Borges junto a su hermana Norah en Puerto Madrin (1922), en una de las fotografías de la exposición
Borges junto a su hermana Norah en Puerto Madrin (1922), en una de las fotografías de la exposición
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Los ríos dan al Río de la Plata

«Vanguardias literarias en el Río de la Plata», exposición en Casa de América (Madrid), refleja el momento de esplendor de Buenos Aires y aledaños. Un espectacular friso de documentos e imágenes

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A lo largo de la Historia, todas las capitales han vivido su momento de esplendor, de neones y contaminación lumínica. De Londres a Nueva York, sin olvidar París o Viena e, incluso, Madrid con su cacareada Movida. Etiquetas a cuyos pespuntes han estado cosidas a lo largo de los siglos y los siglos, amén. Buenos Aires, por muy Buenos Aires que se crea, también. Una coincidencia de hechos y circunstancias que transforman una ciudad relativamente anodina hasta el momento en una urbe con mayúsculas, con neones en cada fachada. Hasta el día de hoy, aunque las mayúsculas ya se escriben con minúsculas y las luces se hayan fundido. Buenos Aires se levanta como tal entre los años veinte y cuarenta de la pasada centuria. Como sucede en este tipo de epopeyas colectivas, la cultura y los movimientos de vanguardia mueven los hilos y la Historia hace el resto, empuja el furgón de cola con toda clase de adelantos sociales y tecnológicos. Este escenario es el que se recrea en la exposición Vanguardias literarias en el Río de la Plata (Casa de América; hasta el 6 de junio). El perímetro de acción se hace extensivo a Uruguay.

La capital argentina, como otras tantas ciudades en similares circunstancias, y aledaños aprovechan la paz propia en tiempos de guerra ajena. Europa inventa las vanguardias y sus diversos vanguardismos pero se desangra entre contienda y contienda. Allí llegan artista y escritores que se suman a los que ya eran de allí pero regresan de allá, del otro lado del charco. Entre unos y otros levantan la gran metrópolis que aún hoy reconocemos en Buenos Aires (y aledaños, repito).

Horacio Coppola es el fotógrafo de cabecera del sky line bonaerense que empieza a iluminarse. Junto a Grete Stern montan la primera exposición de fotografía en la ciudad. Los escritores no son solo un nombre, pero sí van con uno a la cabeza: Borges. Un Jorge Luis joven, aún no ha perdido la visión, y que, incluso, parece que disfruta de la vida. Lo propio de la edad. Así nos lo muestran en algunas fotos aquí expuestas y nos lo cuentan los comisarios de la exposición, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique.

Ramón, «collage» vital

Esta serie de imágenes de los protagonistas de la época (Bioy Casares, Norah Borges, Victoria Ocampo...) son un detalle menor de esta muestra comparado con la valiosísima colección de primeras ediciones reunidas en las vitrinas. El sueño y la tentación prohibida de cualquier bibliófilo. De hecho, cuando recorro las salas con Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique comparto la broma de que se anden con «cuidado» por si por estas salas se pasean algunos de los bibliófilos patrios bien conocidos (no voy a dar nombres).

La vanguardia en las orillas del Río de Plata no se escribió en manifiestos ni fue tan dogmática como en Europa. Tampoco copió la una a la otra. Los grupos se dividen entre los «amantes» de la estética por la estética (grupo Florida) y los que fijan su centro de gravedad en las cuestiones sociales (grupo Boedo). Si hubiera que poner una fecha fundacional, fijémosla en la vuelta de la famila Borges a Argentina el año 1921. No obstante, la primera publicación que encontramos en esta exposición es el libro El cencerro de cristal (1915), de Ricardo Güiraldes.

El friso de documentos resulta tan espectacular que la conciencia una y otra vez nos repite aquello de «ver pero no tocar»: revistas (¿qué hubiera sido de aquellos tiempos sin las revistas?) como Sur, Proa, Número, Alfar, Martín Fierro, Síntesis...; ediciones como El hombre que se depiló la ingle, del inefable Omar Viñole (lo cito por surrealista y divertido); primeras ediciones de Borges, de Oliverio Girondo, Francisco Luis Bernárdez, Onetti, Macedonio Fernández, Bioy, Roberto Arlt...

No podemos cerrar el recorrido sin la omnipresencia de Ramón Goméz de la Serna. Huye de una España en guerra y monta allí su «chiringuito». Nadie puede negar a estas alturas que el despacho de Gómez de la Serna en su Buenos Aires querido es el desván de un chamarilero con toda clase de quincallas. A cual más increíble, a cual más extraña en sus relaciones o concomitancias. Aquí veremos fotos suyas, ediciones y objetos-curiosidades (una pipa, un espejo, un abrebotellas con forma de mujer, cuyos pezones son dos piedras rojas...). El collage vital de un creador irrepetible, cuya legión de seguidores se equipara a la del mismísimo Borges, que aún hoy resuena en Twitter, en la cuenta que lleva su nombre y que «escupe» día a día sus genialidades a destiempo.