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Alaa al-Aswany: «El islam es compatible con la democracia si se mantiene dentro de la mezquita»

El autor de «El edificio Yacobián» publica una nueva novela-río, «El Automóvil Club de Egipto». La corrupta monarquía egipcia sirve de contrapunto a la revolución que acabó con Mubarak

El escritor egipcio Alaa al-Aswany, el pasado mes de septiembre en la sede de Casa Árabe en Madrid
El escritor egipcio Alaa al-Aswany, el pasado mes de septiembre en la sede de Casa Árabe en Madrid - IGNACIO GIL

El novelista Alaa al-Aswany (El Cairo, 1957) es una fuerza de la naturaleza, un amante de la escritura y de la vida que se ha servido de su profesión de dentista para mantener su independencia en años difíciles y escuchar los secretos y deseos de la sociedad cairota. De verbo fácil, derrocha pasión literaria y política: no ahorra críticas ni para los clérigos ni para los políticos, y lanza invectivas de similar mordiente contra yihadistas y militares. Cree que la esfera política y la religiosa deben estar separadas, y que «el islam es compatible con la democracia si se mantiene dentro de la mezquita». Lamenta especialmente la influencia negativa del petróleo, que ha financiado el islam político.

Las dos novelas que le han dado fama universal son maravillosos frescos de la vida de El Cairo, auténticas novelas-río cuajadas de personajes llenos de claroscuros: El edificio Yacobián, un best-seller, y no solo en el mundo árabe, y El Automóvil Club de Egipto, que acaba de publicar en España Random House en impecable traducción de Álvaro Abella Villar. Hijo de Zeinab, descendiente de una familia aristocrática, y de Abbas Al-Aswany, un abogado y escritor recordado por su elocuencia como orador muy admirado por la intelligentsia egipcia más cosmopolita y revolucionaria, ha seguido el consejo de su padre («para conseguir algo como escritor hay algo que tienes que preguntarte a ti mismo todas las mañanas: ¿Es la escritura mi principal interés en la vida o no? Si la respesta es no, deja de escribir») y multiplicado sus dones.

—Usted pasó un tiempo en Madrid estudiando literatura. Hábleme de esa época.

—Estudié durante dos años en el Centro Cultural Español de El Cairo [aunque se desenvuelve en castellano, prefiere hacer la entrevista en inglés, que habla con toda fluidez, endulzado por la prosodia árabe y su voz grave, un punto cavernosa, quizá un punto destemplado por los aviones y los cambios de temperatura, que le proporciona un toque húmedo que jugaría a su favor con alguno de sus numerosos caraceteres femeninos dotados de una sensualidad turbulenta, que él atiende y multiplica con fervor, como un escultor aplicado en sus novelas]. Fui un buen alumno, y gracias a eso me dieron una beca para la Escuela Diplomática, aquí, donde pasé dos meses. Me gusta mucho España. Eso fue entre 1990 y 1992. Me gusta mucho la cultura española. España me parece, por supuesto, un país maravilloso, pero me gusta sobre todo la gente. Creo que tiene algo especial, me parece mucho más amigable que... muchos otros países.

—¿En Europa?

—En Europa.

—Quizás porque estamos más cerca de África...

—No lo sé..

—O de la sensibilidad egipcia...

—La verdad es que incluso en las grandes ciudades, lo que es algo verdaderamente insólito. Porque en las grandes ciudades la gente está sometida a una presión muy fuerte, una competencia durísima, sin tiempo para ser amable. Pero este no es el caso, sobre todo en lo que concierne a las pequeñas cosas. Es rarísimo coincidir por ejemplo en un ascensor con españoles y que no te digan «hasta luego», «buenos días»... Cosas que son mucho menos frecuentes en otros sitios.

—¿Conoce el libro «Niebla», de Miguel de Unamuno?

—No.

—Es una novela muy intersante que me vino a la memoria al leer los primeros compases de «El Automóvil Club de Egipto».

Dos de los principales personajes de la novela de Al-Aswany se presentan en la casa que el escritor tiene en una urbanización frente al mar en Alejandría. En El Cairo ha dejado a su esposa. Quiere estar solo para darle los últimos toques a su libro. Solo le falta imprimirla para darla por terminada. Kamel y Saliha llaman a su puerta: «Se lo ruego, caballero, créame.Soy Kamel Hamam y esta es mi hermana Saliha. Solo Dios sabe cuánto le apreciamos. Mi hermana y yo surgimos de su imaginación para cobrar vida. Usted nos concibió en su novela, imaginó todos los detalles de nuestra existencia y la escribió.Tras alcanzar un determinado nivel en el diseño del personaje, este cobró vida de algún modo. Pasó de la imaginación a la realidad (...) hemos venido a impedir que imprima su novela. (...) la novela es buena, pero le faltan cosas importantes (...) A la novela le faltan nuestros sentimientos e ideas».

