de puertas adentro

Comer, dormir, observar, desde el estudio-vivienda de Juanma Carrillo

Entre Matadero y La Casa Encendida se sitúa la vivienda de Juanma Carrillo. El orden nos impide ver el caos en el que este artista y cineasta dice trabajar. Sin embargo, rastros de sus influencias y fuentes de inspiración nos persiguen a cada paso

El realizador y director Juanma Carrillo sostiene un retrato realizado por el artista A. Su√°rez - √°ngel de antonio

Todo texto –como toda historia en la vida– tiene una banda sonora. La de este, hoy, comparte la de su protagonista, el cineasta Juanma Carrillo (La Rioja, 1978): Un poquito de Nina Simone, unas gotitas de Michael Nyman; un buen chorretón de Chet Baker temperado con la energía de Morrissey... De hecho, mientras terminamos de hablar con él, suena desde el tocadiscos (Carrillo se construyó él mismo una estantería a medida para albergar todos sus cds, pero también sus vinilos, tan importantes como los primeros) algo de Burrel y Coltrane. «La música forma parte de mi trabajo, pero es también un placer para mí –confiesa–. Y es indisociable tanto de mis vídeos como de mis imágenes fijas. Hay fotografías que llevaban sonido. Y la música es básica tanto en el proceso de creación –puedo poner 20.000 discos hasta que encuentro el “humor”– como en los resultados finales. Puede ser lo que da pie a un título, a una idea, a una intención...».

Sin ser conscientes, hemos preparado el set para realizar esta entrevista al lado de esa estantería, y de un mueble de los años 50 al que Carrillo (para el que el diseño también es una pieza clave en su imaginario: no hay más que mirar un poco alrededor para descubrir el peso de Eames en los elementos decorativos) tiene especial cariño. Sobre el mismo, alguna de sus fotos, y una muy especial, de época, un regalo, que decoró durante años en un rascacielos la sede de la sociedad islandesa de Nueva York (no en vano, los retratados son sus tropecientos mil integrantes), y desde la que el cineasta comienza a fantasear: uno es igualito que Al Capone; otra se muestra enfadada porque le hacen vacío; otro se aburre como una ostra... Desde luego, a saber qué estaban pensando estas personas cuando les tomaron esa fotografía; pero la explicación del joven autor nos lleva a imaginar cómo funciona su cabeza cuando se pone a trabajar.

Una película indie y canalla

«Antes me definía a mí mismo como artista multidisciplinar. Ahora prefiero decir que soy realizador y director. Lo que me apasiona son las imágenes en movimiento. Hubo un tiempo en el que hice mucha foto (de hecho, en los ratitos que le va dejando el trabajo, Carrillo prepara un libro con toda esa producción fotográfica). Ahora me dedico más al cine, a los videoclips y la publicidad. Aunque tengo mi propia agencia creativa junto a otros profesionales (WeShoot), soy freelance, por lo que acudo a donde me llaman. Eso hace que también tenga un poco arrinconada una película muy indie y muy canalla que espero retomar tras el verano».

Nos recibe en su casa, en el barrio de Arganzuela («muy cerca de Matadero y La Casa Encendida, dos sitios fundamentales ahora en Madrid, donde están ocurriendo cosas en torno a la imagen»), que hace las veces de lugar de trabajo: «Si combino ambas realidades es más por necesidad que por otra cosa. Sin embargo, mi labor marca muy bien la diferencia entre lo que es la preproducción –que puedo hacer en determinadas bibliotecas o cafés que me inspiran y me gustan–, las producciones –que se desarrollan en exteriores o en set de rodajes– y la post –para la que tengo habilitado un despacho–. Trabajar en casa es un lujo, pero también una prisión, sobre todo si eres adicto a lo que haces. En el futuro me gustaría salir de aquí, pero mi obra tiene un punto de intimidad al que la propia intimidad del hogar le viene muy bien».

Carrillo llegó a esta casa hace menos de dos años. La adquirió sabiendo que allí pasaría sus buenas horas. Por ello buscó un espacio con la suficiente luz y el suficiente número de habitaciones para conseguir que el trabajo no terminase inundando la vida diaria. La habitación de invitados es la estancia más silenciosa, y por ello allí se encierra el autor para escribir. El despacho, hubo un momento que estuvo poblado de sus fotografías («lo necesitaba para darme ánimos en momentos de flaqueza. Era una manera de decirme “mira todo lo que has hecho. Esto también lo puedes sacar adelante”. Ahora allí, junto al ordenador, un fotograma de El Evangelio Según San Mateo, de Pasolini, al que Carrillo tiene especial veneración. Y un espejo, justo encima, en el que se reflejan todos los libros de esos autores en los que el cineasta ha encontrado acomodo: «Es mi forma de tenerlos siempre presentes».

Un túnel hacia la inspiración

Los referentes son básicos para el artista. Y de ahí ese corredor que va de la puerta de entrada al salón, salpicado con mil imágenes, con mil recuerdos: «Aquí he ido colocando cosas que me inspiran, mías y de otros. De Nan Goldin a David Bowie, de retratos que me han hecho otros artistas (como el de Adolfo Suárez), a fotografías que me recuerdan de dónde vengo». Hablando de Nan Goldin, para Carrillo fue como una revelación descubrir que había artistas que tenían las mismas inquietudes que él, darse cuenta de que no era tan loco inclinarse por lo que comenzaba a hacer con la cámara: «En mis comienzos, siempre iba con ella colgada al hombro. Era como una prolongación del brazo, y todos me lo decían. Y no sé por qué empecé a descubrir que había ciertos elementos que repetía obsesivamente: las camas, las mesas, las ventanas...». Ese pasillo, ahora, es, en palabras de su dueño, como un túnel que marca un camino hacia su propia inspiración.

Tal vez Juanma Carrillo no es consciente, pero le siguen persiguiendo estos elementos. La única foto suya que tiene colgada es de su serie «Hielo quema», que preside su propia cama. Su nueva casa («la más grande y cómoda que he teneido hasta ahora») se caracteriza por su luz, lo que sería imposible sin sus grandes ventanales. Y luego está la comida. Esa gran mesa («en la que pronto espero dar grandes cenas») y la foto que la preside: «Es la ampliación de una antigua fotografía de cuando mis padres eran novios. He querido respetar sus arrugas. Es otra forma de ser consciente del paso del tiempo. En ella, que es una obra que me hice para mí mismo, se recrea una comida en una bodega de La Rioja. Para mí, comer es muy importante. Unas pochas de mi tierra o una botella de vino son los mejores regalos que se me puede hacer».

Pasa el tiempo y le preguntamos al artista por todo lo que ha tenido lugar ya en este salón: «Comparado con otros, que han sido grandes platós, está bastante virgen. Aquí se han rodado cositas. quiero que esta sea la casa de tomar decisiones, intentar no invadirlo. El orden para mí es básico. Yo soy muy caótico trabajando, muy disperso en mi cabeza. Por ello necesito ser contenido en los espacios en los que me muevo. ¡Demasiados estímulos recibimos del exterior –internet, los móviles, la televisión– como para seguir poniendo más cosas por medio!». Nosotros intentamos imaginarnos esa algarabía, ese jaleo; esa ventana abierta, esa mesa puesta y esa cama deshecha. Y salimos de nuestro ensimismamiento cuando la aguja del tocadiscos da su última vuelta.

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