2014, AÑO GRECO

Una ruta por el Toledo de El Greco

Les proponemos recorrer Toledo siguiendo las huellas del pintor. Los lugares que marcaron su vida o que albergan algunas de sus obras más emblemáticas. Les aseguramos que el itinerario encierra algunas sorpresas

«Vista de Toledo», propiedad del Metropolitan, de El Greco
«Vista de Toledo», propiedad del Metropolitan, de El Greco - abc

El Greco llega a Toledo en 1577. Es su destino en varios sentidos: es la meta o punto de llegada; es el lugar en que ejerce su arte y su empleo; y es la culminación de un viaje vital en un lugar en el que vivir, sentir y crear. El destino y la plenitud del viaje es Toledo. Tras no acomodarse como pintor en la Corte de Felipe II, se estableció para siempre en Toledo en 1583, y en 1589 formalizó su vinculación definitiva inscribiéndose en el censo de vecinos. El hombre y el artista encuentran una ciudad decadente, que ha dejado de ser capital del Imperio, pero que conserva un ambiente de elevado cariz intelectual, refinado y culto, donde abundan gentes de sangre conversa, entre las que forjará sus amistades. Encuentra una clientela potencial que le permitiría cuidar sus ingresos –solo menoscabados por los dispendios a los que le indujo su hedonismo– y al tiempo goza de una libertad creadora cuyos límites estéticos los marca él y algunos contenidos prescritos por los preceptos de Trento.

Desde el 8 de agosto de 1577, fecha de la firma del contrato de los retablos de Santo Domingo el Antiguo, el pintor emprende una relación con Toledo que, si bien quedó lejos de los fulgores del idilio que los románticos aventuraron, fue lo más cercano a la satisfacción de sus anhelos. El Greco se machihembraría con Toledo en un momento en el que su arte había alcanzado plena sazón. Sus contemporáneos veían en él algo de contradicción y enigma; no le podían discutir su domino técnico, pero su estilo los desconcertaba. En Toledo, sus intereses intelectuales encuentran perfecto código de expresión en un trazo adelgazado donde el dibujo ha perdido la hegemonía en favor de los valores lumínicos y de un cromatismo en confrontación violenta.

Y, de este modo, Toledo puede figurar en sus pinturas como una realidad susceptible de ser modificada en su ordenación, a medio camino entre lo real y lo onírico («Vista de Toledo»), o donde se cruzan los planos físico y metafísico, la ciencia y la creencia («Vista y plano de Toledo»), o donde la ciudad pasa a ser escenario de pasajes bíblicos («San José con el Niño Jesús», «La Inmaculada Concepción», «Cristo crucificado»), hagiográficos («San Bernardino») y mitológicos («Laocoonte»). Toledo ha devenido síntesis entre ciencia, arte y credo, entre lo racional y lo emocional, incluso lo heterodoxo aparentemente escondido. Un marco idóneo para el artista maduro.

«Vista y plano de Toledo»

En esta ruta que planteamos por la ciudad, tratamos de comprender a El Greco como un hombre de su tiempo y no del nuestro. La ciudad no es invisible ni en su vida, ni en su obra. Está en el deseo, en los signos, en los ojos, en los nombres, en la memoria y en el destino.

Iniciamos el itinerario en el Barrio de la Judería. Aquí estuvieron las casas del Marqués de Villena en las que vivió de alquiler durante la mayor parte del tiempo. Sobre ese solar hoy se encuentra el Parque del Tránsito, dedicado a Doménikos Theotokópoulos, y en él, el monumento que lo recuerda.

Lindando con el Paseo del Tránsito se encuentra el Museo de El Greco. Es el único en España. En él se pueden contemplar «Vista y plano de Toledo», «El Apostolado», «San Bernardino» y «El Redentor».

Callejeamos hasta el Convento de Santo Domingo el Antiguo. Sus tres retablos fueron su primer encargo en la ciudad. En el convento se conservan tres obras originales: «San Juan Evangelista», «San Juan Bautista» y «Resurrección de Cristo». Aquí recibió sepultura en una cripta, donde se mantuvieron sus restos hasta que posiblemente fueran trasladados por su hijo a la iglesia de San Torcuato.

Giramos visita a la antigua iglesia de San Vicente, hoy desacralizada y sede del Círculo de Arte, en la plaza de San Vicente, en la que podremos admirar el lugar en el que El Greco se encerró para pintar las obras que decoraban la capilla que encargase Isabel de Oballe, algunas de ellas depositadas en el Museo de Santa Cruz.

Tras un breve paseo por la romántica calle de Alfileritos y girando a la izquierda por la de Núñez de Arce, se encuentra la capilla de San José. Hoy, el oratorio –de propiedad particular– mantiene intacto el ambiente original tal como El Greco lo concibió y decoró, y conserva dos lienzos originales del pintor: «San José con el Niño» y «Coronación de la Virgen».

Un regreso

Bajando la colina toledana, salimos extramuros por la puerta de Bisagra y damos en el Hospital Tavera, en cuya iglesia se conserva el retablo dedicado al «Bautismo» de Cristo. En el museo se exponen «La Sagrada Familia con Santa Ana», «Retrato del Cardenal Tavera», «San Francisco en oración», una versión de las «Lágrimas de San Pedro» y la escultura «Cristo resucitado». El lugar es interesante porque desde su parte alta se fija la perspectiva para pintar el emblemático Vista y plano de Toledo.

Conviene caminar un corto trecho por la avenida Marqués de Mendigorría hasta el Parque del Crucero. Pocos turistas se acercarán a este enclave con una estampa del más enigmático, hermoso y moderno paisaje del pintor, Toledo en la tormenta o Vista de Toledo. Este es el lugar desde el que el ojo de El Greco ve la ciudad, y desde él la pinta, la imagina y la interpreta.

Volvemos a subir la cuesta por la puerta del Sol hasta Zocodover y llegamos al Museo de Santa Cruz. Aquí podemos apreciar un puñado de obras, entre las que destacan algunas de las que pintará para la capilla Oballe en la iglesia de San Vicente: «La Inmaculada Concepción», considerada una de las obras cumbre del cretense y su «testamento estético»; «La Sagrada Familia», «La Verónica con la Santa Faz», «San Ildefonso» o «Santiago Peregrino».

Ya en el corazón de la ciudad, continuamos hasta la Catedral, en cuya sacristía se muestra la primera gran obra de El Greco en Toledo, «El Expolio» de Cristo, única que le encargó el cabildo, y que tras su paso por el Museo de El Prado para su restauración, volverá a exhibirse desde la próxima semana. En el mismo lugar se exponen «San Francisco», «Santo Domingo de Guzmán», «Las Lágrimas de San Pedro», «Cristo en la Cruz» y «San José con el Niño», así como una de las escasas obras de El Greco escultor: «La imposición de la casulla a San Ildefonso».

La ruta concluye en la Iglesia de Santo Tomé, con la visión de la más universal de las obras del pintor: «El entierro del señor de Orgaz». Acabemos el paseo con una visita emocional al lugar en el que estuvo la iglesia de San Torcuato, demolida en la segunda mitad del siglo XIX (solo queda la portada), en cuyo solar, en lugar no conocido, deben reposar para la eternidad los restos de un artista eterno: El Greco.

Toda la actualidad en portada

comentarios