Imagen del proyecto de Pachi Santiago
Imagen del proyecto de Pachi Santiago - abc
arte

«El barco de Teseo»: La identidad sale a flote en Injuve

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Según la mitología griega, Teseo liberó a Atenas del yugo de Creta matando al Minotauro. El barco que le condujo a su gesta se convirtió en un talismán y fue conservado durante siglos. Ahora bien: el tiempo ejerció su paso inexorable, y según envejecían sus tablas, estas eran cambiadas por maderas nuevas hasta que se planteó la duda que recoge Plutarco en sus Vidas paralelas: ¿Continuaba siendo la misma nave aquella que se había sometido a tantas reparaciones que ya no contaba con sus piezas iniciales? Y, en segundo lugar: Si los atenienses hubieran conservado las partes retiradas y se hubieran empleado en construir un segundo barco, ¿cuál sería el original de Teseo?

La anécdota sirve a Nerea Ubieto (¿se acuerdan de esta comisaria, de la que dijimos hace unos meses que «Daría que hablar»?), de punto de partida desde el que analizar el concepto de identidad con la obra de 15 jóvenes artistas. Su muestra, El barco de Teseo, es uno de los cuarenta proyectos beneficiados por las Ayudas Injuve y la segunda exposición presentada en la Sala Amadís desde que esta se «reseteara» (ese fue el título de la primera) en 2014.

Explica Ubieto que ha agrupado las obras en tres secciones no compartimentadas y que, en ocasiones, pueden solaparse. Estas serían «Piezas de un mismo barco» (que hace alusión a la imposibilidad del individuo de conocerse como algo unitario, sino como

conjunto de fragmentos

que, además, son cambiantes); «El barco original» (la identidad individual se forja de forma paralela a la social y, esta última, obliga en ocasiones a utilizar máscaras para no ser rechazados); y «Construyendo un barco nuevo» (apartado que analiza cómo las nuevas tecnologías nos ayudan a diluir nuestro yo y crear otros virtuales, a veces, tan reales como el original).

Como en un espejo

Antes de descender a la sala, Olalla Gómez, que abre y cierra el recorrido desde lo objetual (siendo, por tanto, el anclaje con el barco de Teseo), nos invita a detenernos ante su pieza más reciente: 66 lápices con goma (la artista pronto cumplirá 33 años) dispuestos de tal forma que la palabra que escribe cada uno es «borrada» por el siguiente. Por eso mismo, sólo es posible leer la del último: «Ahora».

Queda así claro cómo la identidad se reactualiza con cada paso, los mismos que conforman la

performance

de Rosana Antolí

My animal print

. En torno a un círculo (el de las convenciones), hay huellas que dejan más marca que otras; algunas que casi no se ven y otras que luchan por salirse del límite. Hemos entrado de lleno en la primera sección, donde la pieza más potente es la de

María Platero

(

Los múltiples

), en la que el espectador ha de situarse de frente para ver, como en un espejo, la imagen que generan por superposición las láminas con el rostro de la artista.

Edurne Herrán recuerda que crecer duele (Growing pains) y confronta fotos que resumían las infancias ideales de sus protagonistas con las mismas escenas recreadas años después. A su lado, Nacho Martín Silva se sirve de la pintura para reivindicar la personalidad eclipsada por las modelos de los grandes artistas del siglo XX, mientras que María Revuelta nos devuelve al objeto con Sobretodo, una segunda piel confeccionada con prendas de ropade la que la creadora es incapaz de deshacerse y que, de alguna manera, proyectan el pasado hasta el futuro.

Punzadas con hilo

En el segundo ámbito, en el que caen las máscaras, diálogo entre los bordados (negados al «macho») de Antonio Fernández Alvira –que cose su silueta y palabras asociadas a lo femenino sobre iconos de la masculinidad– y los patrones rechazados por Sonia Navarro, que deja al descubierto las imperfecciones de su costura suspendiendo los lienzos. Hilos que convierten al sujeto en marioneta de sí mismo en las «litos» de Inma Herrera; máscaras que pide caer Zigor Barrayazarra en Best Cry Ever, o que superan a su propio dueño, convertidas en sombra, en Juan Zamora.

En el tercer apartado, parece más evidente Dalila Virgolini (con sus fotos de facebook travestida de mil y un personajes) y hasta tragicómico el deseo de Pachi Santiago de mimetizarse con Claudia Schiffer. Pero hay dos obras que reclaman la atención: una es la negación del píxel en las

8.880 fotos carnet

que documentan acciones cotidianas, de Solimán López, y con las que compone la palabra «identidad»; la segunda, el

Autorretrato

sobre papel de Javier Chozas en el que, gracias a una aplicación, cada vez que alguien emplea en su twitter palabras asociadas al yo, estas se convierten en un punto de luz que transforman la obra en una pieza instalativa e interactiva.

Finalizamos como empezamos, con Gómez, que dota de segunda vida a muebles abandonados que, fotografiados y combinados, dan pie a estancias ideales. Fíjense ahora en todas las cartelas, escritas a mano por cada artista, por lo que no hay dos iguales. No es un asunto menor. Larga vida a este barco y sus tripulantes.

El barco de Teseo