Alain Finkielkraut, miembro de la Academia Francesa desde este año, en su despacho
Alain Finkielkraut, miembro de la Academia Francesa desde este año, en su despacho - abc
libros

Alain Finkielkraut: «Para no herir a los recién llegados, no se habla de las raíces cristianas de Europa»

A Finkielkraut le persigue la polémica. Lo más suave que le han llamado es «reaccionario» y «racista». Acusaciones que se han multiplicado desde la publicación de su último ensayo, «La identidad desdichada», que llega a España en septiembre

Actualizado:

Alain Finkielkraut recibe a ABC Cultural en su departamento parisino cuando aún no se han apagado los ecos de la victoria en Francia del partido de extrema derecha Frente Nacional. Se le ve plácido, estoico como un héroe dispuesto al duelo verbal. Pero esa primera impresion es un espejismo. Una vez sentado en su salón delante de una larga mesa que hace de escritorio, de espaldas a una colosal biblioteca, su rostro es la imagen de otra cosa: de un rugido, tal vez. Cuando habla, un énfasis en la voz parece anunciar que el mundo puede acabarse en cualquier momento. Su cabellera gris revuelta le cae sobre la frente mientras sus brazos provocan un temblor sobre la mesa cada vez que anuncia la catástrofe. Sí, Finkielkraut cree que estamos frente a una inminente catástrofe: una crisis de civilización que puede conducir a la desaparición de Europa. En suma: el colapso de la Historia.

El intelectual y joven maoísta durante Mayo de 68, coautor junto a Pascal Bruckner de El nuevo desorden amoroso (1977); el admirador de Emmanuel Levinas, quien influyó en la escritura de En nombre del otro; el flamante miembro de la Academia Francesa, es hoy, a los 64 años, autor de un libro abrasador: La identidad desdichada (L’identité malheureuse). En sus páginas reivindica la necesidad de pertenecer a un pueblo, a una nación, y no a un europeísmo que, según él, quiere liberar a la identidad de toda pertenencia nacional.

Sus opiniones, su deseo de sentir que aún vive en un espacio reconocible, propio, le han convertido en un hombre amado o detestado. Visionario para unos, reaccionario y racista para otros. Una personalidad que no admite tonos grises. A él no parece importarle. Finkielkraut es un intelectual incómodo. Y eso es, quizás, lo mejor que puede decirse de él.

Pasemos revista al panorama político francés. El Frente Nacional, liderado por Marine Le Pen, ganó las elecciones europeas gracias al 25 por ciento de los votos. ¿El resultado de la extrema derecha supuso una sorpresa para usted?

No. Lo que me sorprende es la sorpresa que manifestaron los comentaristas, pues el triunfo había sido anunciado por las encuestas. La abstención sigue siendo muy importante (casi del 60 por ciento), ya que, pese a los esfuerzos por democratizarse, la Unión Europea es una burocracia. La democracia es el gobierno del pueblo por él mismo. Lo que constituye a un pueblo es un idioma, una memoria común y referencias comunes. Lo que constituye a Europa es la pluralidad de naciones. Esta pluralidad es irreductible: no habrá nunca un solo pueblo europeo. Ese ha sido el principal motivo de la aversión de los ciudadanos por estas elecciones. A diferencia de muchos otros intelectuales y editorialistas, no estoy indignado por este voto. Oí decir a algunos que sentían ver-güen-za de Francia. Deberían, creo yo, sentir vergüenza de aquello en lo que se ha transformado la UE. Esta burocracia priva a los ciudadanos de su soberanía. Ellos ya no sienten que pueden gobernarse por sí mismos, pero la aceptarían si obtuvieran algo a cambio. Ahora bien: la UE no fue capaz de frenar la desindustrialización, las deslocalizaciones, la inmigración, el aumento de la inseguridad. De ahí la exasperación de aquellos que se encuentran más expuestos.

Otros países europeos viven esta misma crisis y, sin embargo, la extrema derecha no alcanzó en ellos el resultado que obtuvo en Francia.

