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La verdad sobre el caso Joël Dicker

Día 05/07/2013 - 18.46h
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«La verdad sobre el caso de Harry Quebert», de Joël Dicker, incluye la relación entre un hombre de treinta y cuatro años y una adolecente de quince. Es un «trhiller» que se desinfla a medida que lo leemos

Marcus Goldman lo tiene todo menos inspiración para escribir su segunda novela. Está en blanco. Bloqueado. Y el tiempo apremia: o entrega el nuevo manuscrito ya o su editor lo llevará a los tribunales. Angustiado, abandona Nueva York y se refugia en Aurora (New Hampshire), en la casa de Harry Quebert, que le dio clase en la universidad y cuyos consejos fueron decisivos para encauzar su carrera literaria. Gracias a «Los orígenes del mal», la obra que lo consagró en 1976, Quebert es «una de las grandes figuras de la ''intelligentsia'' norteamericana». A la sombra de esta gloria nacional, el joven aguarda a las musas. Mientras llegan o no, descubre que, cuando tenía treinta y cuatro años, el profesor mantuvo una relación con una chica de quince, Nola Kellergan. El 30 de agosto de 1975 fue vista huyendo por el bosque. Un hombre la perseguía. Desde entonces, ni rastro de ella.

Hasta ahora. Porque dos páginas después de que Marcus averigüe el secreto, la policía desentierra unos restos humanos en el jardín de Quebert. ¿Adivinan de quién son? Junto a ellos aparece el manuscrito de «Los orígenes del mal». Quebert se enfrenta a la inyección letal. Pero ahí está Marcus para investigar por su cuenta y demostrar la inocencia de su mentor, escribiendo, de paso, su segunda novela: «El caso Harry Quebert».

Mezclando tres épocas distintas –1975, cuando Quebert y Nola se enamoran y, antes de huir juntos, ella desaparece; 1998, cuando nace la amistad entre Marcus y el profesor; y 2008, cuando encuentran el cadáver de la chica–, Joël Dicker pone en pie una trama criminal avalada por numerosos premios y ventas millonarias. A pesar de que son demasiados los detalles que chirrían.

Relación clandestina

Chirrían, y mucho, los personajes. Empezando por Nola, una adolescente pesadísima a la que no me hubiera importado estrangular con mis propias manos. O el mustio y lánguido Quebert, que no para de garabatear por los rincones «Mi Nola, mi querida Nola, mi amada Nola. N-O-L-A, N-O-L-A, N-O-L-A», como si fuera Nabokov en los compases iniciales de «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta».

Por si fuera poco, el autor comete la torpeza de introducirnos en «Los orígenes del mal», novela que refleja una relación clandestina en la que a los protagonistas no les queda más remedio que recurrir a las cartas. Pero las que Dicker nos da a leer son tan bobas que uno se pregunta: ¿en esto consiste «Los orígenes del mal», la obra maestra que situó a Harry Quebert a la altura de Saul Bellow y Arthur Miller? Pues vaya.

Y luego están los diálogos. Atención a este, uno de tantos: «–Mamá, no he escrito una sola línea. Si me dejases solo... –¿Por qué solo? ¿Te duele la barriga? ¿Tienes que tirarte un pedo? Puedes tirártelo delante de mí, cariño. Soy tu madre».

La verdad, cuesta creer que Marc Fumaroli, miembro de la Academia Francesa y reputado historiador y ensayista, haya dicho que esta novela es un chorro de «adrenalina literaria». Y que Bernard Pivot, de la Academia Goncourt, la haya ensalzado poniéndola por las nubes.

A ver si se han confundido de libro...

La verdad sobre el caso Harry Quebert

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