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Ana María Matute en su paraíso inhabitado

El pasado 25 de junio murió Ana María Matute. La autora de «Primera memoria» y «Paraíso inhabitado», que se repartió entre la novela y los cuentos, nunca dejó de buscar y de evolucionar. Supo imponerse al silencio y venció. Ya es eterna

ana María Matute en su casa de Barcelona en 2011
ana María Matute en su casa de Barcelona en 2011 - inés baucells

Cuando Virginia Woolf escribió Una habitación propia no sabía que su texto, que camina con El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, en la primera línea de aportaciones sobre el lugar de la mujer en la literatura, iba a cobrar una actualidad y prolongación de sentido muy específica en el caso de España. Era muy raro, cuando Ana María Matute se puso a escribir y publicar, que en nuestro país la mujer lograra éxito en un campo como el literario, no menos reservado que otros a los hombres. Que ello pudiera ocurrir es una de las singularidades de la Generación del 50, a la que por edad Matute pertenecía. El caso es que esa generación ve la emergencia de nombres femeninos: Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Esther Tusquets, María Victoria Atencia, Josefina Aldecoa y Ana María Matute, por limitarme a las de mayor relieve. Nada igual podría decirse de épocas anteriores.

Algo más que amigos

Pero estar un poco al margen, incluso en su triunfo literario, es algo que acompañó a Ana María Matute mientras vivió. Tanto Martín Gaite como Tusquets o la mujer de Aldecoa, Josefina Rodríguez (que eligió firmar con el nombre de su marido), pertenecieron a un grupo de amigos, entre los que figuraban sus consortes, que animó mucho su entrada en el campo literario. Ni Laforet ni Matute tuvieron eso. Comparten ambas, por otra parte, los años de silencio. Matute estuvo enferma de depresión, lo que la tuvo casi veinte años sin publicar y favorece esa percepción casi lateral que mantuvo durante muchos años, a partir de un largo silencio originado en 1971 y que no terminó hasta que, en 1996, publica Olvidado rey Gudú, cuando recupera el reconocimiento de sus primeros años de novelista.

Porque no puede decirse que no tuviera reconocimiento antes. El Premio Café Gijón lo obtiene en 1952, a los veintiséis años, por Fiesta al Noroeste. Dos años después logra el Planeta (por Pequeño teatro), el de la Crítica y el Nacional de Literatura en 1958 (con Los hijos muertos), en tanto que Primera memoria gana el Premio Nadal en 1959. Siguieron otros como el Fastenrath de la Real Academia en 1969 (por Los soldados lloran de noche).

Viene luego ese silencio y la depresión causada por un matrimonio desdichado, que ella fue la primera en denunciar, en lo que también tiene un carácter pionero, pues era común en la mujer silenciar públicamente esos asuntos. Fue valiente en eso, como lo fue en su obra, que se dedica por entero a la narrativa, en novela y en una faceta menos conocida pero muy importante, los cuentos. Los vio reunidos en 2010 con el título de La puerta de la luna.

Como novelista, Matute cultivó estilos muy diferentes que muestran también su grado de búsqueda e inquietud. No se conformó con lo obtenido en el primero de los estilos, que es dramático –casi podría decirse melodramático–, y tiene la atmósfera de la Artémila, un territorio imaginario que parece inspirado en Mansilla de la Sierra, Logroño, donde veraneaba de niña. A ese estilo tremendista, de territorio rural, debe sus inicios literarios: una novela de 1948 titulada Los Abel, escrita nada menos que a los veintidós años y que supuso el primer tratamiento del tema del cainismo, la lucha fratricida, que en esa narración no adquiere aún las connotaciones socio-históricas que cobraría luego en Los hijos muertos (1958), ya directamente enfrentada a las consecuencias de la Guerra Civil, pues cuenta el destino de ruptura entre los que tuvieron que marcharse al exilio y los que se quedaron en España.

No hay que ocultar que Matute vivió en su propia carne esa situación de familias divididas por la guerra, pues dos de sus hermanos lucharon desde uno y otro frente. Y tampoco hay que ocultar la valentía que supuso, en 1958, el tema elegido para Los hijos muertos, pues no era fácil aludir a cómo la contienda sembró de muerte y destrucción a familias enteras.

