Cultural / arte

Dominique González-Foerster: «Soy una escritora frustrada»

Día 10/03/2014 - 14.13h
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La francesa Dominique González-Foerster es la penúltima artista que intervendrá el Palacio de Cristal de Madrid. Con «Splendide Hotel» entran en sus estancias no sólo el arte, sino también la literatura en mayúsculas

Dominique González-Foerster: «Soy una escritora frustrada»
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Gonzalez-Foerster, fotografiada a las puertas del Palacio de Cristal, que ocupará con su proyecto «Splendide Hotel»

El año 1887 es el punto de partida. En esa fecha se construía el Palacio de Cristal (instancia que ahora ocupa), pero también nacen muchos de los padres de la modernidad y tienen lugar algunos fenómenos –culturales y científicos– que marcarán nuestra contemporaneidad. Por esta razón, Dominique González-Foerster (Francia, 1965) toma esa fecha como pasaporte del viaje en el tiempo que propone. Pasen y disfruten de su Splendide Hotel, caja de resonancia de toda una época. La banda sonora la pone la literatura.

El jueves abre las puertas su «Splendide Hotel». ¿Cómo se nos va a recibir allí?

Splendide Hotel es un viaje a 1887, fecha de construcción del Palacio de Cristal. Es una fecha extraordinaria porque es el año de nacimiento de Duchamp y Le Corbusier, el de la construcción de la torre Eiffel y el año de apertura de un hotel a orillas del lago Lugano que se llamaba así. Ya en 1886 se publicaron las Iluminaciones de Rimbaud. En ellas, el poeta inventa un hotel homónimo... Mi propuesta es rencontrarnos con ese tiempo que es quizás el punto de inicio del mundo que conocemos ahora.

No se trata entonces de añorar el pasado.

En 1887 se dice que se publicó Han cortado los laureles, de Dujardin, un libro que James Joyce admiró, inicio del verso libre y del monólogo interior. Y también un momento apasionante para la ciencia, con trabajos sobre las ondas, la invisibilidad y la invención del gramófono, poco antes del nacimiento del cine. Espero que en Splendide Hotel se perciba el espacio como laboratorio de una época. No es en absoluto una reconstrucción del pasado, sino de las condiciones de las ideas a las que dio lugar. Además, los crystal palaces son los primeros edificios industriales. De repente, toda la producción se acelera. Los interiores se parecen cada vez más unos a otros, y quizás en ese momento, cuando los objetos son menos recargados, pueden aparecer nuevas ideas. Me apasiona todo lo que fue pensado e imaginado a finales del XIX, sus sistemas de exposición, representación y puesta en escena, incluido el cine. Ahora es ocasión de volver al origen de uno de esos momentos y convertir esto en un espacio en el que se entra como en un escenario.

Son muchos los artistas que han entrado con desigual fortuna en el Palacio de Cristal, pero siempre en su presente.

Mi especialidad es el espacio-tiempo. Cuando recibí esta invitación, me alegré: los cubos blancos ya no me interesan tanto; la conversación resultante no es lo bastante fuerte. He tenido la suerte de exponer en el Pabellón Mies de Barcelona, en la Sala de Turbinas, y en lugares que llamo «cubos verdes», como Inhotim (Brasil). En 2002, me invitaron a la Documenta, y mi respuesta fue un plan de evasión, huir al parque. El white cube me parece un no-espacio. Tiene el valor de una pantalla. Para mí, es mil veces más estimulante conversar con una personalidad fuerte como la de este palacio. Y creo que hemos dialogado bien.

Usted se ha ocupado mucho del concepto de transitar la obra de arte. ¿Qué diferencias hay entre pasear por El Retiro (el exterior del palacio) y por la instalación (su interior)?

Aquí hay dos tipos de espectador: los que vienen a propósito y los que entran por casualidad. Algunos entran con ideas preconcebidas de lo que van a ver, frente a otros que se sorprenden más. Se da la mezcla perfecta entre espectadores y paseantes. Es difícil prever qué va a pasar. Pero lo sugerente, como en la Sala de Turbinas, es que hay un flujo continuo. Para mí, los espectadores forman parte de la obra. Antes de exponer aquí, vine varias veces como espectadora. Me fijé en cómo se ha de atravesar este espacio y he tomado decisiones para esbozar otra dramaturgia. A menudo se entra en el ámbito central y la inercia es sentirse perdido. Por eso he creado una habitación para ese lugar. Esto es una puesta en escena en la que no dirigimos a los actores. Hay elementos que funcionan como indicadores escénicos, como las mecedoras, pero con ello no quiero decir que haya que sentarse, sino que es otra propuesta de desplazamiento.

Esas mecedoras albergarán una bibliografía selecta, algo básico en una artista tan vinculada a la literatura.