Este resultado se debe también a la crisis de los otros partidos. La izquierda se encuentra en un estado cataléptico y la derecha republicana está dividida entre una tendencia europeísta y una sensibilidad gaullista. Por otra parte, en Francia nos encontramos ante una situación extraordinaria: cuando el pueblo se expresa en tanto que clase, lo aplaudimos, y cuando se expresa en tanto que nación para manifestar su inquietud acerca de su identidad, lo estigmatizamos. Le Monde habló de «pulsiones nocivas y detestables del nacionalpopulismo». Yo lamento que el Frente Nacional sea el único partido en tener en cuenta la inquietud del pueblo francés acerca de su modelo de civilización, e incluso el único en apropiarse de cuestiones que tendrían que haber sido defendidas por la izquierda, como el laicismo. Personalmente, jamás hubiera votado a un partido que se presenta como anticorrupción y antisistema y que erige en modelo político a un autócrata como Vladimir Putin. Desconfío del Frente Nacional, a pesar de tomar nota de los cambios introducidos por Marine Le Pen. Si el Frente Nacional tuviera hoy el mismo discurso que ayer, el resultado no habría sido el mismo. No me gusta el Frente Nacional, pero no creo que sea un partido fascista. Deploro su éxito, pero me abstengo de insultar a sus electores.

Usted parece no reconocer en el Frente Nacional una vertiente xenófoba.

Nos van a decir que sus electores son racistas porque protestan contra la apertura a los cuatro vientos de la UE; esta criminalización es absolutamente escandalosa. La gente quiere vivir en un mundo con una relativa estabilidad. No hay nada de racista en ello. Yo no escudriño la mente y el corazón de los líderes del FN, pero no acuso de racismo a aquellos que votan a esta agrupación. Y añado, con gran tristeza, que quizás llegará el día en que el FN, tras haberse apoderado de la defensa del laicismo abandonada por la izquierda, asuma la del antisemitismo. El verdadero terremoto ha sido el atentado terrorista contra el cementerio judío de Bruselas, y si el retrato robot de los antisemitas del futuro no es el de un buen fascista europeo, a la izquierda le resultará sumamente difícil movilizarse contra este antisemitismo y su lugar podría ser ocupado por el FN. Quisiera que los otros partidos se despierten y que no respondan sólo con indignación. Hoy proliferan palabras que terminan en el sufijo fobia: islamofobia, eurofobia, homofobia. Es una medicalización de la divergencia: todo problema es convertido en una patología de aquellos que lo denuncian. Me gustaría que las preguntas ¿quiénes somos? y ¿quiénes queremos ser o seguir siendo? sean planteadas por todos. El tiempo de las acusaciones, de las denuncias, el tiempo del antifascismo ha quedado atrás.

Afirma que la Europa poshitleriana creyó superar su pasado a través del «romanticismo por el otro», es decir, a través del orgullo identitario para todos menos para ella misma. ¿Constituye un problema?

Por supuesto. Hoy mismo acabo de recibir otra prueba de ello. En un informe sobre la integración, redactado por Thierry Tuot [miembro del Consejo de Estado, la más alta instancia administrativa francesa] a petición del primer ministro, se defiende una «sociedad inclusiva» sin pedir ningún esfuerzo de asimilación a los recién llegados; situando así a todas las culturas en un pie de igualdad. La alteridad ha sido rehabilitada. Yo no defiendo el odio y el desprecio del otro, pero este reconocimiento de la alteridad ha tenido un costo muy alto: el sacrificio y el olvido de uno mismo. La hospitalidad ya no consiste en dar al extranjero lo que uno tiene, sino en perderse en él, lo que es una situación completamente disparatada.

En ese mismo informe se invita a Francia a despojarse de su propio ser para recibir mejor a los otros. Es lo contrario de la política de asimilación, de la que yo me beneficié. Esto nos llevará no a una fusión lírica, sino a un conflicto de civilización. Yo quiero mirar la realidad de frente y reencontrar el verdadero sentido de la palabra hospitalidad. Mis padres eran judíos polacos nacionalizados franceses. Lo que tengo de francés me lo ha dado la escuela. Pero veo cómo funciona la escuela hoy y constato que ya no hace los esfuerzos que hacía. No lo hace por la llamada «democratización de la enseñanza», pero, sobre todo, porque no quiere herir a los recién llegados. Dada la cantidad de musulmanes que hay en Francia, y para no herir su supuesta susceptibilidad, ya no se habla de las raíces cristianas de Europa. Antes Francia se afirmaba a sí misma a través de la enseñanza; no cantaba las loas al Imperio, pero ofrecía su lengua, su literatura y la belleza de sus paisajes. Ahora tengo la impresión de que se esconde para que el extranjero pueda sentirse perfectamente cómodo. Es una actitud suicida.

