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El hallazgo del Encarnación, de la flota de 1681: la historia perdida, frágil bajo el mar

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La primera globalización ocurrió en el siglo XVI y fue obra de navegantes españoles y portugueses, que abrieron y mantuvieron las primeras rutas comerciales que dieron la vuelta al mundo. De todo lo que conocemos de aquella época faltan las claves que tienen que ver, precisamente, con las máquinas que hicieron posible aquel esfuerzo globalizador, mantenido durante más de tres siglos. Sin naves no habría hispanidad, y sin embargo nuestro país ha despreciado gravemente la necesidad de conocer esa Historia.

Frederick Hanselmann buceando sobre el pecio del EncarnaciónLos restos de los viejos galeones, cada vez más accesibles por la tecnología, explican mejor que ningún otro elemento detalles del nacimiento de nuestra visión del mundo, la primera que fue global, la que hizo ser como es a nuestra nación y a nuestra cultura. Cada barco es una cápsula de tiempo, preciosa y sellada, a la espera de que los científicos puedan extraer toda la información que guarda.

Sin embargo, el modelo de gestión pública de la arqueología subacuática no ha querido oír ni hablar de ese relato. Por inacción y por incuria, lo hemos dejado en manos de la industria cazatesoros, que destruye los yacimientos y enarbola la versión moderna de la leyenda negra alimentada por nuestro oscuro pesimismo.

Sociedad mestiza y avanzada

Embarcada con los míticos tesoros y los ajuares más variopintos, no lo olvidemos, iba también una sociedad mestiza, avanzada en valores universales, en la ciencia, la lengua y la cultura, cuyos exponentes, aquellos españoles de ambas orillas del Atlántico, miembros de la Armada o simples viajeros, nobles o menesterosos, murieron unidos en trágicos naufragios y batallas a boca de fuego y abordaje, mientras contribuían a cambiar la Historia. Sus restos esperan a que nuestra memoria los atienda.

Restos del casco de la nave Encarnación

El hallazgo de un carguero hundido en la costa de Panamá, perteneciente a la castigada flota de Indias de 1681, ha sido una de las noticias más importantes para el patrimonio español de los últimos meses, ya que hasta ahora no se había podido estudiar científicamente ninguna nave como esta. Desgraciadamente, nada ha tenido que ver España en el descubrimiento por arqueólogos de la Universidad Estatal de Texas, de los restos de un barco con cientos de contenedores apilados, tal y como quedaron hace 334 años, llenos de filos para espadas y todo tipo de objetos de uso cotidiano. Guardan un retrato único y fiel de la sociedad hispánica de la época, de su economía, valores y creencias, como veremos. La ciencia arqueológica es la única herramienta capaz de leer las páginas perdidas de esa Historia de España en el momento en que se hacía global.

El «Encarnación»

El descubrimiento del carguero Nuestra Señora de la Encarnación tuvo lugar en la desembocadura del río Chagres, en Panamá, de manera fortuita. Los arqueólogos liderados por Frederick Hanselmann buscaban en 2010 restos de una flotilla del pirata Henry Morgan, hundida cuando se preparaba para atacar la capital. Es una zona cubierta por el limo en la que, de pronto, sus magnetómetros se dispararon: bajo el fango había algo grande. Este año ha revelando la verdadera dimensión del yacimiento. A lo largo de varias campañas, el equipo internacional ha documentado restos de 30 naves, nada menos.

Medición de la proa del carguero

Hanselmann confiesa a ABC Cultural que, al bucear sobre las cubiertas del Encarnación, no pudo «dejar de sentir un respeto reverencial por las personas que perecieron en el barco, además del escalofrío que sentimos los arqueólogos cuando interactuamos físicamente con vestigios de la Historia que nadie ha tocado antes. El pasado te alcanza, es muy excitante». Esa Historia es el verdadero tesoro para él y recuperarla completa es el privilegio del arqueólogo.