Alaa al-Aswany me pide que le escriba en un papel el título de la novela de Unamuno.

—¿Conoce al autor de El sentimiento trágico de la vida?

—Claro, por supuesto que le conozco.

—El protagonista de «Niebla», Augusto, se rebela contra el autor, Unamuno, porque quiere tener vida propia al margen del libro, no se resigna a que su padre acabe con él... Y cuando empecé a leer su libro me vino a la memoria la figura de Augusto. No sé si hay alguna referencia en la literatura egipcia de un personaje plantándole cara al autor...

—No recuerdo si hay algún caso en la literatura egipcia, pero sí reconozco la influencia de un dramaturgo italiano, Luigi Pirandello, y su obra Seis personajes en busca de autor... Tenemos un dramaturgo que tómo la idea e hizo algo similiar en nuestro teatro, pero no recuerdo un caso similiar en el campo de la ficción. Pero hice eso porque el libro no es cien por cien imaginario. Yo no puedo escribir una novela sin tener la certeza de que los personajes están bien definidos, existen. Estoy completamente seguro de que existen. Ellos son invisibles, pero existen. Cuando me encuentro en mitad de la novela pierdo el control, ellos empiezan a hacer lo que quieren...

—Empiezan a vivir por sí mismos...

—Yo fui todavía un poco más lejos de lo que en realidad sucedió. Dos de ellos vinieron a verme, y me dijeron que tenían mucho más dentro de lo que yo había escrito. Yo estaba enfadado con ellos.

El autor de El Automóvil Club de Egipto, Alaa al-Aswany. Foto: Ignacio Gil

—¿Porque ese autor que sale al principio del libro es usted mismo?

—Sí [dice entre risas].

—Por cierto, ¿es usted como Flaubert, que decía que Madame Bovary era él? De alguna manera, ¿todos sus personajes son usted?

—Completamente. Por supuesto. Cuando escribes escribes quien tú eres de distintas maneras. Escribes a partir de tu propia experiencia. Y lo que también hice con esta novela fue un trabajo de investigación. Cuando estuve elaborando el libro me entrevisté con muchos, muchos, muchos barmans en Egipto. Pasé noches observándolos y hablando con ellos.

—¿Debió ser algo muy duro para usted?

—Sí, sí que lo fue [dice entre carcajadas. Su fama de hedonista en todos los campos le precede. Al-Aswany es un genuino tipo de egipcio con el que pasar noches enteras conversando es una de las mejores maneras de pasar parte de la vida].

—Imagino que tuvo que beber muchos whiskys para ganarse la confianza de los baristas...

—Muchos me invitaban. Buena parte del whisky no tuve que pagarlo. Entendí perfectamente cómo tiene que manejárselas a menudo un barman. Por eso todo lo que escribí es real. Por ejemplo, cuando de cada botella de whisky que hay en el local sabe que puede sacar pongamos que veinte vasos. El barman puede llegar a multiplicar el líquido por cuarenta vasos.

—El doble. ¿Añadiendo agua?

—Claro. Pero no solo añadiendo agua. Lo que pasa es que a partir del tercer trago la gente pierde capacidad de concentración, de tal forma que si pones los vasos primero y después haces como si rellenaras funciona. Todas estas historias de cómo el barman o el cocinero le sisan al dueño está basado en la realidad, en mi trabajo de investigación para la novela. Pero es cierto lo que dice: todos los personajes soy yo mismo.

—El autor que le pide a su mujer que necesita estar solo en su casa de Alejandría se toma su tiempo antes de imprimir la novela. Entonces aparecen los dos hermanos, estos dos personajes. Antes de que los expulse de su casa le dejan un cd. Me gustaría saber si el contenido de ese cd es el mismo de la novela que ahora tenemos en nuestras manos. ¿No hay ninguna diferencia?

