Antonio Fernández Alvira y Blanca Gracia en el estudio de la segunda - belén díaz
de puertas adentro

Blanca Gracia y Antonio Fernández Alvira: juntos pero no revueltos

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Si lo de Blanca Gracia y Antonio Fernández Alvira fuera un matrimonio (la «casa» ya la comparten. Al fin y al cabo, el estudio es el espacio en el que un artista pasa la mayor parte de su tiempo), y por desgracia tuvieran que divorciarse, la línea roja en el suelo que separaría el taller del uno del de otro dejaría el baño del lado de ella. Él se queda con el microondas, para los días que toca quedarse allí a la hora de comer y hay que calentar la comida, y se evita los ruidos, pues la puerta de entrada queda del lado de Gracia. Sirva la broma para presentar este doble estudio comunicado por un dintel (la puerta fue arrancada por los anteriores inquilinos), al que nuestros protagonistas llegaron hace un par de años, situado en los bajos de un señorial edificio del barrio de Argüelles, en Madrid.

«Extremadamente expansivos»

Ambos artistas se definen como «extremadamente expansivos» trabajando. Ese dintel es pues una línea imaginaria que impide que las falsas maderas generadas en papel por Alvira o que las pinturas y dibujos instalativos de Gracia generen el caos a sus pies. «Este es el segundo estudio que tengo y también el segundo que comparto –explica Blanca–. En el anterior todo era común, lo cual era muy divertido, pero también poco productivo. Contar con espacio propio crea disciplina. Sabes dónde tienes las cosas y no tienes la presión de retirarlas porque sabes que va a llegar otro». Para Antonio, cada uno de ellos mantiene en su ámbito su trabajo, sus materiales, pero «la cercanía es básica para desconectar, para conversar, para ayudarse»: «Cuando uno trabaja solo, puede llegar a perder la perspectiva sobre lo que hace. Que alguien te dé indicaciones desde el exterior es muy positivo. Estos son dos ambientes diferenciados que saben convertirse en uno cuando hace falta», remata.

Ambos llegaron aquí de la mano de Guillermo Peñalver: «Estamos en un estudio que durante los últimos diez años ha pertenecido a diferentes artistas. Eso le da un sabor especial», recuerda Fernández Alvira. Él fue el que llegó primero, meses antes que Blanca. Y por esa razón podrían pensarse que se quedó con el mejor espacio. La más grande de las dos habitaciones de las que disponen. En realidad, las dos miden lo mismo (unos treinta metros cuadrados). Y el último que llegaba se tenía que quedar con el espacio que el artista anterior abandonaba. Pero aún así, es cierto que Alvira consiguió hacerse con el taller que tiene ventanas: «Mi espacio es el que da al patio interior, y la luz es natural. Para mí es estupendo por eso y porque puedo ver el árbol del exterior. Me encantan las plantas».. «Yo es lo que más le envidio –reconoce Blanca–. Eso y su capacidad para tenerlo todo ordenado aunque trastee con muchas cosas». Su compañero le replica: «Yo me he hecho mucho a mi estudio y ahora me costaría cambiarme, pero el de Blanca siempre me parece más grande y más bullicioso. El mío es más estático».

Dos horarios personalizados

Resulta curioso imaginarse una jornada de trabajo allí. Un simple dintel separa dos universos diferentes, dos formas de trabajar sobre el dibujo complementarias pero muy personales. Gracia llega allí hacia las diez de la mañana, y esas primeras horas las dedica a documentarse: «Trabajo con mucha imagen apropiada que obtengo de los medios, por lo que esos primeros momentos son de clasificar las fotos, de organizarlas en carpetas, de seleccionar aquellas sobre las que versará mi rutina ese día». Mientras tanto, al otro lado de la pared, Alvira hará ya un par de horas que llegó. Es más madrugador. Un té o un café ayuda a clarificar ideas, a revisar lo realizado el día anterior y ver por dónde se debe avanzar. Hasta la hora de la comida, su actividad será muy intensa. Llegado ese momento, Blanca le abandonará. Vive cerca y se puede permitir almorzar en casa («sin embargo, hay días que me quedo, y entonces pasamos el rato viendo programas frikis en el ordenador del Canal Historia», confiesan).

Cae la tarde. Blanca pasará allí una media de nueve o diez horas antes de retirarse («casi vivo aquí», bromea). Antonio ralentiza la actividad: hace un trabajo menos físico, más intelectual, de montar piezas o revisarlas. Si es miércoles, es posible que ella no se pase por allí. Es el día que dedica al taller que desarrolla en Matadero-Madrid con la asociación Debajo del Sombrero o a ver expos de otros. Antonio trabaja intensamente de lunes a viernes para dedicarse y dedicarles a los suyos el fin de semana. Ambos tienen claro que es necesario separar taller de vivienda. «Aquí, por ejemplo, no tenemos ni internet, ni teléfono. Es el sitio en el que venimos a hincar los codos», responden unánimes. «Acumulo tantas cosas que si trabajara en casa me comerían mis ideas. Es bueno contar con un espacio contundente y con solera al que no te importe “estropear”, hacer esas cosas que no harías en casa. Esto es una especie de laboratorio en el que no te cierras a nada», dice ella. «Cambiar de aires es necesario. Intento que mi casa sea una casa y que no haya nada que me recuerde al estudio», responde él.

Un momento extraño

Visitamos estos estudios en «un momento extraño», nos comentan ambos. Son los días previos a ARCO, y Alvira tiene inundado su espacio con las obras que terminaron formando parte del proyecto Casa Liebniz, en el Palacio de Santa Bárbara. En el caso de Blanca, ella acaba de inaugurar exposición en Badajoz, en la galería de Ángeles Baños, de forma que toda la obra ha viajado allí y ha dejado su habitación tiritando. Démosles la oportunidad de cambiar de lugar. De arribarse al espacio del otro. Sería como partir de cero. Sin embargo, si pudieran renunciar a todo, hay tres o cuatro fetiches que les acompañarían en la mudanza: «La máquina de escribir de mi abuelo –responde ella sin dudarlo–. También un pajarito de cerámica que es como mi amuleto y, por suepuesto, el ordenador». «En mi caso, hay una foto de mi bisabuelo cuando trabajaba como ebanista, algunos papeles, que son mi medio para experimentar, y determinadas figurillas mexicanas que siempre van conmigo y delimitan mi espacio de trabajo». La contestación es de Fernández Alvira.

¿Se corre el riesgo de que, trabajando tan cerca del otro, los trabajos de uno se contaminen del del otro?: «No nos contaminamos –explica Gracia–: compartimos descubrimientos. Llegamos a soluciones desde dos cabezas. Y a veces estás trabajando sobre algo y piensas: “esto le podría ayudar a Antonio”. Eso es bueno». «Ni nos molestamos, ni nos influimos. Compartimos hasta la música. El primero que la pone es el que la elige. Todo es muy orgánico. Yo me lo planteo como un aprendizaje junto a otra persona», concluye Alvira. Si alguna vez, cada uno de ellos acabara en otro sitio, estamos seguros de que se echarían de menos. Ahora forman una de las parejas de hecho no oficiales más fructíferas del joven arte español.