Al mismo tiempo, el historiador del proyecto, José Manuel Espinosa, un español de Écija que enseña en la Universidad Norte de Colombia, ha logrado demostrar la identidad del barco. Se trata del citado Encarnación, conocido más brevemente por su apodo: el Chaperón. Así aparece en los documentos hallados en el Archivo de Indias, que demuestran que fue construido en Campeche y llevaba una tripulación de 44 personas. Como los transportes de hoy, estaba cargado con cientos de contenedores. Era uno de los 24 buques que conformaban la malograda flota de 1681, que se perdió en diciembre de aquel año en circunstancias trágicas y del que apenas pudieron salvar una pequeña parte de la carga. Para Espinosa, para cualquier historiador, «es una bendición todo el papeleo que la Corona española producía cuando la pérdida de vidas humanas y bienes provocaba un proceso» contra los responsables de la flota.

Pena capital

La de 1681 estaba al mando de Juan Antonio Vicente y Toledo, marqués de Brenes, capitán general de la Armada de la Carrera de las Indias, y había llegado a Cartagena el 2 de abril de 1681. Después de esperas de varios meses, tempestades, pérdidas y naufragios, llegó a Panamá el 3 de noviembre. Lo que quedó de la flota no llegaría a Cádiz hasta septiembre del año siguiente.

Sellos de plomo para la carga de los contenedores /Kingston Images

Por todo ello, al marqués de Brenes se le abrió un proceso en el que se le pedía la pena capital. La pérdida de barcos y haciendas del rey y de los comerciantes era algo muy grave y en este caso se le acusaba de contravenir la orden de volver cuanto antes dada por el monarca, además de otros incumplimientos y desatenciones de la flota. Los cargos terminaron en un destierro de la Corte y de Sevilla más la multa de 10.000 pesos de plata y el pago de las costas.

Los archivos

Los documentos de todo ese proceso, plagados de testimonios y declaraciones sobre los naufragios ante el juez, han sido vitales para demostrar la identidad del buque: «Permiten reconstruir el viaje de la flota casi día a día -señala el historiador-. En el pleito queda reflejada la escala de valores, las redes sociales, los intereses en juego, incluso el sistema de creencias.»

Filo de espada que transportaba el Encarnación /Kingston Images

También hay documentación comercial que detallaba la carga, la tripulación, los seguros y los viajeros, porque todo barco necesitaba un registro a su entrada y salida de los puertos. El Chaperón llevaba bienes de consumo: telas, ferretería, harinas, aceite, vinos, licores, y muchos productos ornamentales y de vida cotidiana: libros, loza, quincallería. Hanselmann dice que la peculiaridad de este cargamento es que cuenta la historia de los ciudadanos medios en la era colonial. «Sabemos mucho de las grandes figuras de la Historia, pero pocas veces tenemos una ventana como esta para ver la vida del colono medio en las ciudades más cosmopolitas de América en la época.» No todo el mundo podía permitirse ropas traídas de Europa o vajillas de la Cartuja. «Las clases altas criollas tenían gran poder adquisitivo», añade Espinosa.

La divulgación es importante

El historiador lamenta que un naufragio se asocie a tesoros y piratas, debido a que «no hemos hecho bien nuestro trabajo de divulgación». Hanselmann va más allá: «Tenemos que ganar la narración. Si no contamos bien nuestro trabajo, el público nunca sabrá cuál es la diferencia entre el arqueólogo y el cazatesoros». Sabias palabras para quien trata sobre el terreno de marcar la diferencia. «¿Hasta qué punto podemos culpar a un tipo que vende un cañón por 4.000 dólares si no le contamos la historia que tiene y le convencemos de que si logra crear una ruta turística siempre habrá gringos sonrientes dispuestos a pagar al menos 50 dólares por bucear junto a su historia? Eso a la semana pueden ser 1.500 dólares fácilmente. Si vende la pieza solo logra un pago y pierde su riqueza cultural», añade.

Uno de los cañones hallados en los barcos de Henry Morgan /Kingston Images

El director panameño de este proyecto internacional, Tomás Mendizábal, destaca que es la primera vez que su país aborda una excavación científica de este calibre. «Investigamos el pasado a través de la figura de Henry Morgan, para bien y para mal el personaje más conocido de nuestra Historia. El hallazgo del Encarnación fue una feliz casualidad, sorpresa típica de la exploración arqueólogica.» El Patronato Panamá Viejo se ha implicado para que la conservación de las muestras se haga con los más altos estándares. «Es un ejemplo excelente de colaboración internacional y sería una ocasión ideal para que España se sumara a los esfuerzos de estudiar y conservar sitios como este que forman parte de su Historia.»

