Un momento de los ensayos de «La conquista de México» en el Teatro Real de Madrid
Un momento de los ensayos de «La conquista de México» en el Teatro Real de Madrid - javier del real
MÚSICA

Rihm, ópera y crueldad en el Teatro Real

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«La Conquista de México» de Wolfgang Rihm no empieza en el escenario. Empieza antes, en algún lugar de la sala, entre el público, donde están dispuestas unas cuantas percusiones. Al principio, el sonido de los tambores es apenas perceptible pero luego crece en intensidad: es, en palabras del compositor, la melodía de un paisaje que siente la proximidad de la tempestad. La música –afirma Rihm– empieza antes de haber comenzado. Algo similar sostenía Antonin Artaud. Todo teatro empieza «antes»: antes de la historia y antes del personaje. Empieza en recesos oscuros, donde se agitan fuerzas irracionales y aterradoras, en regiones azotadas por el látigo incontrolable de la violencia y el sinsentido.

En la segunda década del siglo XX, Artaud plasmó en su denominado «Teatro de la crueldad» un concepto de espectáculo que buscaba reventar los cimientos del teatro occidental: un teatro que rechazaba los elementos discursivos, dialógicos y psicológicos a la vez que asignaba un papel central a la fisiología del actor. El objetivo era sumergir al espectador en un ritual escénico cuyos efectos fuesen violentos y liberadores. El teatro, según Artaud, ha de ser como la peste: debe actuar como una infección sobre el público y derruir su falsa compostura.

En su fascinación por las culturas totémicas, Artaud decidió en 1936 marchar a México y ahí entró en contacto con los indios Tarahumara. Semejante experiencia le inspiraría el proyecto escénico de «La conquista de México». El histórico encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortés y sus funestas consecuencias (la Noche Triste y el posterior exterminio de la población indígena) le sirven al dramaturgo francés para visualizar sobre el escenario un despliegue de fuerzas opuestas y complementarias, cuyo único resultado posible es la recíproca aniquilación.

Un canal privilegiado de expresión

Medio siglo más tarde, Rihm toma a Artaud como punto de partida y convierte «La conquista de México» en una ópera. El compositor representa el encuentro/desencuentro entre Cortés y Moctezuma en términos de contraposición entre un principio masculino y otro femenino. El conquistador es interpretado por un barítono, mientras que el soberano azteca, por una soprano. La misma separación afecta a españoles (coro masculino) e indios (coro femenino). También los respectivos estilos vocales son distintos: Cortés se expresa de manera abrupta y agresiva, mientras que Moctezuma se caracteriza por una línea de canto más dulce y continua. De acuerdo con Artaud, también la ópera de Rihm renuncia al poder aglutinador de la palabra y del personaje. En ella no hay que buscar tanto el desarrollo narrativo de los acontecimientos o el retrato psicológico de los protagonistas como la concreción de los materiales sonoros, a los que el compositor infunde un genuino dramatismo.

Estrenada en febrero de 1992, «La conquista de México» es la quinta ópera de un músico que tenía entonces treinta y nueve años. El dato habla no sólo de una

vocación dramática muy precoz

, sino también de una afinidad hacia el género operístico que resulta poco corriente entre los compositores de su generación. Si una parte importante de los músicos pertenecientes a las vanguardias de la posguerra ha mantenido hacia la ópera una actitud de recelo y desdén, considerándola como un género demasiado lastrado por su pasado, Rihm encontró en ella desde muy pronto un

canal privilegiado de expresión

donde verter una emotividad que sabe manejar tanto la convulsión estruendosa como la sutileza. No hay más que escuchar el final de «La conquista de México» donde por sorpresa, en vez de un cierre apocalíptico, el compositor trenza un delicado dúo entre las voces de los protagonistas mientras la orquesta se abisma en el silencio.

La conquista de México