Antonio Ferres, autor de otros títulos como «Al regreso del Boira» (Trama, 2002) o «Los confines del reino» (Pretextos)
Antonio Ferres, autor de otros títulos como «Al regreso del Boira» (Trama, 2002) o «Los confines del reino» (Pretextos) - isabel permuy
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Antonio Ferres: «Una novela en la que no existe la ética, no encarna»

Por la reciente publicación de la primera biografía sobre el escritor («Buscando a Antonio Ferres») y por los grandes temas que ya antes poblaban sus obras, cobra nueva actualidad este narrador, uno de los principales de la corriente social

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Antonio Ferres ofrece cerveza, él bebe Aquarius. Vive en una casa sencilla y amable. En la pared cuelga, cogido con chinchetas, un cuadro de Patinir. Nació en 1924: «Yo fui un niño de la República». Es conocido como uno de los narradores sociales de los años 50 y 60 pero su obra, que incluye la novela, el cuento y también la poesía, desborda la limitación crítica.

Su primer libro, Los vencidos, fue prohibido por la censura franquista. Según cuenta él mismo, le llegó por correo un oficio que decía: «El asunto 178 ha sido resuelto de la forma que se indica en la hoja adjunta». Y en la hoja adjunta, enganchada con un clip, decía: «Prohibida su publicación en España».

La editorial Gadir (que rescató Los vencidos en 2005) lleva años publicando a Antonio Ferres y poniendo la luz sobre este escritor discreto que hoy lleva gafas negras porque así lo ha mandado el oculista. Las más recientes ediciones son Buscando a Antonio Ferres, la primera biografía del autor escrita por Francisco García Olmedo, y una reedición en bolsillo de La piqueta. Esta novela, que consagró a Ferres, narra un problema que cobra nueva actualidad, la cuenta atrás de un desahucio en el barrio de Orcasitas de Madrid, y también las batallas interiores de los protagonistas, y la pobreza, y el primer amor.

Ferres lleva el reloj en el envés de la muñeca, como alguien a quien no le preocupa la inmediatez. La conversación sucede entre los maullidos de su gato. El escritor mira al animal: «Yo le digo que este gato es tonto. Es tonto porque cree en la humanidad».

¿En qué cree usted?

Le voy a contestar con una historia que me sucedió. Un cura que había acogido durante años a un huérfano de padres comunistas, de repente escribió a Dolores Ibárruri para que encontrara quien se encargara, porque él era ya muy viejo. Y cuando le fuimos a ver, el cura me preguntó: «¿Usted cree en algo?» Le contesté: «En poco, padre». Y me dijo: «Pues usted se salva, porque hace falta mucha fe, siendo el mundo como es, para creer un poco».

Usted describe en su literatura un mundo duro, pero por ejemplo los protagonsitas de «La piqueta» son honestos, lo que blinda al lector ante la sensación de desgarro absoluto. Juan Eduardo Zúñiga, hablando en términos de generación, decía que la suya tenía una base ética. Hay en su escritura una «vinculación con los que sufren». ¿Por qué decide mirar a los que sufren?

Nosotros estamos siempre del lado de los de abajo. Como con los animales, que son los hermanos menores nuestros. Ten compasión por todo lo vivo. Esto está en la base de las religiones. Cristo fue un avance sin duda, sobre todo el Nuevo Testamento respecto al Antiguo. Pero, en cierto modo, resucita a Lázaro, y hace cosas grandes. En cambio, me gusta contar una anécdota de Buda. Hay una mujer con un niño que se le ha muerto en brazos. Y le dice: «Maestro, ¡revive a mi niño! ¡Revive a mi hijo!» Y Buda la mira con compasión y responde: «Mujer, si yo pudiera daría en este momento mi sangre, mi vida, pero no puedo». La literatura es compasión, pero sin milagrerías.

Hoy en día abundan las novelas sobre un mundo absolutamente descarnado, que puede parecer eficaz narrativamente.

Puede ser una buena novela, pero una novela en la cual no existe la ética, no encarna. Sin esto queda coja la literatura. Quizá porque la primera literatura fue didáctica... ¡no lo sé! Pero a mí, por lo menos, no me gusta cuando es completamente todo aquello desgarrado y amoral. Me parece fundamental, por ejemplo, el equilibrio con lo racional que tiene Galdós. Tampoco puedes caer en hacer una cosa absolutamente mística.

Se le suele poner del lado del realismo social y de la llamada «generación de la berza». ¿Quién inventó el término? ¿Cree que ese realismo ha sido injustamente maltratado?