—No, no. No hay ninguna diferencia. Pero hay algo que me gustaría resaltar: con esta historia de los personajes que llaman a la puerta del autor, y de cómo el autor monta en cólera, yo perdí la línea de separación entre la realidad y la imaginación. Y la diversión es maravillosa, completamente ligada a la literatura. Porque como usted me acaba de preguntar ahora mismo: ¿Es este cd lo que se ha publicado en forma de novela? Y respondí que sí... como si fuera verdad. ¿Lo ve?

Alaa al-Aswany, en Madrid. Foto de Ignacio Gil

—Por cierto, ¿el Automobil Club de El Cairo está todavía abierto?

—Sí.

—¿Y pasó tiempo allí haciendo sus pesquisas?

—Pero no fue una experiencia agradable. Porque la verdad es que han detruido todo lo que le daba encanto al lugar, todo el viejo estilo que presidía el local. Lo han renovado en tres ocasiones...

—¿Ha perdido la atmósfera del pasado?

—Cuando era un niño la cuisine era la misma que servía al rey de Egipto en Alejandría, porque había una sucursal del Automóvil Club. Estaba la Mesa del Rey, situada directamente sobre el mar. Mi padre trabajó como abogado del Automovil Club, y solía acompañarle cuando era niño, y llegué a comer en la mesa del rey. Había también una sala de banquetes. Pero también la cambiaron y la desfiguraron. Por eso cada vez que voy no me siento a gusto. Ahora no es más que un edificio como muchos otros. No han preservado el alma del lugar, su estilo.

—El edificio Yacobián era un fresco de la vida egipcia a finales del siglo XX y quizás el comienzo de este. El Automóvil Club de Egipto es un regreso a los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, durante la ocupación británica y la degeneración de la monarquía. Hay muchas similitudes entre ambos libros. ¿Está repensando y recontando la completa historia del Egipto moderno como una especie de catarsis?

—No soy la persona adecuada para evaluar. Creo que es una tarea para los críticos. Pero escribí lo que sentía que tenía que escribir. Por supuesto tienes el contenido humano, y tienes los aspectos sociales y políticos. Todos estos niveles forjan la novela. Como escritor estoy muy interesado, incluso diría entregado, en relatar el sufrimiento de la gente. Presto atención y siento el sufrimiento de la gente, y trato de ayudarles de alguna manera con la escritura. Escribo para mostrar que hay personas que hace cosas terribles, tal vez con el secreto deseo de que si leen acerca de las cosas espantosas que han hecho dejen de hacerlas. A Tolstoi le preguntaron por qué escribía acerca de seres infelices, y él respondió: por dos razones, la gente feliz es aburrida, y todos se parecen, y la gente feliz no necesita a nadie que escriba sobre ellos. Lo único que necesitan es vivir su propia felicidad. Estoy completamente de acuerdo con Tolstoi.

—En su libro, y especialmente los personajes del Rey y del director del Automóvil Club, Mr. Wright, me recordaron de lejos a Leónidas Trujillo y al padre de Urania. ¿Leyó usted La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa?

—Sí.

—¿Y no se cierto que hay ciertas concomitancias entre el padre proxenta y el monarca?

—Por supuesto. Es sin duda un gran escritor. Pero si podemos hablar de que hay dos bandos, Vargas Llosa y García Márquez, yo estoy en el de García Márquez. Pero para mí Gabriel García Márquez es el gran maestro. Yo admiro también a Vargas Llosa, pero incluso entre mis amigos están los partidarios de García Márquez y los devotos de Vargas Llosa. Pero yo soy absolutamente fiel al partido de García Márquez.

—Pero al mismo tiempo me da la impresión de que usted tiene un control más férreo de sus propios personajes. Dijo antes que hay un momento en que sus personajes empiezan a vivir por su cuenta, pero al mismo tiempo me da la sensación de que usted trata siempre de ser lo más fiel posible a la realidad.

—Yo no soy un entusiasta de la entomología. Incluso el propio Gabriel García Márquez empleó nunca la expresión «realismo mágico».

—¿Vino de los críticos?

—Vino de los críticos. Él siempre dijo que había nacido para contar historias.

—¿Y usted siente lo mismo?

—Sí. Y hacer, como él, a mis amigos felices. Yo creo (y es una idea también de García Márquez) que algunas veces los críticos se aproximan a una novela viva con herramientas intelectuales muertas.

—¿Olvidan del placer de leer?

—¡Sí! Nosotros estudiamos en medicina cómo «diseccionar» una flor. Tenemos que hacerlo. Y eso es terrible. Porque cuando disecciona la flor llegas a conocer todos los elementos de una flor, pero ya no queda nada de su belleza.