Asegura que hay una asimetría entre la identidad nacional y las diversas identidades comunitarias.

Así es. Hace unos años regresé a mi antigua escuela primaria. En una de sus paredes se veían fotos de diferentes países de África y del Magreb bajo la frase «estoy orgulloso de venir de…» Me sorprendió, porque si alguien defiende hoy –incluso sin orgullo– su origen francés, lo miran mal. Hace poco participé en un debate televisivo con el primer ministro de Francia, Manuel Valls, de origen catalán. Al hablar de la integración, él reivindicó su origen y el mío, poniéndolos como ejemplos de una integración exitosa. A lo que respondí: «Es cierto y hasta emocionante, pero no nos olvidemos de los franceses nativos (français de souche). Después de todo, existen en Francia franceses de origen francés. El otro no va a ocupar todo el espacio». Por esta expresión, français de souche, me han tachado de fascista. Pero ¡deme otras palabras para designar a los franceses de Francia que son de origen francés! Francia es un país que se hizo de generación en generación; se construyó gracias a esta herencia, como España. Después de todo, es necesario también que existan españoles-españoles. Pero esta parte del pueblo francés está por volverse innombrable e invisible, algo que altera a la gente. No hay que sorprenderse de que voten al Frente Nacional. Se trata de legítima defensa.

¿Lo cree realmente?

Sí. Dicen: «Tenemos derecho a existir». No dicen que quieran expulsar a los extranjeros. Cuando hablo de legítima defensa tampoco hago referencia a una guerra. Se intenta ocultar sus orígenes franceses, enterrarlos bajo el argumento de que somos todos iguales, de que no hay que crear asimetrías.

¿Cuál es la razón por la que esta visibilidad del «autóctono», del «nativo», tiene, en su opinión, tanta trascendencia?

Inglaterra no nació con Churchill, el país es anterior a él. La Francia de De Gaulle es anterior a De Gaulle. Nosotros no somos los creadores de nosotros mismos, tenemos un pasado. Yo mismo me beneficié de ese pasado gracias a la escuela. Cuando viajamos a España, no lo hacemos para ver a los etíopes. Nos sentimos contentos de que haya etíopes en España, ¿por qué no?; incluso marroquíes nacionalizados españoles, por supuesto. Pero cuando vemos a españoles-españoles, sabemos hacer la distinción con esos marroquíes. En Italia queremos encontrar el carácter italiano que amamos. Esa italianidad es Fellini, Visconti, Puccini o Verdi. No quisiera que las diferencias de biografía condujesen a crear diferencias en la ley. Yo no soy un «francés nativo», no soy francés de la misma manera en que lo fue el general De Gaulle. Es más: suponiendo que en 1940 hubiera tenido el coraje de formar parte de la Resistencia, no me habría asistido la misma legitimidad que a De Gaulle para encarnar a Francia.

¿La celebración de ciertos orígenes tiene que ver con un pasado de persecución?

Creo que estamos a punto de importar el dispositivo americano: la política del reconocimiento. Hay minorías que han padecido todo tipo de abusos y hay que devolverles su autoestima. En consecuencia, vamos a mostrar que la comunidad negra ha creado grandes obras y que los blancos se comportaron muy mal con ellos; lo mismo con los indígenas o con las mujeres, que, en Estados Unidos, son consideradas como una minoría. En Europa se está haciendo lo mismo: la enseñanza es reemplazada por el reconocimiento. Ahora bien, la cultura no funciona de ese modo. No vamos a empezar a decir que la cultura europea es parcial y racista porque se le rinde honor a Dante, Shakespeare, Goethe o Molière. Por el contrario, debemos hacer el esfuerzo de ofrecer lo mejor de esta cultura a los recién llegados.

¿Podría ser leído su último libro como una crítica a la democracia y a su aspiración igualitaria?