Lo inventó Antonio Bernabeu, que era uno del grupo, en broma. Dijo: «Huele a berzas la literatura». Era valenciano y le gustaba mucho comer. La falta de inteligencia crítica es muy grande. Yo, cuando hablan de generaciones, desconfío. A nadie se le ha ocurrido pensar nunca de dónde vienen, y por qué es generación o no. ¿Dónde metes a Ferran Sánchez? ¡Es más realista que la mar! ¿Es realista Zúñiga? Buero Vallejo, ¿a qué generación pertenece? Estuvo condenado a muerte. Y, sin embargo, cuando escribe Historia de una escalera, ¡es el gran éxito! Lo que sí creo que marca a la generación nuestra es que venimos todos de la Guerra Civil y por lo tanto de la censura. Es el nuestro un mundo soterrado y marcado por el franquismo, por el larguísimo franquismo. Lea usted «Grito a Roma», de García Lorca en Poeta a Nueva York. Todo el nacional-catolicismo está ahí.

Lorca probablemente es el mejor poeta en todo: cuando hace cine, cuando hace teatro, con El público… Es un teatro modernísimo. Y Poeta en Nueva York es el abismo llevado a las últimas y el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías es el llanto más grande del universo. ¿Y dónde está el poeta? Ni se sabe. ¿En qué país vivimos?

Le quería preguntar, Antonio, por el exilio que usted ha vivido. Hay una cita de Max Aub que rescata García Olmedo en «Buscando a Antonio Ferres»: «El destierro es también y sobre todo un destiempo».

La primera vez me fui por miedo, y la segunda vez me fui por hambre. Yo siempre digo, como Max Aub: «Me he ido, pero no he vuelto», creo que eso es el destiempo. Aquí sientes que no eres de aquí, y sin embargo allí sientes que no eres de allí. Y también, como escritor, el exilio y la vida errante influyen en el tiempo de tus publicaciones.

¿Cree que la soledad le ha hecho mejor escritor?

Pues no lo sé. Yo creo que toda la vida te hace como eres. El escritor nace. El artista nace. Yo a los cinco años empecé a escribir y a leer. No conocía el mar, pero estaba leyendo a Salgari, y sabía muchas cosas sobre los piratas, y lo que en un barco es un palo «mesana». Escribir es, sobre todo, un problema de... la palabra es inteligencia, aunque no sea pedante. Hay que tener inteligencia al escribir. Aunque alguien pueda ser estúpido en todo lo demás, ha de tener una especie de saber narrativo, que es innato y se perfecciona en la praxis. Si no te pones a escribir no sabes si eres escritor.

En su biografía se destaca que «jamás se ha sometido a disciplina ideológica alguna», y la libertad con la que usted ha vivido también sus opciones políticas. ¿Cómo fue su vinculación con el Partido Comunista, al que perteneció?

Yo fui del Partido Comunista. Cuando fui a la Unión Soviética había muerto Stalin y creíamos que había una apertura muy grande con Jruschov. Éramos comunistas todos los que decíamos que no éramos comunistas, era un mundo clandestino. Armando [López Salinas] siempre cuenta lo que le pasó cuando mataron a Carrero Blanco. Le dieron órdenes del partido de que se presentara al capitán general y le dijera: «En el PCE, desde que abandonamos la práctica de guerrillas, todo lo que sea violencia, condenamos». Esto tuvo lugar el día en que iba a empezar el juicio de Sartorius, que por cierto era noble además de comunista. El capitán dijo: «Cuando usted tiene el valor de venir a decirlo, me lo creo».

Ha releído ahora el «Quijote» y ha publicado «Los dos regidores y otros cuentos del Quijote» (Gadir). ¿Qué ha descubierto en su nueva lectura?

El Quijote, en Los dos regidores, está tal cual. El Quijote lo puedes separar, seleccionar, pero no puedes cambiar el tono. El tono es la unicidad psíquica con la que se escribe, es la actitud narradora. Desde la primera línea del Quijote, cuando dice «el ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha», ya es irónico. Lo siento por los manchegos, pero eso lo hace irónicamente. Porque ser de La Mancha un hidalgo es como decir «el gentilhombre de Vallecas o de Lavapiés».

Y si el tono es irónico, no es la misma ironía que la de un cuento de Borges. Borges tiene la ironía de ciego de mala leche. Pero la de Cervantes es una ironía de hombre compasivo. «Una mente serena sobre unos fondos vencidos», que es como lo describe Martín Santos. Esa ironía está desde el principio. El narrador que dice la primera línea, en el capítulo sexto desaparece, mientras queda Don Quijote con la espada levantada. Y luego encuentran un manuscrito, lo traducen y ya cambia el narrador. En el Quijote los narradores bailan, ¡ríete tú de Cortázar! Es una literatura ultramoderna. Cervantes es un genio. Sin darse cuenta, hace la novela nueva. Si cambias el tono, no es el Quijote. La novela, lo primero, debe ser novedosa. Puedes escribir una novela histórica, pero tienes que tener en cuenta que la estás escribiendo hoy mismo. En eso se parece al periodismo.

Y Antonio Ferres, que con generosidad no repara en que ha pasado la hora de la comida, se despide sin dejar de conversar. «El hombre es un ser metafórico», eso es casi lo último que dice, antes de dar indicaciones sobre cómo detener el ascensor y bordear un pasillo para, después, salir a la calle.