Bryan Adams combina la música con su labor como fotógrafo
Bryan Adams combina la música con su labor como fotógrafo - abc
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Músicos que se han pasado al arte

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Es fácil suponer los nervios de la mamá de turno cuando la niña o el nene, a sus tiernos cinco añitos, lanza la temible declaración de guerra: «Mamá, quiero ser artista». Quizá se lo dijo nuestra Marisol patria a la suya allá por los sesenta, y el resto es Historia (del arte español, desde luego). Pero, ¿se lo diría también a la suya la Marisol americana, aquella pintora pop que justo por esa época exponía en la mítica Leo Castelli y se codeaba con Warhol y Liechtenstein? Y, sobre todo, ¿podemos –o queremos– imaginar a un híbrido de ambas? ¿ A una artista-artistaza que triunfase a la vez en el mundillo de las galerías más glamurosas de Chelsea y en el de la canción ligera?

Queramos o no, parece que no nos queda más remedio que hacerlo, porque cada vez más músicos y cantantes tecno-pop se empeñan también en ser artistas (pop o no). Y la exposición de la pintura de Bob Dylan, que inaugura estos días por todo lo alto en la National Portrait Gallery de Londres, es un recordatorio más. Cuando los posmodernos reclamaban la disolución de la autonomía de las disciplinas, no se imaginaban seguramente que las cosas llegarían tan lejos. Cada época tiene su cruz.

Dj Duchamp

Y es que, la verdad, habría sido muy interesante saber cómo hubieran sonado las «dance sessions» de un dj Duchamp, el «rockabilly» de un Pollock and The Drippings, el tecno minimalista de un Sol LeWitt gafapasta o las baladitas pop de un Warhol cantando a coro con los chicos, las chicas y los hermafroditas de la Factory (bueno, de esto último tenemos una vaga idea). Pero uno no está tan seguro de sentir la absoluta necesidad de enterarse del aspecto que pueden tener los pinitos al óleo, la acuarela y el guache de los Rolling Stones, los Beatles o el mismísimo Marilyn Manson.

Lo que pasa es que muchos de ellos sí que sienten la necesidad imperiosa de expresarse por esas vías vocacionales, aparte de las vocales en las que ya están aburridos de triunfar. Y al final, en la época del Instagram, el Tumblr y el retuiteo, te acabas enterando quieras o no.

Así que como diría Marías, no quisimos saber pero supimos que Ringo Starr alarga desde hace años con mucha infografía su época más LSD, con mucho cuadro con signo de la paz y mucho título a lo Sargent Pepper para darle a la cosa algo de picante. Que Ronnie Wood, de los Rolling, se encarga de retratar a Jagger, Keith Richards y demás compinches en expos que titula con desgarro rocanrolero («Raw Instinct» fue la última). Que Joni Mitchell, la condenada, afirma que «canto mis penas y pinto mis alegrías» y después se despacha con unos cuadros enormes, edulcorados e indigestos en grandes dosis (como sus baladas).

Y que la ubicua y polifacética (y la palabra se queda corta) Patti Smith, no contenta con componer, cantar, liarse con Mapplethorpe, escribir poesía, prosa y memorias y citar a Bolaño y a Lorca en cuanto tiene ocasión, expuso sus dibujos en el Whitney y se ha asegurado también el pasaporte a la posteridad por esa vía colocando obra en las mismísimas colecciones del MoMA.

Y eso son sólo los pesos pesados. De otros más ligeros vemos que pintan como cantan y bailotean, y un extraterrestre sordo de nacimiento podría recomponer los LPs de muchos descifrando su obra gráfica: el pop chicloso de Mika es tan colorido y buenrollista como sus cuadritos pegadizos; los autorretratos salpicados de la propia sangre de Pete Doherty «suenan» tan esforzadamente a chico malo superproducido como sus canciones y su pose; las fotos de línea clara bien acabaditas de Bryan Adams refuerzan su imagen, antítesis de chico bueno y noblote para todos los públicos; y los cristos lúgubres y el mal rollo en ocres y negros de Marilyn Manson... Bueno, pues son exactamente el género que uno imagina cultivando en casa y en bata, los domingos por la tarde, a Marylin Manson: pura pintura gótica.

La aportación patria

En España, por otra parte, tampoco nos quedamos cortos: Alejandro Sanz declara que pinta «casi como terapia» y, modesto, firma sus lienzos con un pseudónimo bien racial y de la tierra: Cái (en Miami tendrá que explicar que eso es lo mismo que Cádiz dicho con desparpajo gaditano). Y el año pasado la Casa de Vacas del Retiro, de gestión municipal y pública, exponía y anunciaba por todo Madrid una exhaustiva retrospectiva póstuma de Carla Duval, que no cantaba pero tenía muchas asociaciones con la música de este país.

Y es que cuando la gente se queja de lo mucho que el mundo del arte se va pareciendo al del showbusiness, no sabe aún la que se le viene encima. No es que los artistas más cotizados se comporten como estrellas pop, es que las estrellas pop andan con ganas de barrerles bajo los pies. Ya se cantaba en su día: «That’s entertainment».