Son muchos los libros que me han permitido «construir». Libros que se han escrito en 1887, como La era de cristal, de Hudson, extraordinario. Hay un texto de Matheson, también de ciencia-ficción, En algún lugar del tiempo, en el que el personaje principal viaja en el tiempo a través de la mente, y no con la máquina de Wells, que es otro de los títulos de la muestra. También he incluido Hotel Savoy, de Joseph Roth. Es extraño, porque se acaba de estrenar en París la película de Wes Anderson El Gran Hotel Budapest. El del «gran hotel» se ha establecido como género cinematográfico... Están las Iluminaciones, de Rimbaud. De Vila-Matas incluyo Perder teorías, pero él ha escrito además un texto fantástico, Rimbaud exposé, que es la historia secreta de la muestra. Está el libro de Beckett, Murphy, en el que el personaje principal se ata a una mecedora; Ivanov, de Chejov; Azul, de Rubén Darío... Hay un libro muy importante, Splendide Hôtel, de G. Sorrentino... La bibliografía constituye diversas entradas a la muestra. Llegué a pensar en incluir solo teatro. También pensé en la idea de que los espectadores empezasen leyendo. Asímismo se me ocurrió que solo hubiera obras maestras, como el 2666 de Bolaño...

Ha mencionado a Vila-Matas, que es una especie de boom en Francia. ¿Cómo ha sido su relación personal? En su labor hubo una etapa Dostoievski, también una Conrad. ¿Hay ahora una etapa Vila-Matas?

J. G. Ballard es una inspiración estética muy importante, porque creo que ha descrito nuestro mundo como Kafka describió el siglo XX. También tuve un periodo que fue el descubrimiento casi paralelo de Sebald, Roberto Bolaño y Vila-Matas. Y quise conocerlos. Gracias a él, entré en la obra de Bolaño. Le invitaron a la exposición en la que participé en la casa de García Lorca. Llegamos al tiempo al hotel, y a partir de ese momento empezamos a hablar. Gracias a él, entiendo cómo se escribe un libro, algo que, para mí, sigue siendo un misterio. Su forma, no de fabricar el texto, sino de crearlo mediante desplazamientos y conversaciones, mediante la integración de bibliotecas enteras, me resulta cercana.

¿Tan segura está de no ser usted también escritora?

Yo soy una escritora frustrada. Con Vila-Matas tengo sensación de cercanía. Los demás escritores, para mí, son muy misteriosos. Y les tengo mucha envidia. A veces digo que yo hago una literatura espléndida; una forma de literatura que se pierde en la nada porque no soy capaz de escribir. Cuando tengo que esbozar diez líneas me paralizo. Mi sueño más profundo es la escritura.

Siempre hay una relación entre lo colectivo y lo autobiográfico en las obras. ¿Cómo se combinan ambas esferas?

Esa es la pregunta. Todos estamos haciendo un montaje permanente con nuestras influencias. Somos escenarios de montaje: cultural, emocional.... Quizás lo que yo intento es hacer que este espacio interior sea visible. Para mí existe una obsesión que es la de trabajar en escala 1:1, por eso no soy pintora. Busco un estado en la obra en el que los límites estén difusos. Yo ahora pongo un letrero en la fachada del Palacio de Cristal, pero al final lo interesante es considerar si el lago forma parte de la obra. Perder el límite me parece emocionante.

Ha colaborado con cineastas, con escenógrafos... ¿Qué se aprende con ellos?

Con músicos: con Nicolas Ghesquière para Balenciaga... Aprendo siempre con ellos. A veces se aprende más de otro campo, pero también me gusta colaborar con artistas visuales, como Philippe Parreno, que, más que compañero, es amigo personal.

¿Qué espera del espectador? ¿Cómo activa este una obra?

Lo que es interesante del espectador de una exposición es que es mucho más libre que el del teatro o el cine. El contrato no es «siéntate aquí y mira hasta el final». Entrará, saldrá y la pregunta que va a hacerse es si se queda o se va. En Ballard, los personajes están sometidos a condiciones extremas, como en La sequía. En una exposición, es la habilidad del artista la que retiene al espectador, un tema que me obsesiona mucho porque no se basa en la concentración, como la lectura, el teatro o el cine: hace falta tiempo. Creo incluso que, a veces, la exposición es el medio más difícil.

¿Qué está leyendo ahora?

Estoy leyendo un libro de Peter Sloterdijk, Ira y tiempo. También una obra muy específica sobre la historia del Palacio de Cristal. A Annie Le Brun... Nunca viajo sin menos de cinco libros. Cojo una maleta específica para ellos. A veces uso los digitales, pero me gusta mucho llevar los «de verdad» porque escribo en ellos. ¿Qué más leo? Maupassant, Truman Capote...

Dominique González-Foerster

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