—¿Matas la belleza?

—Así es. Por eso hay críticos que al leer lo que hacen es diseccionar la flor. Y no es necesario hacerlo.

—A usted le gusta preservar sus atributos, su belleza, su olor...

—Por supuesto.

—¿La vulgaridad, deseos y depravaciones de los dictadores son más o menos los mismos, no importa en qué lugar hayan nacido? ¿Es porque acuden a las mismas escuelas de vicio y crueldad?

—Absolutamente. Ese es uno de los mensajes que se encierran en esta novela, que la gente sigue sufriendo. Si llevas esto al mundo político lo encuentras bajo el colonialismo británico y también bajo la dictadura nacionalista. También la idea de la dignidad humana y de cómo la gente, cuando son oprimidos durante una larga temporada, parece como si acabaran olvidándose de la necesidad de tener una vida digna, de preservar su propia dignidad. Y esto ocurre ahora mismo en Egipto. Cuando la disyuntiva se plantea entre tu libertad y el pan, la mayor parte de la gente opta por el pan.

—Es algo que está muy presente en esta novela, con el debate entre los empleados del Automóvil Club...

—Por supuesto. Muchos críticos en Dinamarca, Noruega y Francia han comentado que esta novela está estrechamente vinculada a la revolución egipcia a pesar de que esté ambientada en los años cuarenta del siglo pasado. Porque lo que ocurre entre los sirvientes, que son en realidad siervos, es lo mismo que en el Egipto de ahora. Cuando en la novela los empleados del club son sometidos a presión por el Kuu [Qassem Mohamed Qassem, un nubio sudanés de sesenta años, siervo y señor, chambelán del rey, quien mejor conoce sus vicios y debilidades. En nubio, Kuu significa líder o patriarca], y ellos comienzan a pasar hambre, y empiezan a sentirse inseguros, se enfadan con los sirvientes que quieren cambiar el estado de las cosas, no con quien les somete a la indignidad y les humilla constantemente. Lo mismo ocurre ahora.

—Como si prefirieran ser esclavos...

—Ellos han acabado por adaptarse. Es como si no soportaran que les pusieran en tierra ignota, llena de riesgos. Por eso se enemistan con Abdun, el sirviente revolucionario que quiere cambiar las cosas.

—Porque es duro ser libre...

—Esa es otra razón. Un crítico danés escribió una preciosa reseña en la que explicaba por qué la revolución egipcia se había vuelto tan impopular. Cuando la gente veía a los jóvenes revolucionarios en las calles les insultaban. Era muy triste. Pero lo mismo sucede en la novela.

—Como si prefirieran preservar el régimen, el sufrimiento, la injusticia...

—No nos pidas que cambiemos nada. Estamos bien como estamos.

—¿Y la gente le dijo lo mismo a usted acerca del libro?

—Sí, pero de una manera un poco diferente, quizás porque me conocen como novelista desde hace mucho tiempo. Por eso incluso la gente que no comparte mi posición en la revolución dicen: «Te amamos como novelista, a pesar de tus ideas políticas».

—En el libro dedica unas cuantas páginas a describir lo que el Kuu denomina «el arte de servir», una combinación de sumisión y temor, devoción y humillación, y que culmina con el «tamani» [el criado no puede dar jamás la espalda al rey, y debe retirarse caminando hacia atrás mientras mantiene una postura reverencial, y sin tropezar ni con gente ni con muebles]. ¿Todo eso desapareció con el golpe de Nasser y su revolución o todavía persiste en la mentalidad egipcia?

—«Desafortunadamente» [lo dice en español] todavía perdura. Permanece porque para ser libre tienes que practicar tu libertad, y si dejas de practicar tu libertad durante un largo periodo de tiempo acabas acostumbrándote a la dictadura, te adaptas a la servidumbre. No se puede comprender la primavera árabe y la revolución egipcia sin el choque entre generaciones. En cada casa de Egipto ahora mismo hay al menos dos conciencias, dos puntos de vista, dos visiones del mundo.La mayor parte de los jóvenes sigue estando a favor de la revolución y el cambio, y los padres no les comprenden. Dicen que están hartos de ellos: ¿Qué queréis ¿Queréis destruir nuestro país? ¿Queréis que Egipto se convierta en Siria?La mayoría de la gente que yo conozco que respalda al general Al Sisi no se encuentra entre la juventud egipcia. No tengo estadísticas, pero mi impresión de que quien apoya a Al Sisi no son los jóvenes. Pero mi impresión es que la maquinaria dictatorial que sufrimos ahora fue fundada por Nasser.

