Cultural / de puertas adentro

Alejandro Bombín y el caos controlado de la pintura... En el barrio de Vallecas

Día 17/06/2014 - 13.30h

En el estudio en Madrid de Alejandro Bombín rige cierto desorden bajo control. Es el ámbito en el que su dueño busca la concentración, mientras se entrega a la austeridad y meticulosidad de su pintura

Fotos: josé ramón ladra / Vídeo: Carolina Mínguez

La actual entrega de «De Puertas Adentro» nos lleva a uno de los barrios más populares de Madrid: el de Vallecas. A los que viven allí no les gusta que se hable de su zona así, en abstracto. Existe un Puente de Vallecas y un Pueblo de Vallecas («Villa de Vallecas» para los más exquisitos). Y como si de una línea imaginaria se tratara, ambos distritos quedan irremediablemente separados, como Carabanchel Alto y Carabanchel Bajo, como Villa Arriba y Villa Abajo. Pues bien, sobre esa línea imaginaria se han instalado un montón de creadores. No muy lejos de donde ahora nos encontramos –la casa/estudio de Alejandro Bombín, el objeto de este texto– tiene su taller la escultora Blanca Muñoz. También por aquí desarrollan su labor el fotógrafo Juan Carlos Martínez y el joven Miguel Ángel Rego. A nadie le ha dado por agruparlos porque los intereses son dispares, pero se podría hablar de una nueva «Escuela de Vallecas».

Visitas con cita previa

«Nosotros elegimos Vallecas porque buscábamos un espacio grande y a buen precio –explica Bombín–. Pero si algo tiene esta zona es que es tranquila. Ya llevamos cuatro años. Estamos a un paso del centro y no corremos el riesgo de ser interrumpidos por los amigos, algo de lo más normal cuando uno vive en el centro. Aquí las visitas vienen con cita previa». El joven pintor no usa un plural mayestático por educación. Es que allí vive con su pareja, la joven ilustradora de cuentos infantiles Deniz Ustundag. Entre los dos se reparten la casa: el piso inferior es para ella. Allí puede realizar tranquila su labor. La planta superior, de nuestro protagonista, con el estudio en una de las habitaciones, donde las leyes de la vivienda son otras. No hay más que ver las manchas de pintura sobre el parqué, con visos de llevar allí mucho tiempo: «Me gusta asilvestrarme con lo que estoy haciendo. Esta es mi locura permitida. Mi desorden dentro de un orden». Pese a esta virtual división, obras terminadas del artista copan todas las paredes de la casa, la misma por la que pululan como amos y señores los tres gatos de la pareja. Ellos no entienden de fronteras.

Bombín, como todos, empezó a pintar en casa de sus padres: «Lo que ocurre es que llega un momento en el que la habitación se queda pequeña. La austeridad de la técnica no está en absoluto reñida con la necesidad de espacio, sobre todo para almacenar lo que vas produciendo», bromea. Entonces tiene lugar esa obligatoria salida del nido, que empuja a buscar un nuevo destino. Alejandro tuvo un estudio anterior en Chamberí –«no era muy diferente de este, solo que aquel era un ático», confiesa–. La pintura exige tiempo, espacio y dinero: «Hace unos días ironizaba con un amigo que va a hacerse necesario cometer un crimen; uno razonable, que tampoco hay que pasarse. Así podría ir a la cárcel y poder dedicarme a la pintura a pensión completa, sin preocuparme por la manutención».

Pintar con la puerta bien abierta

Nuestro artista es un exagerado. La habitación en la que trabaja no es muy grande, pero sí muy luminosa. Su dueño atenúa la luz artificial con una especie de lonas no excesivamente tupidas que cubren los fluorescentes, mientras que las ventanas están obligatoriamente protegidas con mallas: «Aquí es imposible pintar con la puerta cerrada. Si lo haces, enseguida tienes a uno de los gatos llamando con su pata. Pero a mí me gusta. Te sacan de tu rutina y eso es positivo. Los animales tienen su personalidad y no dejan de llamar la atención hasta que, por ejemplo, te has acercado al cuenco a verles comer. Pero eso te desvincula muchas veces de esas obcecaciones en las que entramos sin mucho sentido. Hacen que todo se relativice».

Para Alejandro Bombín que el estudio esté dentro de la casa es fundamental: «Tengo que pintar todos los días, aunque sea un rato. Y para mí es básico saber que puedo volver en todo momento. No soy de madrugar, y luego le puedo dedicar a esto muchas horas. Además, para mí son básicos los accidentes en la pintura. Y sólo si puedo permanecer muchas horas en el mismo lugar puedo ver cómo incide la luz por la mañana o por la tarde, cómo suben los colores de día o con luz artificial...».

Tenemos la suerte de que le interrumpimos para esta entrevista cuando está a punto de acabar un cuadro. Eso nos permite presenciar en vivo su método de trabajo: «Me interesa la arqueología de la imagen, por eso empleo como modelos pictóricos imágenes que no son icónicas, sino que se caracterizan por su ambigüedad, que podrían ser descartadas por ser excesivamente dulces o excesivamente kitsch». Estas imágenes («que también selecciono porque ya incluyen un error») son primero escaneadas («lo que aporta a las mismas nuevos errores») e impresas («eso nos asegura un nuevo ruido. La impresora nunca mantiene los colores uniformes») para ser finalmente sometidas a un proceso de fragmentación: Bombín cubre todo el lienzo con tiras, y deja solo a la vista el área sobre la que trabaja. Cuando acaba, la cubre y procede con la siguiente: «No veo ni la imagen global de la que parto, ni la obra que estoy elaborando hasta que acabo y retiro todas las tiras. Lo que quiero subrayar es cómo las imágenes que recibimos están mediatizadas y pongo en valor nuestra percepción»

El día que todo encaje

Con una metodología como esta, cabe preguntarse si el día que todo encaje, que no haya imperfecciones, el artista habrá fracasado: «Eso es imposible, porque inciden muchas variables, a lo que se suma que yo me paso cuadro tras cuadro introduciendo variables para no caer en la rutina y para seguir investigando hasta dar con la obra perfecta. Ahora estoy experimentando con los fondos con pintura fluorescente, que sale a relucir cuando los enmascaramientos no son exactos. Y también me gusta usar lienzos desechados. De todas formas, no me interesa el fotorrealismo. Busco una interpretación de la imagen no solo su reproducción. Quiero que quede constancia de que detrás de lo que hago, hay una persona. Para nada me considero un virtuoso».

Bombín arranca las tiras del último cuadro que acaba de terminar. Ante nuestros ojos se va componiendo la imagen. Esa tela, que ahora maltrata, formará parte de la exposición colectiva de la galería Fernando Pradilla con la que esta firma recibirá el verano: «Conceptualmente, ahora mismo me interesa pinchar lo políticamente correcto. Quiero alterar la percepción del que ya está demasiado acostumbrado a ver una exposición de arte contemporáneo». Mientras el pintor argumenta esta última explicación, uno de los gatos hace acto de presencia en la habitación y reclama a su dueño. Exige sus caricias. Entonces a nosotros nos queda claro que nuestro tiempo se ha acabado. En este punto de esa línea imaginaria del Puente de Vallecas.

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