y sus tics profesionales- funcionaban y funcionan como arquetipos y paradigmas con los que identificarse mientras De Botton, como es su costumbre, los disecciona fríamente pero con cariño freudiano y los espolvorea con citas y cameos de clásicos en forma de sus características interrupciones de maestro de ceremonias.

¿La conclusión del anti-romántico pero sensible De Botton? Pertenecemos a una especie demente. Será de sabios no esperar demasiado de la media naranja o del medio limón aunque, aún así, de pronto nuestro corazón late más fuerte de lo que piensa nuestro cerebro y valga la pena y las penas arriesgarse a caer. No más sea para poder contarlo después habiendo alcanzado definiciones como la de que el matrimonio es una «esperanzada y generosa e infinitamente amable apuesta» por un futuro imposible de predecir o en el que se prefiere no pensar demasiado. Y que -aunque haya momentos en los que se tendrá ganas de matarse o de matar- esta incertidumbre acabará siendo la verdadera «love story» de la cuestión.

Nada nuevo pero, aún así, siempre intrigante porque -como decía M. Herr acerca de Vietnam- todos estuvimos allí. O hacia allá vamos. Seguros de que a nosotros no nos va a pasar. Pero ya lo advirtieron aquellos cuatro amorosos muchachos de Liverpool conocidos como The Beatles quienes empezaron cantando que el dinero no te lo podía comprar aunque fuese todo lo que necesitabas para terminar descubriendo -tan placenteros como fatigados, en el último «track» de su último y separatista LP- que «al final, el amor que recibes es igual al amor que das». O más o menos parecido a casi algo así, ¿no?