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«Éros c'est la vie»: sexo y erotismo del arte español en tiempos de mojigatería

Dentro del festival A3Bandas, que arranca mañana, y en una doble sede (las galerías Fernando Pradilla y Javier López), una exposición aborda el tratamiento del erotismo por parte de los artistas contemporáneos españoles

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«Sorprende que el erotismo siga tieniendo todavía una fuerza subversiva y transgresora», subrayan Arturo Prins, Sofía Fernández y Miguel Cereceda, comisarios de la muestra Éros c'est la vie, una de las más de veinte propuestas del festival A3Bandas, y exposición que, desplegadada en dos sedes (las galerías Fernando Pradilla y Javier López & Fer Francés, en Madrid), recorre el tratamiento que el arte español más actual hace de esta pulsión tan humana desde la obra de más de treinta creadores.

Y es que resulta curioso que, en una época en la que el acceso al sexo es tan fácil (de las páginas de internet a las aplicaciones específicas para móviles), imperan unos dudosos mecanismos de defensa (ahí están las políticas de privacidad y protección del decoro aplicadas por plataformas como Facebook, que son capaces de eliminar de su sistema fotografías de Robert Mapplethorpe usadas en portadas de discos o que especifican la exposición del cuerpo que son capaces de admitir en los contenidos compartidos), que apartan de nuestras vidas todo lo relativo a la sexualidad como si fuera algo ajeno a nosotros: «Si todavía ofende, molesta o incomoda, se debe a que en el erotismo sigue habiendo un principio vital que no se deja someter ni reducir fácilmente a esquemas de adecuación y conveniencia. De algún modo, sigue reñido con lo políticamente correcto», explican los promotores de la exposición.

La lujuria como principio básico

Prins, Fernández y Cereceda aluden a «las molestias que el erotismo y el sexo han provocado siempre a los mojigatos». Y no se refieren solo a agentes represores o censores propios de otras épocas, sino también «al adusto reproche del viejo izquierdista o el exabrupto y la condena de la nueva feminista», y acuden a la aristócrata Valentine de Saint Point para apuntalar la tesis de su propuesta: harta del machismo de sus compañeros futuristas, esta pionera del feminismo publicó en 1913 un Manifiesto de la Lujuria como principio liberador y emancipador, con el que invitaba a «hacer de la lujuria una obra de arte».

Los artistas ahora convocados ilustran desde las más variadas disciplinas (pintura, fotografía, escultura, dibujo...) distintas miradas sobre la sexualidad, también desde las posturas más variadas (masculinas y femeninas; heterosexuales y homosexuales) «sinpretender ni escandalizar, ni provocar al espectador». El gran grueso del proyecto se concentra en la planta superior de la galería Fernando Pradilla, donde recibe al visitante un sugerente gran autorretrato de Marina Vargas, (Noli me tangere, 2008) acompañado de la escultura Winchester 1. A partir de ahí, las diferentes estancias despliegan su concepto de erotismo esbozando un equilibrado, elegante y hedonista canto a la sexualidad.Estefanía Martín Saénz hace alusión al juego que la lencería ha dado siempre a la imaginación, utilizando sus materiales, los mismos que reproduce en acuarela Hélène Picard. Juan Carlos Martínez echa mano de su álbum fotográfico privado, en el que actúa como voyeur.

Son los creadores que forman parte de la galería los que presentan mayoritariamente obra nueva, como Alejandro Bombín, sugerente en sus grandes formatos y más lascivo en los pequeños, o Juan Francisco Casas, cuyos bolígrafos, ahora a color, se encuentran en su salsa con esta temática. Formas abstractas pero muy evidentes en José Aja (La jolie irlandaise), que conducen al mundo de los sueños (húmedos o no) en las dos estupendas intervenciones de José Luis Serzo, y que se mantuvieron como cuaderno de dibujo y diario erótico en el colombiano Luis Caballero, cuya presentación es de las que más atrapan de la muestra.

Pares, nones... y tríos

Junto a ellos, el último Guillermo Peñalver, siempre interesante; las «incisiones» de Yolanda Cifuentes; los falsos carboncillos fotográficos de Isabel Rico; las pulsiones más animales en Álvaro Haro; los imanes con cuerpos humanos de Carolina Solar (para combinar a gusto del consumidor por sexos, pares o tríos); el deseo por el cuerpo masculino de Germán Gómez (con sus fotografías estampadas ahora sobre cuero); los aires orientales del «gabinete» de Diana Larrea; los más clásicos, encardinados con la Historia del Arte de David Trullo... La muestra sirve para recuperar a artistas consagrados como Pepe Carretero, Pedro Castrortega, las escenas escondidas en los estampados de Maurizio Lanzilottao Carlos Franco, y reencontrarse con la de interesantes artistas como Moisés Mahiques o Carmen González Castro.

La exposición continúa en su segunda sede, la galería Javier López. Allí los artistas luchan contra «la mitología de la culpa asociada a la sexualidad» y se analiza los elementos culturales de la conducta sexual (¿por qué tememos aún la representación de una erección? ¿Por qué se habla tan poco de la vida sexual de la tercera edad o de ls minusválidos? ¿Por qué soportamos un desnudo o una escena de sexo pintadas en el siglo XVI y no una del XXI?). Entran en ella creadores que reconocen que, a estas alturas, algunas de sus piezas han sido censuradas o retiradas de exposiciones aludiendo a su alto contenido erótico.

Formatos de mayor tamaño de Manuel Antonio Domínguez (más íntimos en la calleClaudio Coello), autor que repite como lo hace Carlos Franco (Viejo Erotikon). Vinilos dorados de Carlos Aires, cuyo physical del título está aquí muy bien traído. Los «secretos» de Pilar Albarracín o la incursión en el imaginario sexual japonés a partir de las polaroids de Nobuyoshi Araki. El Homosaurio de Manuel León... Una orgía de sensaciones.

«Éros c'est la vie»