—¿De alguna manera se podría decir que Al Sisi es un nieto de Nasser?

—Sí. Yo le he dicho a mis amigos que soy socialista, pero no nasserista. Tengo amigos que son nasseristas. Por eso me gusta decirles que tienen muchas contradicciones. Estáis ahora en contra de cosas que han sido hechas por vuestro líder. Es Nasser el que hizo muchas de esas cosas que vemos ahora.

El escritor Alaa al-Aswany es un experto en escuchar. Foto: Ignacio Gil

—Hubo un gran poeta español del siglo XX, Jaime Gil de Biedma. Él escribió que de todas las historias de la Historia la más triste de todas es la de España porque termina mal. ¿Podría decir lo mismo de la historia de Egipto?

—No. La historia es siempre un drama. Y creo que esto es algo muy profundo, pero muy vinculado a la literatura. Porque la historia que tenemos a mano es una historia política escrita por los vencedores.

—Como suele ocurrir...

—Pero por debajo de la superficie hay una historia humana. Veamos la historia de Al-Ándalus, por ejemplo. Esta es una historia de la guerra, pero durante 600 años hubo historias de amor, amistad, una sociedad en la que todo el mundo era aceptado. Había judíos, musulmanes, matrimonios mixtos... Es el papel de la literatura indagar en la historia humana. Y respecto a esa afirmación, por supuesto que es triste, pero también es una versión artística. Y es un verdadero desafío. Por cierto, uno de mis proyectos es llegar a escribir una novela sobre Ál-Andalus, acerca de un cantante que viajó desde Bagdad a Andalucía y se convirtió en el artista más famoso de su tiempo.

—En esta novela, como ocurría en El edificio Yacobián, abunda la piel, abunda el sexo. ¿Es tan intensa la vida sexual de Egipto detrás de las fachadas, debajo de las apariencias?

—El sexo es muy importante en la vida y en la literatura. [Se ríe]

—Por supuesto.

—Por supuesto. Pero podríamos ir más allá, y aunque a mí no me gusta el término sexo, porque es mucho más que sexo... Si tomas lo que es tabú, si dejas de lado los tabúes religiosos y de todo tipo, incluso el placer sexual, encontrás que las relaciones físicas son una zona riquísima de la experiencia humana. Es por eso que resultan tan seductoras para los novelistas. Tienes relaciones físicas con una mujer no solo a causa del deseo. A veces un hombre tiene relaciones sexuales con una mujer porque está triste, porque se siente frustrado, porque quiere encontrar confianza, por descubrir a la mujer, porque está buscando a su madre, porque necesita olvidar... Hay muchos motivos. En el momento de la relación física estos dos seres se descubren uno a otro y el lenguaje hablado se detiene y deja el campo a otra lengua, que es muy clara, empezando por el contacto sexual, el tacto... En el momento de la relación física el silencio dice muchas cosas. Como novelista no puede despreciar semejante tesoro.

—¿Estas historias de relaciones íntimas gozan de una amplia tradición en la literatura árabe, anteriores a la llegada del islam...?

—Sí, pero también después de la llegada del islam. Incluso en el marco de la historia arabo-musulmana a medida que aumenta el grado de civilización, lo cual es algo lógico, mayor es la tolerancia. Como era el caso del califato abasí, también conocido como el califato de Bagdad, destacó un poeta como Abu Nuwas, que escribó poemas dedicados al amor homosexual. No se imagina el grado de tolerancia que existía. La cerrazón llegó con la implantación del Imperio Otomano.

—En los 18 días de la revolución egipcia muchos de sus conciudadanos perdieron el miedo. Usted fue a la plaza cairota de Tahrir cada uno de esos días. Mubarak dimitió. Entonces llegaron los Hermanos Musulmanes con nuevas leyes viejas. Y, de nuevo, los militares, con Al Sisi al frente. Y la rueda de la represión volvió a pleno rendimiento. ¿Dónde está Egipto hoy?

