(Casi) todos los personajes que pueblan desde hace 25 años el universo de «Los Simpson»
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«Los Simpson»: 25 años de un clásico

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En algún momento estelar de finales de la década de los años ochenta del siglo XX, el dibujante de cómics Matt Groening tuvo una visión que era, en realidad, una reconciliación. Dio un paso hacia adelante en la renovación y actualización de la épica americana: satirizó de forma moderada, y aceptable, el American Way of Life. No quiso derruir ese sueño, sino ampliarlo, completarlo, otorgarle el prestigio europeo de la parodia. Y concibió a Los Simpson. Y Los Simpson triunfaron no solo en Estados Unidos, sino en el mundo entero, porque también el mundo necesitaba contemplar el delirio satírico de la utopía americana.

Y asistimos al tránsito de la épica de los western de John Ford a la comedia inteligente de Los Simpson. Todo un país transformaba su existencia. Los Simpson ofrecían al americano medio –con algún tipo de formación aunque fuese muy básica, con algún libro leído encima, en fin, con algo que le diera cobijo frente a la ironía– un bálsamo y un consuelo hiriente, para seguir siendo dichoso en medio de las ruinas del capitalismo de empresa familiar. El acierto de Groening fue fijarse en la familia, porque la familia fue, es y será un cimiento político del capitalismo y de la religión y de la democracia. Es decir, de la civilización.

Sin arrugas

La primera aparición pública de Los Simpson fue el 17 de diciembre de 1989. Desde entonces hasta ahora, han sido 25 años de permanencia ininterrumpida en las pantallas. No han envejecido. Se han adaptado a los presentes sucesivos que ha vivido el mundo occidental desde 1989 hasta este 2014. Los Simpson no envejecen, como sí envejecieron los Alcántara en la serie española Cuéntame cómo pasó.

La animación no puede envejecer. A los seres humanos les salen arrugas; los dibujos animados son inalterables. Los Simpson son inmortales gracias a los cientos de guionistas que han trabajado para la Fox, la cadena propietaria de la serie, porque Los Simpson se convirtieron en una industria audiovisual. Que fuese la Fox, una cadena de tradición conservadora, la que apostara por la serie tiene también su punto de ironía y ese punto de desasosiego que procede de la comprobación de la muerte de las ideologías políticas históricas y del nacimiento del éxito como única ideología posible.

Imagino a todo ese ejército de guionistas, actores de voz, asesores, productores y técnicos como a todo aquel ejército, más menesteroso, eso sí, de anónimos pintores que trabajaban en el taller de Rembrandt. Los actores de voz ganan ya 400.000 dólares por episodio: actores y guionistas y productores de la Fox que se compraron grandes mansiones y automóviles de lujo a costa de la disfuncionalidad de Homer Simpson y de sus seres queridos. Quien supo retratar a la clase media baja estadounidense se redimió socialmente y se convirtió en clase alta.

Groening fundó una industria que ha enriquecido a mucha gente. Y la Fox, feliz. Y los Estados Unidos, felices. Y los presidentes de Estados Unidos, que también fueron saliendo en la serie, felices también. La clase media americana quedaba blindada contra la parodia.

Groening fundó una industria basada en unos dibujos que contenían casi el misterio del Santo Grial de la clase media: unos globos oculares a punto de estallar que pasan de padres a hijos; la barriga prominente de Homer Simpson; unos pómulos redondeados que simbolizan la redondez del planeta en que todos vivimos; sus brazos pegados al cuerpo en señal de discernimiento cómico de las cosas humanas; el afán de belleza conyugal resumido en ese moño ancestral de Marge que parece la torre de Pisa; las cabezas dibujadas con líneas rectas; los pelos a modo de extraña corona de Bart, como si fuese una parodia Made in the Midwest del complicado príncipe Hamlet; la ausencia de trazos complejos en los dibujos; la elementalidad facial que sirve como representación de la elementalidad de la supervivencia inteligente dentro del vendaval de ruido grasiento del puritanismo americano. Además, Los Simpson introdujeron una confusión muy interesante: la dificultad cultural de establecer distancias entre la clase media y la clase media baja. Todo un éxito literario.

