«Retrato de Felipe IV», una de las obras maestras de Velázquez que se expone en el Gran Palais de París
«Retrato de Felipe IV», una de las obras maestras de Velázquez que se expone en el Gran Palais de París
arte

«Vélasquez» deslumbra en el Grand Palais

Actualizado:

La exposición Velázquez que acaba de presentarse en París es una de esas grandes citas del arte internacional que, si es posible, uno no debe perderse. Llama la atención que se trate de la primera exposición monográfica dedicada a Velázquez en Francia, lo que expresa la dificultad en la recepción de su obra en el país vecino, a pesar de que, tras su visita al Museo del Prado en septiembre de 1865, Édouard Manet lo calificara como «el pintor de los pintores», situándolo así como el artista más elevado entre todos, y de que esa fórmula se haya repetido después, en Francia, hasta la saciedad.

No cabe duda de que esa dificultad tiene que ver con el escaso número de obras de Velázquez que se conservan en Francia. Un aspecto que a la vez se relaciona también con el escaso número de pinturas que, según los expertos, constituyen su catálogo, tan sólo entre 110 y 120. De ellas, cerca de 60 se encuentran en el Museo del Prado, que tiene una gran parte de sus obras maestras.

Por todo ello, hay que subrayar especialmente el logro importantísimo de esta muestra, coproducida por el

Museo del Louvre

y el

Kunsthistorisches Museum

de Viena, que reúne en total 119 obras, de las cuales 51 son de Velázquez. Un primer aspecto que llama la atención es que en la exposición, y en todas las publicaciones e iniciativas que la complementan, Velázquez ha conquistado en la escritura de su nombre el desplazamiento del acento y la z, en lugar de la habitual grafía francesa –

Vélasquez

– que incluso los medios de comunicación de allí siguen utilizando para hablar de la misma.

Última actualización

Articulada en cuatro grandes secciones («Los años de formación», «Velázquez pintor del Rey», «Retratista» y «Velázquez después de Velázquez»), subdivididas a su vez en 12 apartados, más un epílogo que cierra el recorrido, con dos autorretratos y el Caballo blanco (1634-1638), préstamo de Patrimonio Nacional, la gran calidad de las obras reunidas y la coherencia de su planteamiento hacen de esta exposición un nuevo gran paso en la lectura e interpretación contemporáneas de Velázquez, equiparable en su importancia a lo que supusieron las que le dedicaron el Metropolitan de Nueva York y el Museo del Prado en 1989/1990, y a la más reciente de la National Gallery de Londres, en 2006.

Guillaume Kientz, conservador en el Museo del Louvre y comisario de la muestra, indica en el catálogo que el objetivo era hacer un balance del estado de la investigación sobre Velázquez y de las nuevas atribuciones, pero proponiendo a la vez un panorama completo y coherente de su evolución artística.

El resultado es extraordinariamente positivo: recorriendo las salas, uno puede, en efecto, percibir en su conjunto la trayectoria de un pintor excepcional que, desde sus años de formación en la Sevilla donde nació, amplió después sus horizontes estableciéndose en Madrid y viajando en dos ocasiones a Italia.

Y no sólo encontramos a Velázquez, sino que podemos ver también las obras: pinturas y esculturas, de otros artistas de relieve que nos dan su contexto, e igualmente las de sus continuadores, denominados «los velazqueños». Con una atención particular a Juan de Pareja, Juan Carreño de Miranda, y, de modo especial, a Juan Bautista Martínez del Mazo (1612-1667), quien fuera su ayudante y su yerno desde 1633, año en el que se casó con Francisca, la única hija del maestro. Con ello se tiene, en un privilegiado escenario internacional, un buen panorama de la importancia y calidad de la «Escuela española» de pintura en el siglo XVII, que marca un momento de esplendor de nuestra tradición artística.

El tiempo que pasa

Es inevitable echar en falta algunas obras maestras concretas de Velázquez: en ninguna exposición de este tipo se puede reunir «todo». Pero, insisto, la muestra permite entrar a fondo, en profundidad, en su pintura. Y, desde luego, las grandes obras tampoco faltan aquí. Entre ellas, mencionaré, por ejemplo, La fragua de Vulcano (hacia 1630), la Venus del espejo (1647-1651), el Retrato del Papa Inocencio X (1650), o el Retrato de Pablo de Valladolid (hacia 1635), quien era un bufón de corte. Una pintura, esta última, que fascinó a Manet, quien sobre ella escribió: «El fondo desaparece. Lo que rodea al personaje, vestido de negro y lleno de vida, es el aire».

Velázquez deslumbra. Intensamente. El modo como articula las figuras humanas, la representación de los objetos, nos lleva siempre a una modulación en profundidad, hacia el interior de las cosas y de los seres humanos. Con esa amplitud de la mirada que imprime en todo lo que representa. Con esa articulación del espacio, de la atmósfera de la representación, en la que gravita la experiencia de la vida. La síntesis, en la pintura, del tiempo que pasa. Y que, sin embargo, en ella, en la pintura de Velázquez, permanece.

«Velázquez»