—Es evidente que no estoy nada satisfecho de cómo han evolucionado las cosas. No estoy en absoluto de acuerdo con estas sistemáticas violaciones de los derechos humanos. Y desde luego no hemos alcanzado, de ninguna manera, los objetivos de la revolución. Al Mursi [representante de los Hermanos Musulmanes] dio lo que yo considero un golpe de Estado presidencial el 12 de noviembre de 2012, porque canceló la ley egipcia y puso sus decisiones por encima de la ley. El 30 de junio me sumé a los que reclamaban unas elecciones presidenciales anticipadas. Desde luego no quería que Al Sisi se hiciera con el poder. Y si tuviera que volver a hacer lo que hice lo haría, porque no tenemos un Parlamento. Como harían muchos millones de egipcios. Lo que ocurrió después, a finales de junio y comienzos de julio de 2013, cuando Al Sisi se convirtió en presidente yo apoyé a su rival. La situación ahora es contra-revolucionaria. No tenemos una democracia. Se violan constantemente los derechos humanos. Conozco a muchos jóvenes que les han condenado a años de cárcel por cada minuto que se han manifestado contra el régimen. Por tres minutos han sido condenados a tres años. Desde hace un año ya no puedo publiar mis artículos en ningún periódico egipcio. Pero a pesar de todo me siento optimista, porque esta es una vieja fórmula y nunca funcionará. Porque el cambio introducido por la revolución está hecho. Y se trata de un cambio en la naturaleza humana. Ahora mismo la gente es distinta de como era bajo Mubarak. Me da la impresión de que los que tienen el poder no se dan cuenta de ello, no entienden lo que ha pasado.

—¿Cuánto es lo que ignoramos? ¿Cuál es el verdadero mensaje del islam y cómo combatir las ideas que proceden del wahabismo, Bin Laden, los talibán y el Estado Islámico? Usted ha escrito acerca de ello.

—Todo esto son consecuencias del boom del petróleo. Porque estas ideas existen desde el siglo XIX, pero no habían tenido ninguna influencia porque no gozaban del apoyo del dinero procedente del petróleo. Creo que el petróleo ha tenido una terrible influencia negativa en toda la región. Los petrodólares han hecho que las áreas menos desarrolladas se convirtieran en las más influyentes de todo Oriente Próximo.

—Como Arabia Saudí...

—Eso es. ¿Ve? Hemos pagado el precio. Todos nosotros. Creo que tenemos nuestra propia interpretación de la religión, que no es verdaderamente muy difícil porque lo más importante es separar el Estado de la religión. A fin de cuentas, todas las religiones vienen a decir en general las mismas cosas: tratar bien a la gente, ser honesto, decir la verdad... Lo que ha ocurrido es que el petróleo se ha dedicado a promover el islam político, un islam que ofrece un modelo determinado de Estado, una idea que está completamente equivocada. Pero ellos quieren hacerlo para justificar el control del poder. A eso hay que añadir el papel tan negativo que ha desempeñado Estados Unidos, como ocurre a menudo, en este asunto. Ahora vemos al Estado Islámico matando a todo el mundo, pero lo que está haciendo el ISIS es simple aplicación del wahabismo. El Estado Islámico no ha inventado nada. Está aplicando al pie de la letra el libro del wahabismo. Pero nadie ha dicho de los socios comerciales de la Casa Blanca en la región, que son los señores del petróleo, que son al mismo tiempo los señores del wahabismo.

—Desde su punto de vista, entonces, ¿islam y democracia son absolutamente compatibles?

—Siempre que se separa la esfera política de la esfera religiosa. Ninguna religión debe estar incluida en el sistema político. No solo el islam, la religión es una cuestión emocional, ilógica, creencia excluyente. Tú crees que la religión es la verdadera, algo que los demás no tienen. Si llevas eso al terreno político te conviertes en un fascista. Lo que es importante es que tu religión se limite al campo que le pertenece, en la sinagoga, en la iglesia... El islam es compatible con la democracia si se mantiene dentro de la mezquita. Tan pronto como sales del recinto religioso te conviertes en un ciudadano.

—Si no quiere responder a la siguiente pregunta está en su derecho de no hacerlo. ¿Cree en Dios?

—Sí, creo en Dios.

—¿Todo el tiempo?

—Todo el tiempo. Pero esta pregunta debe ir precedida de otra pregunta: ¿Cómo crees en Dios?

—¿Cómo cree en Dios?

—Sí, yo creo que Dios son valores humanos. No veo a Dios detrás de todos estos decorados que exhiben muchas religiones. Yo creo que cada vez que haces el bien Dios comparece, se materializa.

—¿Qué aprendió de su padre como escritor y como persona?

