«La infancia de Jesús»: la inquietante vuelta de J. M. Coetzee a la «novela pura»
J. M. Coeetzee. El Premio Nobel, en una imagen de archivo - ABC
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«La infancia de Jesús»: la inquietante vuelta de J. M. Coetzee a la «novela pura»

¿Un evangelio alternativo? ¿Una sátira despiadada? ¿Historia de apocalipsis? Mucho de eso y más hay en «La infancia de Jesús», el nuevo título del Nobel sudafricano J.M. Coetzee

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El que la nueva novela de un Nobel provoque –tanto en el lector general como en el consumado seguidor– sorpresa, desconcierto, inquietud y hasta incomodidad, habla bien de su autor.

Después de un tríptico de autobiografías ficcionalizadas en las que hasta se permite jugar con la propia posteridad (retocadas y reunidas en «Escenas de una vida de provincia»); de experimentos formales como «Diario de un mal año»; y hasta de máscaras transparentes (la de la rabiosa Elizabeth Costello en el libro del mismo título y, como invitada a la que nadie llama ni espera, en «Hombre lento»), «La infancia de Jesús», retorno a la novela «pura» del sudafricano John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), es algo inquietante y sorprendente y desconcertante.

David es Jesucristo o su avatar. O, al menos, alguien que hace cosas perturbadoras Porque –aunque parezca regresar aquí a la pesadilla kafkiana y burocrática de los campos de internamiento de «Vida y época de Michael K.» (1983) o al alzamiento de territorios imaginarios y simbólicos de «Esperando a los bárbaros» (1980)–, «La vida de Jesús» es algo diferente.

Un país sin nombre

Novela de apocalipsis en cámara lenta donde el paisaje es casi protagonista –subgénero que tan buenos resultados ha dado a autores como Ballard, Atwood y McCarthy, por citar unos pocos–, lo que se nos ofrece es una suerte de evangelio alternativo. Un hombre mayor y un chico arriban a un «Centro de Reubicación Novilla», en algún lugar de un país sin nombre. Ambos vienen del desierto, donde aprendieron el idioma español y les fueron concedidos nuevos nombres: Simón y David.

Puede entenderse esta obra como un chiste brillante y sin rematePronto, pero sin apuro, comenzamos a comprender que tal vez, en Novilla (¿en la Tierra de la Novela?), estamos frente a lo que Coetzee entiende por utopía: desconfianza hacia las máquinas, vegetarianismo obligatorio, clases de filosofía todas las noches en un «Instituto», no pagar entrada para los partidos de fútbol porque «es un juego y no se paga por ver un juego», un cierto aire budista en el trato cotidiano flirteando peligrosamente con la ingenuidad New Age. Utopía realizada que está apenas separada por una fina y frágil línea de la entropía en trámite. Un paraíso en el que el casi anciano Simón se une sin pasión a Elena y el joven David comienza a dar muestras de una personalidad serpenteante y conflictiva. Es decir: David es Jesucristo o su avatar. O, al menos, alguien que comienza a hacer cosas perturbadoras como ofrecer la otra mejilla a las bofetadas y decir cosas más perturbadoras aún, como asegurar que puede resucitar a los muertos. También, lee y aprende con «Don Quijote».

Y a partir de entonces, una duda que no se aclara alcanzado el final: ¿creemos en David? ¿Cree Coetzee en David? ¿Es «La infancia de Jesús» prédica sentida de un mundo mejor o una sátira despiadada?

El mundo se cae a pedazos

Algunas vez, preguntado acerca de cuál era el mejor método para entender sus libros, Coetzee contestó: «Prestar atención a las palabras en la página y a la forma de las oraciones». El consejo –que puede sonar a «boutade»– no deja de ser útil: Coetzee es su prosa descarnada, que puede ser entendida como cima excelsa o –como para Martin Amis– «un estilo basado en la nula transmisión de placer y sin ningún talento. Y es que nada otorga más prestigio que los libros tristes y pesimistas».

Encuentro confirmación a mi desconcierto en el de otros críticosAunque Coetzee se sorprenda de que «todos parecen ver nada más que desolación y desesperación en mis libros. Yo no los siento así. Yo me veo a mí mismo como alguien que escribe libros cómicos, libros sobre personas que intentan llevar vidas normales y opacas y felices mientras el mundo entero se cae a pedazos».

Visto así, leída así, puede entenderse que «La infancia de Jesús» es una novela «cómica» de ideas y un chiste brillante y sin remate porque –como se insiste en la Biblia– «nada es revelado».

Redactada esta reseña, busco y encuentro la confirmación a mi desconcierto en el reflejo del mismo desconcierto de críticos de varios países que coinciden en la cita de una frase del libro: «Si se trata de una broma, es una broma muy profunda», advierte y nos advierte el casi a disgusto evangelista Simón.

Pues eso, algo así, más o menos, nada más que exactamente eso.