Es una crítica al proceso democrático, no a la democracia. El proceso democrático se ha vuelto despótico: es lo que es y lo que está bien. Presenta sólo avances democráticos: el matrimonio homosexual es un avance, la apertura de las fronteras es otro avance. De este modo, ningún debate democrático puede tener lugar, porque si uno se pronuncia en contra de alguna de esas medidas, lo tratan de retrógrado. Sólo hay demócratas o enemigos de la democracia. Esta concepción de la democracia no permite realizar ninguna discriminación, porque toda discriminación es considerada un insulto a la igualdad. No podemos manifestar ninguna preferencia. Podemos amar lo que queremos pero no podemos justificar este amor y, en consecuencia, nada puede ser transmitido, ya que la transmisión sólo tiene sentido si se distingue lo bello de lo feo, el bien del mal, las grandes obras de las obras mediocres. Actualmente, la idea de la democracia impide cualquier forma de jerarquización. Es una de las razones de la crisis educativa.

En estas condiciones, ¿qué lugar ocupa el intelectual en Francia?

En Francia hubo una época en que los escritores eran de derechas y los intelectuales de izquierdas. Hoy todo se redistribuye, ya que la oposición entre la derecha y la izquierda no es pertinente. La izquierda representaba el progreso y la justicia. Hoy el progreso está en crisis. La izquierda era el futuro contra el pasado. Hoy el pasado es frágil y merece toda nuestra atención. Siendo sin embargo conservador –siempre que el conservadurismo no represente la preservación de ventajas y privilegios–, creo que hay que preservar lo esencial. Pero, desgraciadamente, los progresistas atacan en términos feroces a los intelectuales que se desvían del camino, y hacen que renazca contra ellos el antifascismo y el antirracismo. Creo que en Francia hay una vida intelectual muy animada y, a la vez, arruinada por la descalificación de todos aquellos que no piensan en los mismos términos que el progresismo oficial. Es lamentable.

Usted señala que el progresismo francés ha sustituido «la mística de la sangre y del suelo» por «los derechos humanos». ¿No es un gran avance?

Por supuesto. Pero los derechos humanos no deben hacernos olvidar la diversidad humana. Nosotros somos ciudadanos en tanto que hombres, lo que no era así en la antigua Grecia. Por otra parte, cada ciudadanía es particular. No existe un gobierno mundial, sólo comunidades políticas nacionales, y hoy, en nombre de los derechos humanos, es como si las fronteras entre las comunidades debieran ser sobrepasadas. De ahí la multiplicación de los movimientos sin fronteras. Nos explican que deberíamos conceder el derecho de voto a los extranjeros durante las elecciones locales. Estoy en contra, ya que pienso que para votar en Francia hay que ser ciudadano francés. Pero creo que esta reivindicación tiene como objetivo la supresión de la diferencia entre el autóctono y el extranjero. Porque, según una cierta visión democrática, ninguna diferencia debe poder subsistir. ¡Ni siquiera la diferencia entre el hombre y la mujer! Conchita Wurst [la ganadora de Eurovisión 2014] es la apoteosis de la humanidad.

¿Cuál es su opinión sobre las reivindicaciones nacionalistas en España?

La mejor definición de la palabra nación la dio Ernest Renan: una nación es a la vez un plebiscito de todos los días y la asunción de una herencia común que se quiere continuar y transmitir. Esto es válido para Francia y para Españaa. Ahora bien: ¿España es una nación o una aglomeración de naciones diferentes? Yo no lo puedo decidir en su lugar. No siento ninguna hostilidad hacia las reivindicaciones de los unos y de los otros. Pero si España terminase dividida, yo lo lamentaría. En todo caso, no querría que esta Europa de naciones ceda su lugar a una Europa de regiones. Veo que renace en Francia un movimiento regionalista, pero creo que es la consecuencia de un debilitamiento del Estado nacional, y no de su opresión. Por otro lado, reconozco que hay cosas que desaparecen. Es lo que nos enseña –o debería enseñarnos– la ecología. Yo defiendo una ecología ampliada que se ocupe también de salvar la escuela, la lengua, la cultura y, sobre todo, de salvar a Europa y a la civilización europea.