—Oh, muchas cosas. Él murió cuando yo tenía 19 años. Fue mi maestro, mi amigo, todo para mí. Un año antes de que falleciera yo había empezado a escribir. Un día me cogió del brazo y me dijo: «Tienes muchísimo talento». ¿Qué? Y añadió: «Escucha. Si no tuvieras talento no te lo diría. Pero esto no es más que el principio. Para conseguir algo como escritor hay algo que tienes que preguntarte a ti mismo todas las mañanas: ¿Es la escritura mi principal interés en la vida o no? Si la respesta es no, deja de escribir. Y sigue trabajando, porque muchas cosas te tentarán para apartarte de la escritura». Y este consejo fue capital para mí.

—¿Tiene miedo de sufrir algún ataque grave, como le ocurrió a su amigo el premio Nobel Naghib Mahfuz?

—Ya he recibido algún ataque: dos veces en mi clínica de dentista, y en París, en el Instituto del Mundo Árabe. Fueron ataques de fanáticos. Estás preocupado, claro, pero yo no siento miedo. Nunca he tenido miedo. Me preocupa por mi familia y por mis amigos. Pero lo cierto es que cuando tengo miedo no puedo escribir. Cuando escribo, dejo de tener miedo. He pensado acerca de ello, y he llegado a la concluisón de que el acto de escribir es una forma de vencer el miedo.

—¿Cree que los escritores puede ayudar a cambiar la mentalidad de un antiguo país como Egipto?

—Sin duda, y es por eso que estamos aquí. No por el cambio político, sino por el cambio humano. Yo fui cambiado por completo gracias a unos cuantos escritores...

—¿Como por ejemplo?

—Naghib, por supuesto. Era un amigo de mi padre, y me hizo feliz convertirme también en su amigo. Dostoyevski... En realidad todos los rusos. Los rusos del siglo XIX. Honoré de Balzac. Cervantes. Ernest Hemingway... Algunas historias breves de Antón Chejov. Si lo lees no puedes seguir siendo el mismo...

—¿Cómo de útil fue El edificio Yabobián para ayudar a muchos egipcios a hacer frente a su propia realidad y perder el miedo?

—He recibido 17 premios en todo el mundo, pero el mejor galardón fue el que recibí en la propia plaza Tahrir. Porque mucha gente se me acercó para decirme: estamos aquí a causa de lo que usted escribió. Y eso es el mejor premio que un escritor puede recibir.

—¿Y usted cree que la película ayudó al libro?

—No.

—¿Es una simplificación?

—No sólo por eso. La novela se publicó en 2002, y la película se estrenó en 2006. Durante cuatro años, la novela fue un auténtico best seller en todo el mundo árabe. Por eso no creo que en ningún caso la película ayudara al libro. Son lenguajes artísticos diferentes. La película difunde la especie entre públicos diferentes. Pero yo escribo para lectores de literatura, no para gente que va al cine.

—¿Y cómo fue recibido El Automóvil Club de Egipto?

—Muy bien. A pesar de la situación, porque el libro fue publicado en 2013. Pero fue muy bien acogido.

—¿Cuán útil fue y quizás todavía es su profesión de dentista para sobrevivir y al mismo tiempo conocer los secretos de la sociedad cairota?

—Inmensa.

—¿Es como un barman?

—¡Sí! ¡Sí, por supuesto!

—¿O un confesor?

—[Se ríe] Antes que nada, me permitió a mí mismo tener independencia. Y eso viene también del consejo que me dio mi padre, que mantuviera siempre otra profesión. Simpre me pagaron mis pacientes, jamás el gobierno. A mí me encanta escuchar a la gente. Muchos de mis pacientes se convirtieron en mis amigos, me pieden consejo sobre todo tipo de cuestiones... Y antes de que me pregunte cómo es posible que hablen mientras tienen la boca abierta...

—Estaba pensándolo ahora mismo... [La carcajada es compartida. Es muy fácil reír con Alaa al-Aswany].

—Claro. Pero es que yo soy un tipo especial de dentista. Mucha gente viene a mi clínica sin tener necesidad de que le haga nada en la boca.

—Como si fuera un psicólogo...

—No están enfermos, pero mi clínica es una clínica pero también un lugar para encontrarse, para hablar. Y mucha gente sigue viniendo, para hablar, y a mí me agrada mucho escucharles.

—¿Le gusta la expresión «primavera árabe» y por qué cree que fracasó en todas parte salvo en Túnez?

