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Mark Z. Danielewski: «La literatura debe explorar la oscuridad entre las estrellas»

Trece años después de su publicación, llega por fin a España «La casa de hojas», la primera novela del escritor estadounidense , que marcó un punto y aparte en el género de terror

Mark Z. Danielewski (Nueva York, 1966) no es un escritor al uso. Su concepción de lo inanimado e inimaginable le llevó a concebir, hace ya casi veinte años, un monumental proyecto literario que ambicionaba cambiar las reglas del género de terror.

El autor estadounidense, hijo del cineasta polaco Tad Danielewski (1921-1993), tardó diez años en conseguir que una editorial publicase «La casa de hojas» (Alpha Decay/Pálido Fuego), su novela debut, que por fin llega a España. Un arriesgado ejercicio de forma que relata una historia, sobre una historia, sobre una historia y que transcurre en una casa de profundidades tan infinitas como el talento de su autor.

- ¿Cómo se inspiró para escribir una obra tan compleja?

- Siempre supe que quería ser escritor. Escribí mi primer libro con diez años y siempre estuvo ahí ese impulso de juntar palabras. Había llegado el momento de escribir una novela y, sencillamente, me puse a hacerlo. Durante tres años escribí pasajes que luego la gente se tatuó en el cuerpo. Era una dispersión de páginas, documentos, poemas y apuntes. Tres años después tuve esa idea simple de una casa que era más grande por dentro que por fuera.

- Fueron diez años de trabajo. ¿Cómo recuerda esos días?

- Fue siempre una lucha, con momentos de grandes dudas y otros de inspiración. Un malabarismo constante entre el trabajo y la escritura, y también la lectura que rodea a la escritura. Porque escribir no consiste simplemente en llegar del trabajo y ponerse a escribir. También es leer; novelas del momento, a los filósofos... Leer a Bachelard me ayudó a representar los elementos del libro.

- Llegó a recibir 32 cartas de rechazo de varias editoriales.

-Fue un duro golpe recibir esas cartas. Nunca he hablado de todos esos rechazos. Fueron diez años de «noes». Cuanto más lo pienso, más increíble me parece que persistiera. Habla de esa inefable música que siento, que tengo a mi lado. Siento que he heredado algo que decir y es mi tarea encontrar la forma de contarlo. Me atrevería a decir que todo el mundo tiene algo personal que proyecta una luz preciosa y necesitamos expresarlo. En forma de arte, de una acción, de un momento moral… Todos tenemos un deber absolutamente propio y ese es nuestro cometido en el mundo.

-Hay gente que prefiere no pensar cuando lee. En ese sentido, este libro es un reto.

-Bueno, también hay muchísima gente que come y no piensa en lo que está comiendo.

-Eso es un poco diferente.

- No, no, no. Cualquier forma puede proporcionar una vía para activar el pensamiento. Es algo que hago con todos mis libros. Llamo la atención sobre la forma en que lees, sobre el modo en que piensas, hay una intención de ir más allá del simple ingenio. Mi propósito en la ficción es mostrar las modulaciones cuánticas que ocurren a nivel subatómico en la narrativa.

- ¡Dios mío!

- Exactamente. Ahora, mientras hablamos, podemos mirarnos y, de pronto, la imagen se congela (la conversación tuvo lugar vía Skype). Entonces somos conscientes de la cantidad de electrónica, de matemáticas, que interviene para que esta interacción sea posible. Es importante sumergirnos en esas interacciones y comprender cuánta ciencia, cuánto pensamiento, hace falta para crear lo que parecen simples conversaciones.

- Usted reclama mucha atención al lector. ¿Qué piensa de todas las distracciones que hoy rodean a la cultura?

«Veremos que las distracciones tecnológicas son una forma de vicio anticuado»- «La casa de hojas» trata de cómo afrontar esas distracciones, cómo navegar entre diferentes voces e imágenes. Todo está bien siempre que no sacrifiques tu concentración. La mente humana no ha evolucionado hasta el punto de poder permitirse renunciar a la concentración. Si eres incapaz de estar centrado, tienes el mismo problema que la gente que consume drogas. Proporciona un maravilloso sentido de evasión, quizá algo de claridad mental, pero, al final, destruye tu capacidad de tener en tu punto de mira algo que no sea la droga. Veo esa obsesión por la tecnología, como si fuera una droga, en muchos hijos de amigos. Solo son capaces de manejar Facebook y eso es un problema. Al mismo tiempo, veo cómo los jóvenes que no manejan la tecnología a esos niveles progresan y acceden a mejores puestos de trabajo. Terminaremos viendo que toda esa distracción es una forma de vicio anticuado.

- ¿Debe un escritor saber lo que está dispuesto a sacrificar?

