Cultural / arte

José María Sicilia o el estupor en Matadero-Madrid

Día 29/11/2013 - 17.01h
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Se equivocaron los que decidieron introducir a José María Sicilia en Matadero. Pero se equivocó también el creador con el proyecto elegido. «Fukushima» no será un montaje para recordar

José María Sicilia o el estupor en Matadero-Madrid
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Detalle del montaje de «Fukushima», de José María Sicilia, en Matadero-Madrid

¿Qué pinta José María Sicilia en Matadero-Madrid? Nos preguntábamos todos sorprendidos ante el anuncio de su presencia en este centro, cuya programación se ha caracterizado hasta la fecha por atender sin demasiadas concesiones ni incoherencias a un panorama generacional mucho más joven, incluso a menudo emergente, junto a proyectos de artistas con sesgo más experimental y, en cualquier caso, más influyentes a la hora de perfilar la escena estrictamente actual.

Es cierto que José María Sicilia (Madrid, 1954), ocupó un papel destacadísimo en la plástica nacional de los ochenta, pero desde aquellos años su trayectoria se nos ha ido presentando llena de sonoros altibajos. Como las interminables series de pinturas de cera, que durante casi dos décadas repitieron cansinamente una fórmula técnica quizá sorprendente al principio, pero que él se empeñó en agotar hasta la extenuación. Calaveras, siluetas, flores, hojas impresas, grumos de pigmentos… Todo era susceptible de fundirse en aquellas gruesas láminas de parafina teñida donde, siempre exquisito, Sicilia se ahogaba en su propia fórmula.

Sicilia «reloaded»

Sólo en los últimos años su trabajo pareció haber recuperado algo de la tensión inicial, aunque bajo nuevas formulaciones: propuestas inesperadas, piezas con mayor contundencia, a menudo cercanas al «ready-made», que bajo estrategias textuales de más ambición lo alejaban del registro donde siempre se había lucido: el puro y duro refinamiento de las imágenes, por no decir el callejón sin salida de la decoración.

La crítica dio la bienvenida, incluso con entusiasmo, a este Sicilia resucitado, quien extrañaba gratamente a casi todos con semejante cambio de voz, tan radical. Será esto quizá lo que ha llevado a la nueva directora de Matadero-Madrid a programarlo ahora, en la que es su primera exposición como comisaria en el centro, con tristes, tristísimos resultados.

El caso es que en la Nave 16 de Matadero, uno de los espacios más abrumadores con los que se tienen que medir los artistas en la capital se ha montado un tinglado sin pies ni cabeza y paupérrima presencia que no está a la altura de ninguno de los agentes implicados: ni el artista, ni la comisaria, ni el centro cuentan en su haber con una presentación tan lamentable que a quien la visite le va a costar olvidar.

En lo básico se trata de una instalación de grandes banderas estampadas mediante impresión digital, presentadas en doble fila por parejas, creando un ambiente de escenográficos ecos militares. En ellas, Sicilia ha traducido a imágenes los datos obtenidos por distintas mediciones científicas del terremoto y el consecuente «tsunami» de Fukushima de 2011.

Se fue de las manos

El proyecto, que parecía tener posibilidades, se les ha ido de las manos y peca de grandilocuencia. En principio, porque nada permite enlazar el sentido de la propuesta con su formalización: ni el montaje, ni las tesis de base, ni, sobre todo, las imágenes pueden «abrirse» para el visitante a partir de un discurso esclarecedor, sea visual o discursivo. Allí todo se encuentra fuera de escala: la ocurrencia adquiere estatus de gran idea; el capricho se trata con sonrojante seriedad; los tics de la academia moderna mal digeridos, impropios, a todas luces lejanos, se encargan de poner en orden la presentación del batiburrillo; y, lo peor de todo: cuando uno desespera de encontrar algo que salvar y recurre a los textos «explicativos» destacados por las paredes de la sala, o al vídeo didáctico, la cosa se convierte en ridícula, al borde de lo cómico.

Es allí donde la comisaria califica de «extremo» el viaje realizado por el artista a Japón tras el seísmo (qué quedará, pues, para los que lo sufrieron en sus propias carnes), mientras mediante un juego tipográfico intenta explicarnos el asunto de la muestra con nueve palabras mayúsculas: exposición, experiencias, expedición, extremo, expresar, exteriorizar, extrañas, experimentales, extranjero. Resulta todo tan «excolar»… Mis alumnos de Bellas Artes se quejan de que a veces les tratamos como «extúpidos». Y van a tener razón.

José María Sicilia

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