Los Simpson eran la elevación de una agradable fealdad a una categoría razonable de vida; sirvieron de válvula de escape a una sociedad basada en el culto al trabajo y a la responsabilidad moral, y le quitaron gravedad al hecho de ser nadie en medio de un país en constante crecimiento económico y con la pulsión de «llegar a ser alguien» como único norte psicológico y psiquiátrico.

Cerca de Woody Allen

Los guionistas se emplearon a fondo con Homer Simpson, hasta el punto de convertirlo en un sabio fermentado en las cloacas de la ordinariez, cercano a Woody Allen en algunos aspectos, un filósofo de la impasibilidad, un dibujo animado que nos hace reír, pero con una risa retardada. La familia Simpson era también la heredera de la familia Monster.

Homer es vago, come donuts y bebe mucha cerveza, va a la taberna con sus amigotes, le gusta ver la tele, vive bajo la rígida ley del mínimo esfuerzo, trabaja en una central nuclear cuyo dueño carece de cualquier principio moral. El pudrimiento del planeta da igual. El pudrimiento de los seres humanos da igual porque invita al carnaval. Marge es inevitablemente fea aunque tiene su morbo; es un ama de casa que alberga buenos sentimientos y es el pilar de toda la familia. Sobre ella y sobre su churrigueresco peinado de peluquería de barrio de la provinciana Springfield descansa la maternidad y la vida conyugal. No se deprime sino todo lo contrario, de su paciencia emerge un sentido del humor que hace de su vida una comedia tan insulsa como entrañable. Porque eso son Los Simpson: un vacío que se hace perdonar por suerte del humor.

Los Simpson son un tratado de filosofía posmoderna. Somos una familia de cretinos evanescentes, pero somos famosos, tenemos el don de la risa interminable y hemos alcanzado el éxito: millones y millones de seres humanos, en miles de ciudades occidentales del tamaño de Springfield, son como nosotros. Toda forma de romanticismo ha muerto y las familias que salen en el cine de Bergman y en las tragedias de Shakespeare son un puto coñazo, esa es la filosofía de Homer.

Si Hegel dijo que lo real es racional, y que lo racional es real, Homer Simpson dice que la medianía es más racional que la excelencia y que la risa es más real que la tragedia. Con todo ello, Groening dio un salto cualitativo en la construcción de la emocionalidad del capitalismo último de Estados Unidos, una emocionalidad que permitía la igualación racial y la integración de los emigrantes: si ser americano era ser Homer Simpson, cualquiera podía ser americano. Había en ese aserto otro paso adelante de la camaleónica democracia americana. No hacía falta ser Paul Newman, bastaba con ser Homer Simpson.

Dureza política

Groening supo dibujar el frikismo de la clase media americana. Convirtió en aceptable ese frikismo al sumergirlo en el frikismo general de todas las cosas. Recuerdo un episodio importante: una fábrica oriental, con trabajadores chinos explotados, produciendo en cadena imágenes de Homer y Marge, para consumo americano y europeo. Había dureza política en ese episodio, pero se resolvía con una dulzona socarronería, no lejana de muchos chistes que también están en la española saga de las películas que Santiago Segura ha dedicado a la creación de José Luis Torrente.

Los guionistas de la serie ayudaron al americano medio a observar que en el fondo se restablecían los parámetros tradicionales: el éxito en la vida seguía siendo tener una familia. Por eso, Los Simpson es una serie universal, porque no ataca a la familia, y transmite este razonamiento esencial: somos nada y nadie, somos repulsivos y cómicos, pero somos una familia y nos amamos. Estamos unidos. Somos gente que se quiere y somos un municipio, somos el pueblo de Springfield y hacemos lo que nos da la gana y nuestro secreto es este: nos gusta la vida, no tenemos ningún problema en elevar nuestra vulgaridad a una forma whitmaniana de celebrar el simple hecho de comerse una hamburguesa goteante con cien millones de patatas fritas y ver la tele siete horas seguidas.