Trilogía familiar

La autora no dejó nunca de mirar la realidad de un modo fatalista y trágico, pero es en sus primeras novelas donde mejor puede seguirse. En Fiesta al Noroeste (1953) es otra vez el cainismo, pero entre hermanastros, lo que domina una trama desarrollada en ambientes rurales, con hijos bastardos, y un cierto dramatismo primitivo en los caracteres. Por eso puede decirse que su primera gran novela es Los hijos muertos, no sólo por sus dimensiones, sino porque la dificultad del asunto de las consecuencias de la Guerra Civil le llevó a manejar una técnica más sofisticada, contrapuntística, con variaciones de tiempos narrativos.

Inicia luego una trilogía que recorre la vida de una familia en diferentes etapas: Primera memoria (1959), Los soldados lloran de noche (1964) y La trampa (1969). De ellas la más interesante es Primera memoria, pues definió un estilo memorialístico sobre la infancia de una niña a la que le sorprenden los acontecimientos externos, que no comprende.

El tema de la infancia lo retomará en su última novela publicada, Paraíso inhabitado (2008). Pero en Primera memoria no desarrolla apenas un ingrediente, el mundo de la fantasía, que será central en Paraíso inhabitado. Lo que hay de diferencias entre una y otra es debido precisamente a la experiencia y ruptura de estilo que supuso Olvidado rey Gudú, en la que Matute marcha al mundo de las fábulas infantiles. En esta obra la fantasía se desborda hasta convertirse en un cuento de hadas, pero como ocurre en los cuentos infantiles, Matute no oculta un desasosegante fondo de violencia.

Primera memoria, su gran título de tintes autobiográficos sobre el mundo de la guerra vivido indirectamente por unos adolescentes, quedaba reducido a un ámbito realista. Olvidado rey Gudú supuso la salida de ese ámbito, para luchar por la fantasía como medio liberador. Y Paraíso inhabitado podría ser el precipitado de los dos mundos: el externo se parece a Primera memoria, al tratar la infancia de una niña, pero por sus desarrollos adeuda mucho a lo ganado en Olvidado rey Gudú.

En Paraíso inhabitado, una niña, Adriana, perteneciente a una familia acomodada durante los años de la Segunda República, se libera del desamor de sus padres por el desarrollo de la fantasía. Pero si bien son muchos los ingredientes que recuerdan en Paraiso inhabitado a los de su gran éxito de 1960, no ha pasado en balde la literatura posterior de Ana María Matute por el canto que se hace a la imaginación y a la fantasía de los cuentos, y en general a las ficciones, hasta el punto de ser los mecanismos liberadores que le quedan a esa niña encerrada en sí misma, fruto del desamor. Ese mundo está además vinculado a la fuerza con que opera la imaginación fantaseadora. Las sinécdoques de ella son, por una parte, el unicornio dibujado en un cuadro, al que ella ve escapar; el cine, al que va con su padre una sola vez, y el teatrillo de marionetas, con el que aprende a jugar. Gracias a ellos Adriana va defendiendo su territorio hasta el final, aunque, como dice la última frase: «Los unicornios nunca vuelven».

El gran desgarro

Como cuentista, Ana María Matute da lo mejor con El río (1963), que reúne una especie de balance memorístico de su reencuentro con el pueblo de su infancia, Mansilla de la Sierra, al que regresa para verlo inundado por un pantano que ha hecho desaparecer no sólo sus casas: también ese río evocado en el título. Desde su dimensión autobiográfica, es importante para entender algunas claves que han originado el desgarro infantil, que da forma a casi todos los cuentos escritos por Matute, como si la etapa feliz de la infancia hubiese sido truncada, cercenada, inundada por una vida cruelmente distinta.

Ana María Matute subrayaba ya en su primer libro, Los niños tontos (1956), que el desamparo, la angustia, las pesadillas, o simplemente la crueldad de los otros niños, pueden rodear al zagal tonto, a la niña solitaria por fea o al hijo de la lavandera, muerto a pedradas en una de las historias más desasosegantes del volumen. Pero no hay tremendismo, porque la autora avanza una tonalidad que muchos años después se llamaría impropiamente realismo mágico, y que tuvo su origen en los cuentos de la abuela, que ella subvierte a su manera. Lo tremendo de una tara o de una miseria lo hace contiguo a lo fantástico, y esa mixtura proporciona a los cuentos casi siempre un trasunto simbólico.

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