Fotomosaico del pecio del carguero Encarnación

El caso Encarnación es tan importante porque Panamá es también un país azotado por la lacra de los cazatesoros y ha sido noticia en los últimos meses por lo ocurrido en la costa del Pacífico, donde la empresa IMDI ha expoliado el galeón San José, naufragado en 1631, amparándose en un contrato del anterior gobierno, imposible de tomar por válido porque Panamá fue el primer país en ratificar la Convención Unesco 2001 para la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático, que prohíbe expresamente su comercialización. El pasado domingo concluyó la primera parte de una misión del organismo internacional en Panamá para la anulación de ese contrato. Ha sido liderada por el arqueólogo español Xavier Nieto, pero aún no hay conclusiones. Con ambos casos, Panamá resume hoy los problemas de ausencia de la arqueología pública española, no informada y a veces no consultada en estos casos.

España no excava

¿Por qué? Es duro reconocer que nuestro país ha vivido de espaldas su Historia naval de época moderna. Y ciego ante el valor de este patrimonio. No ha habido un solo proyecto planificado o alentado por ningún gobierno español, ni se ha promovido un proyecto similar al del Encarnación para estudiar un solo galeón, navío de la carrera de Indias, barco de Lepanto, Trafalgar o de la Gran Armada, por citar tan solo algunos hitos de esa Historia tan mal conocida. Hay excelentes arqueólogos españoles, que han tenido que empeñarse para lograr un apoyo exiguo de las administraciones. Y solo se han investigado y publicado pecios de la Antigüedad. Esa es la única narrativa que ha logrado elaborar con gran solvencia la nación que inventó la navegación oceánica. Y resulta insuficiente, como país.

España no excava, a pesar de tener pecios importantes para la Historia de la humanidad en todos los mares del mundo. Todos los países que fueron antiguas potencias coloniales han construido un relato que incluye la Historia naval. El Mary Rose, el barco de Enrique VIII, en Gran Bretaña, o el Vasa en Suecia son dos ejemplos egregios. Suecia se asoma con Johan Rönnby y su excavación del Mars a datos inéditos sobre el nacimiento del Estado-nación sueco y su hegemonía naval. En España ese momento es el del nacimiento de un imperio y el origen del capitalismo gracias a los recursos traídos de América. El discurso histórico tiene grandes nombres, pero el discurso arqueológico sobre esta época no existe. Hemos dimitido de la responsabilidad de contar esa Historia y hemos dejado el relato a los cazatesoros.

Modelo ineficaz e inadecuado

A pesar de tener pecios por todo el mundo, la competencia de Patrimonio se reparte entre una subdirección general del Ministerio de Cultura y las 17 consejerías de las Comunidades Autónomas. Estos núcleos de gestión del patrimonio subacuático en España han demostrado su ineficacia y son del todo inadecuados ante el desafío de una disciplina que necesita sacar adelante proyectos que atañen a varios ministerios, incluido Exteriores. Este año tampoco habrá una campaña arqueológica estatal de excavación en aguas españolas. La falta de resultados duele.

Tan es así que en 2001, tras ganar el caso del Juno y la Galga en los tribunales de EE.UU., se firmó un contrato con los cazatesoros de Sea Hunt, los que habían expoliado los yacimientos. En 2007, debido al escándalo mediático tras el caso Odyssey, el Gobierno ganó otro juicio en Florida (aunque se ha impedido que la justicia española entienda del expolio en el juzgado de La Línea de la Concepción). En este caso el material arqueológico regresó a España, se restauró y se expuso. Pero si hiciéramos más tendríamos verdaderos argumentos de peso contra los cazatesoros.

Ocho años después nada ha cambiado en cuanto a la gestión de esta materia, en cuanto a los presupuestos dedicados, y solo este verano, como ya informó ABC, se ha planificado una primera inspección del yacimiento de la fragata Mercedes. El primer proyecto nacional de patrimonio subacuático llega ocho años tarde y es la inspección de un expolio. Pero algo es algo.

