TEATRO

«1984», la distopía totalitaria que aún nos podemos temer

Contundente y desasosegante adaptación teatral del clásico de George Orwell

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Poco antes de empezar la representación, el ruido metálico de sillas, mesas y somieres desnudos al golpear el suelo anuncia el mundo desasosegante al que estamos a punto de entrar: es imposible mantenerse al margen en la «seguridad» de la butaca, no sentirse concernido por el mecanismo atrozmente represor que sufre Winston Smith, vigilado por el gran ojo catódico (el Hermano Mayor, un Sauron-robot sin alma que desnuda la tuya a tiempo completo), aterrorizado por la habitación 101 del Ministerio del Amor, donde te torturan no para sofocar un acto de rebeldía, sino para que tu arrepentimiento sea sincero. 1984, la ficción distópica de George Orwell (1903-1950), es un pildorazo de angustia no solo para los actores, sino para los espectadores de esta adaptación realizada por la compañía Paradoja en el Teatro Galileo de Madrid. Las funciones acaban este fin de semana, pero hay anunciadas nuevas fechas: del 17 de octubre al 25 de noviembre de 2018.

Sorprende (y reconforta) ver el patio lleno de gente joven. Los que fueron estudiantes de la EGB leyeron Rebelión en la granja y 1984 antes de que el año de autos llegara, pero solo la excepción o la iniciativa propia explican que estos clásicos del escritor y periodista británico hayan caído en manos de los millennials. Tal vez su plena vigencia haya ayudado. Por el camino cayó el Muro y se desbarató el edificio soviético, pero tomaron impulso los nacionalismos totalitarios y los populismos, al tiempo que nos inocularon el virus de la posverdad. Las fake news no son sino réplicas de las consignas del Partido Único («Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza»). Hoy Oceanía está en guerra con Eurasia, y mañana con Asia Oriental... aunque pasado mañana nos dirán que la única guerra que ha existido es la que libran Oceanía y Eurasia. 1984 es la distopía que aún nos podemos temer.

Lo apunta el propio grupo teatral Paradoja: hoy sí existe una tecnología capaz de controlar hasta el último movimiento de cualquier ciudadano. Hoy sí existe una capacidad de manipular el pensamiento y el lenguaje, con medios más poderosos de los soñados por Goebbels o Stalin, que pueden reducir nuestra capacidad de pensar y de rebelarse contra el poder. Hoy sí existe en todo el mundo la amenaza de nuevos totalitarismos que piensan que «el poder consiste en hacer pedazos el espíritu humano y darle la forma que elijamos». Así, «en un tiempo de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario».

La fidelidad a la obra de Orwell es uno de los aspectos que caracterizan una representación con estética retro-futurista, con una «dirección artística» creada en vivo por los actores y unas pantallas de estética kitsch donde se asoman el Gran Hermano y sus secuaces (monitores de «fitness» o escupidores de mentiras). Pero es el conmovedor y generoso esfuerzo de Alberto Berzal (Wiston Smith), Cristina Arranz (Julia), O'Brien (Luis Rallo) y José Luis Santar (bipolar o tripolar por exigencias del guion) lo que termina por convertir al público en una víctima (o cómplice) más. El espectador, impelido muchas veces, acaba por aceptar la inmersión en la pesadilla. Salir de la sala con sensación de derrota o de esperanza es cosa de cada uno, aunque esa esperanza tenga unos primeros pasos clandestinos.