En eso descansa otro fundamento de la serie: en la animación del Amor. Hay amor en Homer, un gran amor hacia Marge y sus hijos. Ese sentido del amor hace tolerable una vida sin ambiciones, una vida basada en una ciudad, Springfield, que tiene la virtud de simbolizar todas las pequeñas ciudades estadounidenses y una forma de vida de la América profunda, toda esa América que no es Nueva York, Chicago o Los Ángeles. Y Springfield provoca juegos de amistad con los personajes secundarios, como con los vecinos, la familia Flanders. Un anti William Faulkner, eso son Los Simpson. Un antídoto contra cualquier drama pasional, religioso o étnico.

La vacuidad erótica de los personajes es otro de los aciertos de los guionistas. Los dibujos de Groening ya planteaban la asexualidad como una forma de supresión de conflictos procedentes de la literatura. La intención ferozmente antierótica a la hora de caracterizar a los protagonistas se revela en el dibujo de cuerpos con predominio de la línea recta, la irrelevancia de las extremidades, la irrelevancia de la boca y de las líneas curvas del cuerpo. Tal vez la personal apariencia física de hombre obeso de Groening tuvo su peso, nunca mejor dicho, en esos dibujos. La obesidad estadounidense no es otra cosa que la eliminación de las curvas del erotismo; es la masa informe y asexuada frente a la curva del músculo y la flexibilidad coital de las extremidades. Estados Unidos es el país de la obesidad y la obesidad acaba siendo un regreso al puritanismo. Uno de los atributos de las estrellas del pop fue su delgadez. La delgadez es una invocación de la promiscuidad, en tanto que la promiscuidad es flexibilidad iconográfica.

Sátira e ironía

La familia Simpson se redime a través de la imaginación. Los guionistas se dieron cuenta de que podían explorar los sueños y las fantasías y las visiones y los delirios de todos los personajes. La imaginación era también un recurso para socavar los cimientos de lo políticamente correcto. Las ilusiones y las fantasías del pensamiento de Homer ocurren en un plano teóricamente irreal, pero real y tangible desde el punto de vista de la animación audiovisual. Lo que ve el espectador es lo relevante, aunque forme parte de la categoría de lo fantasmagórico. Que aquello que ve el espectador tenga un marco narrativo que sirva de freno a la sátira y a la ironía disolvente no es más que una táctica para evitar la exposición a la intemperie de la ruina moral de la clase media estadounidense.

Uno de los aciertos de la serie fue la introducción de los famosos en la animación. Todo el mundo que es alguien quiere salir en Los Simpson, que eran nadie en 1989, algo muy cervantino. Cervantes debería cobrarle derechos a la Fox. Memorable me parece aquel episodio en que los dos componentes vivos de la banda británica The Who, Roger Daltrey y Pete Townshend, daban un concierto en un episodio.

Los guionistas supieron meter el mundo real en la ficticia animación. Esos guionistas, entre los que destaca el gran John Swartzwelder, a golpe de talonario, hicieron felices a los americanos infelices. Con tu infelicidad, querido compatriota, me estoy forrando –ese era el lema de los guionistas–, porque, querido, tu infelicidad ni siquiera tiene el valor de la consistencia. Este era el lema de Los Simpson.

Estos 25 años de éxito no se explican sin la apelación a una paradoja y a una compasión. La familia mediática de mayor éxito en las pantallas de todo el planeta es una familia sin éxito de acuerdo a lo que el capitalismo salido de la Segunda Guerra Mundial estableció. La exploración del fracaso de la clase media y de la clase media baja estadounidense, hecha con mucho humor, devolvía un aire de fiesta a la vida, que está en la base del éxito de Homer Simpson. Un regreso a la humanidad, a la risa, a la imperfección, a la deformación, al delirio, a la fraternidad, al cuestionamiento de las leyes del «llegar a ser alguien»; eso han sido Los Simpson. Y lo seguirán siendo mientras produzcan dinero.