Perfil burocrático

Las Comunidades Autónomas, sólo algunas con centros especializados, no han aportado la solución. El mejor sin duda es el catalán, el CASC, único con capacidad para realizar campañas sistemáticas y publicaciones, normalmente orientadas al mundo clásico, aunque van a publicar un monográfico sobre el Triunfante, el navío naufragado en Rosas en 1795. Su director actual, Gustau Vivar, es un gran especialista, lo mismo que su antecesor, Xavier Nieto. Pero la gestión del resto de centros autonómicos no está en manos de especialistas en arqueología subacuática. Algunos llevan ya casi dos décadas, como el andaluz CAS, pero no ofrecen grandes resultados: de investigación, de publicaciones científicas de nivel internacional o grandes proyectos en marcha, pese a tener la competencia sobre uno de los mares más ricos en patrimonio de todo el globo. Solo Trafalgar, una de las mayores batallas de la humanidad, tendría un potencial de conocimiento y de industria cultural inigualable.

La arqueología realizada desde los despachos ha llevado a España a esa falta de perfil internacional en lo relativo a la gran Historia naval de nuestro país. Y ese perfil burocrático nos ha llevado a cometer grandes errores como condecorar a cazatesoros (Bob Marx, en 1963) u otorgar permisos y permitir actividades a empresas como Odyssey Marine Exploration entre 2000 y 2007, con los resultados conocidos (aparte del contrato con Sea Hunt en 2001 a cambio de un ancla). Hannah Arendt decía que «la burocracia es el dominio de nadie, que no es lo mismo que una falta de mando, y somos todos igualmente impotentes ante su dictado porque en ella tenemos una tiranía sin tiranos». Esta idea es aplicable a la parálisis de la arqueología española en las últimas décadas. ¿Quién decidía y cómo? No ha sido muy transparente.

Inmunidad soberana

Hay algunos datos positivos que muestran cambios en esta estructura obsoleta, como la citada inspección del yacimiento de la Mercedes (que a punto estuvo de hacerse con un barco francés), o la creación de un nuevo máster en el Campus Ceimar de Cádiz. Tal vez la más relevante novedad haya sido la inclusión de la Armada como garante de la seguridad de los pecios de buques de Estado en la nueva Ley de Navegación. La defensa de la inmunidad soberana de estos pecios, con la que se venció a los cazatesoros en los tribunales de EE.UU., no tenía aplicación en la legislación española. Algunos arqueólogos, movidos por terminales del Ministerio de Cultura, cuestionaron la ley porque veían amenazadas las competencias sobre patrimonio. Pero la norma no las cambia.

Hay algunos datos positivos que muestran cambios en esta estructura obsoleta, como la citada inspección del yacimiento de la Mercedes (que a punto estuvo de hacerse con un barco francés), o la creación de un nuevo máster en el Campus Ceimar de Cádiz. Tal vez la más relevante novedad haya sido la inclusión de la Armada como garante de la seguridad de los pecios de buques de Estado en la nueva Ley de Navegación. La defensa de la inmunidad soberana de estos pecios, con la que se venció a los cazatesoros en los tribunales de EE.UU., no tenía aplicación en la legislación española. Algunos arqueólogos, movidos por terminales del Ministerio de Cultura, cuestionaron la ley porque veían amenazadas las competencias sobre patrimonio. Pero la norma no las cambia.

Ahora falta que Cultura, que actúa con Unesco, defienda con todas las de la ley un perfil internacional más visible de España en la defensa e investigación de su patrimonio, compatible con el respaldo de dicha organización. La arqueología es asunto público y una nueva generación llama a las puertas. Para cooperar en proyectos como el Encarnación y asumir la defensa de la inmunidad soberana ultrajada en galeones expoliados como el San José. Y entrar de lleno en el proyecto de excavación del Juncal en México, uno de los naufragios legendarios, dirigido por Pilar Luna, la subdirectora del INAH, ya en marcha. Esa sí podría ser la piedra de toque para una renovada arqueología española.

Diez motivos para cambiar el rumbo de la gestión de la arqueología subacuática