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¿Qué artistas son los que están ahora pi(n)tando en Granada?

En el proceso de centralización que está viviendo el arte contemporáneo en España, encontramos algunos núcleos periféricos muy activos. Es el caso de Granada, donde conviven diferentes generaciones, que ahora nos abren sus estudios

En mitad del arrasador y tan peligroso proceso de centralización que Madrid está capitalizando en torno al arte contemporáneo, cabe preguntarse qué pasa en el hasta hace no tanto plural panorama de escenas periféricas de nuestro país. Valencia, el País Vasco o Barcelona son ejemplos claros de cómo en poco tiempo se han desvitalizado focos otrora muy activos.

El arte emergente es sin duda el más desorientado en este momento en áreas donde, de la noche a la mañana, han cambiado las reglas del juego, reduciéndose oportunidades, recursos, espacios, iniciativas… Andalucía, que justo antes de la crisis a punto estuvo de culminar un proceso de planificación y apoyo a su arte joven a través del malogrado Programa Iniciarte –que, con sus innegables defectos, evolucionaba aceleradamente hasta que lo frenaron en seco–, sigue siendo hoy un espacio tan activo como desarticulado, y tan potencialmente fértil como desaprovechado.

Granada, en concreto, aparece como caso especial: presenta una concentración de estudios en los cuales están pasando una cantidad de cosas interesantes, algo inusual al compararse con otras capitales dotadas de mucha mayor infraestructura. Sin una sola galería de referencia (quizá destacar El Punto Rojo, donde estos días expone Carmen González de Castro), y con un proyecto institucional descompuesto, sorprende la densidad y calidad de su escena, el valor de sus individualidades y el abrazo que arropa a unas generaciones con otras.

1.- Las carreras medias

Por lo general, reina allí un ambiente generoso y relajado, algo que diferencia la escena granadina de, por ejemplo, la otra andaluza más desarrollada, Sevilla, donde las relaciones entre artistas –y entre generaciones– es mucho más tortuosa. Empezamos nuestra ronda por los estudios de una generación que se ha posicionado en el panorama nacional con solidez, sobre todo si tenemos en cuenta que muchos de ellos están radicados fuera tras su paso por la Facultad de Bellas Artes granadina (Carlos Aires, Juan Francisco Casas, Jacobo Castellano, Paloma Gámez, Miguel Ángel Tornero...).

Marina R. Vargas sería la más joven entre ellos, pero su reciente fichaje por Javier López la ha puesto en una situación privilegiada. Su estudio ocupa la totalidad de la antigua casa familiar, negocio de carpintería incluido, en las afueras. Allí prepara un ambicioso proyecto para el CACMálaga para el próximo año.

La ciudad es inusual: concentra a un alto número de estudios en los que pasan cosasParece que hay tendencia a agruparse por pares: Ángeles Agrela y José Piñar comparten su espacio en el cercano pueblo de Atarse. Por su parte, Jesús Zurita y Simón Zabell, dos de los nombres centrales de su generación, pintan codo a codo en un local ubicado en pleno centro. Luego está la antigua fábrica de La Azucarera, donde se concentran los estudios entre locales de encuentros, escuelas circenses y teatrales o grupos de música.

Allí, Santiago Ydáñez y Paco Pomet comparten un espacio amplio y trabajado (el primero de ellos pinta aquí sólo una parte de su producción, pues posee otro estudio en Berlín y un tercero en Puente de Génave, Jaén, dedicado a los grandes formatos), donde María Ángeles Díaz Barbado, profesora en la Facultad de Bellas Artes de Málaga, también muestra sus fotografías de trasfondo barroco.

2.- Los emergentes

De la mano de las carreras medias llegamos al siguiente tramo, representado por gente como Andrés Monteagudo, Joaquín Peña-Toro o María Acuyo: son nombres relevantes y ya con cierta trayectoria (más internacional el primero), que tienen sus respectivos estudios en este activo centro –de visita imprescindible– o los alrededores. Sus trabajos presentan un grado de madurez completo que espera sólo a que se les sirva la oportunidad definitiva. Sería el caso de Álvaro Albaladejo, o de su compañera, Cristina Ramírez.

Más gente en La Azucarera: Pablo Capitán, escultor de innegable personalidad y una de las apuestas de futuro más claras, cuya obra en torno al objeto y lo tridimensional ocupa un espacio inclasificable que sólo puedo poner en cercanía con las de Ramón González Echevarría o Ignacio Barcia.

En Sevilla, la otra capital, la relación entre artistas son mucho más tortuosasLa pintura de Antonio Montalvo, incuestionable en su calidad y sólida articulación, con su perspectiva única, es otra apuesta clara: fichado muy joven por una galería potente como Espacio Mínimo en Madrid, desde allí ha forjado prácticamente todo su currículo, pero mantiene su casa-estudio, compartida por la también pintora Irene Sánchez.

Y, por último, desde Dúrcal (ese pueblo que la cantante de rancheras nunca pisó, pero que cuenta con su monumento en la plaza del Ayuntamiento), descubrimos al joven Diego Fajardo, montando unas alegóricas instalaciones y fotografías con los elementos que su concienzuda elección por mantenerse al margen de cualquier foco le pone a mano: materiales de las casas del municipio derruidas, recuerdos y viejos enseres de gentes del lugar…

3.- Los «outsiders»

Semejante paso del testigo de unas generaciones a otras, tan fluido, quizá haya que entenderlo como la correa de transmisión de unas promociones a otras. Y es que la Facultad de Bellas Artes de la ciudad, con todas sus deficiencias, ha servido como punto de unión para casi todos. No se olvide que parte de su profesorado, como los artistas Rosa Brun, Freixanes y, muy especialmente, Soledad Sevilla, han trabajado activamente más allá de las aulas con y por ellos.

Valga el caso también de Víctor Borrego, profesor de Lenguaje Artístico y Ana María Sancho, encargada durante años del Laboratorio de Imagen, quienes componen el alma de las becas Al Raso, tan independientes, que estos días celebran su X aniversario en el Palacio Condes de Gabia. Este espacio, junto al Centro José Guerrero, articuló cabalmente y hasta hace poco un recorrido expositivo y curricular para los artistas locales. En medio de la colectiva conmemorativa se ha podido ver una pequeña monografía de Santiago Torres.

Otro profesor, Alfonso Masó, encarnaría esas otras opciones artísticas ultraindividualistas que, refractarias a los sistemas de promoción, terminan convirtiéndose en referente para muchos artistas en ciernes. Su pintura, como la de otro «raro» maravilloso, Domingo Zorrilla, daría para un capítulo aparte.

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