- No creo que sea posible. Tienes una idea muy romántica de lo que estás dispuesto a sacrificar. Ahora me doy cuenta de lo mucho que he sacrificado. He conseguido publicar una novela de éxito, he ganado premios… Pero he visto a gente, con trabajos corrientes, que ha formado familias preciosas, con una estabilidad que asegura su futuro. Porque, incluso ahora, con el éxito que he conseguido, no hay garantía. No tengo ese tipo de comodidad. Sabía que los sacrificios valdrían la pena, ya que hay algo dentro de mí que necesito expresar, pero me sigo familiarizando con sacrificios de los que no era consciente.

- ¿Está orgulloso del sacrificio?

- No. Sería arrogante enorgullecerme de algo así. Simplemente reconozco que ha sido uno de los costes. Aún experimento la sensación extraordinaria de empezar a escribir y, de pronto, las palabras y las letras se conjugan de una forma ligeramente diferente, e inesperadamente algo brilla y reluce. Puedes comprender el dilema y la euforia que significa estar vivo. Entonces, los sacrificios se convierten en irrelevantes porque me siento muy privilegiado.

- Es un gran admirador de Poe.

- Bueno, yo diría que soy más admirador de Roberto Bolaño.

- ¿Le gusta Roberto Bolaño?

- Amo a Bolaño. Es fantástico y su obra perdurará. Poe es parte de mi experiencia con la literatura, la atracción temprana hacia la revelación misteriosa, lo gótico y las historias de fantasmas. Pero siempre me han conmovido obras más extensas como «Moby Dick», «El arco iris de gravedad» y «2666». Para captar una parte del alcance de la existencia tiene que haber obras de gran alcance como esas.

- Al publicar «La casa de hojas» le compararon con Pynchon.

- Pynchon ha sido una gran influencia, no hay duda. Es un escritor formidable, una gran mente, un gran refugio de pensamientos complejos. Viene de una tradición que siempre he amado, que es la de Cervantes y Borges, cuyas referencias están presentes en «La casa de hojas», al igual que Cortázar. El propio Pynchon está en esa tradición, conoce a Borges, la Historia universal de la infamia, la maravillosa fecundidad de la imaginación. Probablemente ese sea uno de los problemas que tengo con los llamados «realistas» de la literatura contemporánea: con todo lo espléndida que es gran parte de esa prosa, se queda tan atrapada en lo que se denomina «la realidad» que no permite que la imaginación vuele. La mente necesita entrenarse a sí misma en lo absurdo de manera que pueda dar la bienvenida a un mundo que no ha categorizado y clasificado. Porque, esta pequeña cabeza nuestra, entre el perímetro de tus gafas y bajo mi sombrero, nunca jamás podrá asimilar la enormidad que nos rodea. Nunca. Y la literatura debe incluir esos puntos en los que el lector no solo puede pensar, sino imaginar.

- En «La casa de hojas» hay constantes referencias cinematográficas.

- Sí, el cine es muy importante. Pero también trae problemas, porque es tan definitivo en su imaginación… Te da la imagen.

- También te da la respuesta.

- Sí, exactamente, te da la respuesta. Durante años, la gente quiso que vendiera los derechos de «La casa de hojas» para su adaptación al cine y no lo hice. Mi actitud siempre ha sido: si quieres ver la película, lee el libro. Es una satisfacción que todos mis lectores hayan dirigido, básicamente, su propia película.

- ¿Puede el escritor describir la oscuridad del alma humana?

- Sí. Todo lo que hacemos los escritores es trabajar en la oscuridad, porque nuestras letras son oscuras. Pero hay espacio para más cosas y ahí es donde está el lenguaje. La misión de la literatura es explorar la oscuridad entre las estrellas. Por llevar esta metáfora un poco más lejos, es importante recordar que lo que habita en la oscuridad, entre las estrellas, es un planeta que puede albergar vida, ¿no es así?

- Así es.

- La Tierra no es una estrella. Estaría, en realidad, dentro de la oscuridad que rodea las estrellas para que nosotros las veamos. Por lo tanto, curiosamente, la vida existe más en la oscuridad que en la luz. De hecho, donde está la luz, la vida no es posible, no puede durar. Es un horno.

- Es una visión curiosa… No quiero entretenerle más, pero me gustaría saber en qué está trabajando ahora.

- Después de «La casa de hojas» me di cuenta que había escrito algo muy interior, muy centrípeto, todo conducía hacia el centro de esa casa. Por eso escribí después «Only Revolutions», que es una novela centrífuga, te empuja hacia fuera, transforma la música, toma esa especie de épica de sinfonía que cubre doscientos años de historia americana y la transforma en un libro. El libro en el que ahora estoy trabajando transforma, básicamente, las series de televisión en la tradición de «Deadwood», «The Wire», «Battlestar Galactica»... Es una novela en 27 volúmenes.

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