—Recuerdo que al comienzo de la revolución egipcia el The Sunday Times me pidió un artículo y terminaba con la frase: «La primavera árabe acaba de comenzar». Me gusta la expresión y empecé a usarla muy pronto. Pero no estoy de acuerdo con la idea de que fracasó. No ha fracasado, necesita tiempo.

—¿La semilla está ahí?

—Por supuesto. La gente ha cambiado. Necesita tiempo. Combates viejos regímenes que tiene toda una panoplia para derrotarte, para aniquilarte. Tienen dinero, tienen medios de comunicación, tiene apoyo internacional... Como Al Assad, por ejemplo. Si continúas luchando, para mí es un triunfo. Porque el desequlibrio es evidente. Pero si examinamos la historia ninguna revolución ha fracasado. Lleva tiempo.

—¿Es la democracia la solución para todo los fracasos, temores y sufrimientos de Egipto y del mundo árabe?

—Desde luego. Hemos derrochado nuestro tiempo. Y hemos repetido los mismos errores una y otra vez. La idea del gran líder que conoce todo, que sabe más que su pueblo, de que nuestro padre en el palacio presidencial va a defendernos... Todo eso está en la novela. Todo esto ya lo hemos probado en el pasado. Y el final siempre ha sido catastrófico. Es cuestión de tiempo que por fin aprendamos de la historia, aprender de nuestras propias experiencias. Está claro que sin democracia nunca conseguiremos nada.

—En España y en Europa, especialmente desde la izquierda, se denuncian con frecuencia las miserias de nuestras democracias. ¿Representa todavía Europa un faro para las esperanzas de muchos demócratas egipcios y de todo el mundo árabe?

—Ustedes están en un contexto diferente. Suelo emplear una metáfora. Ustedes tienen un coche, y ese coche tiene problemas. Entonces buscas a un mecánico y tratas de arreglar los problemas del coche o de cambiar las cosas que no funcionan. Y pronto podrás volver a conducir ese coche, y volverá a correr. Nosotros, en el mundo árabe, ni siquiera tenemos el coche. Nosotros caminamos. Nosotros necesitamos un coche. Si usted me dice que no estás contento porque el coche va muy despacio: Míranos a nosotros, que no tenemos coche y debemos caminar.

Los ojos del novelista Alaa al-Aswany, en la cámara de Ignacio Gil

—Muchos refugiados procedentes de países como Siria, Eritrea, Irak o Afganistán tratan de alcanzar las fronteras de Europa. ¿Es comprensible que países ricos como los Emiratos o Arabia Saudí no hayan dicho esta boca es mía y no acepten refugiados de esos países? ¿Qué piensa usted de su silencio?

—Es normal. Es exactamente lo que yo esperaba de ellos, porque no solo estos países, sino cualquier país que no es una democracia solo están preocupados por el poder. Están obsesionados con la idea de perder el poder. Eso es lo más importante, más que la religión, que nada. Y ellos están asustados, tienen miedo de que cientos de miles de personas puedan llegar a sus países y derriben al rey o acaben con su régimen. En segundo lugar, en un país donde se cometen a diario violaciones de los derechos humanos, un gobernante que torture y asesine a su propia gente no creo que sienta la menor simpatía por un refugiado.

—¿Qué clase de escritor intenta ser?

—Intento dedicar todas mis energías en seguir escribiendo y escribir novelas vivientes, novelas que estén llenas de vida. Hay una hermosa frase de un editor italiano que fue el fundador de la editorial que publica mis libros en Italia, Giangiacomo Feltrinelli. Él dijo: «Hay sólo dos tipos de novelas: novelas vivas y novelas muertas. Y mi trabajo es publicar novelas vivas». Y lo que yo intento es seguir escribiendo novelas vivas.

—¿Por qué escribe?

—Escribo para trasladar al papel todo lo que siento. Escribo para crear un mundo en el que haya un sentido, porque hay muchas cosas en nuestro mundo que no lo tienen. Y escribo también para persuadir a la gente de que es mejor hacer buenas cosas y hacerlas bien que hacer el mal. Escribo para que la gente comprenda las debilidades de los otros, no para que los juzgue, sino para que los entienda, incluso la gente que comete errores. Creo que a través de la escritura hago todo que puedo para enviar un mensaje eminentemente humano.

—La última. ¿Quién es Alaa al-Aswany?

—Un escritor.

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