ARTE

La bienal de Massimiliano Gioni

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El más joven de los comisarios dela bienal más vieja del mundoha tomado una decisión de carácter intempestivo: apelar a la memoria en un mundo presidido por la amnesia y arrojado a una depresión abismal. Tras la desarticulada –por no decir insustancial– propuesta de Bice Curriger en 2011; con el pálido recuerdo de lo que fueron los «modos de hacer mundos» de Birbaum en 2009 y la actitud académicamente museística de Robert Storr seis años atrás, Massimiliano Gioni ha demostrado que es posible superar la tendencia a acumular cosas sin criterio y que la práctica curatorial tiene que estar sostenida en propuestas conceptuales no necesariamente herméticas.

Recupera a Marino Auriti, un artista autodidacta que en 1955 propuso construir un «museo imaginario» que albergara todo el saber de la humanidad. Así la noción de «Palacio enciclopédico» permite a Gioni contemplar el arte con amplias perspectivas, superando límites históricos, siendo capaz de retomar la memoria sin caer en lo conmemorativo. Gioni declara que la intención de la bienal es capturar al mundo cada dos años, pero el mundo es rebelde; lo que le interesa es lo excepcional, lo que califica como «archivos vagabundos», que, en cierto sentido, son citas de importante densidad cultural.

Narcisismo, cinismo, estupidez

Así podemos encontrarnos con dibujos de Rudolf Steiner, el manuscrito de «El libro rojo» de Carl Jung, colecciones de piedras de Roger Caillois o una película de Ed Atkins en torno al «coleccionismo» de Breton. Con todo, no hay aquí una erudición prepotente, sino una voluntad de superar clichés como el de la casposa frontera entre alta y baja cultura (la descomposición corporal de Pawel Althamer fricciona con las ilustraciones que Roger Crumb hizo del «Génesis») o ir más allá de la normalidad presentando «outsiders» del arte (desde el japonés Shinichi Sawada, autista, a Arthur Bispo, que pasó más de cinco décadas recluido en un manicomio).

Tenemos un nuevo capítulo del martirio de Ai Weiwei en versión escultóricaLa bienal, a pesar de los pesares, no termina de terminar, «goza de muy buena salud» y, aunque se hunda como propone Alfredo Jaar (pabellón chileno), cada poco se produce su reemergencia. En algunos de los pabellones nacionales encuentro claves «indignadas», como las de Jeremy Deller (Gran Bretaña), que imagina disturbios políticos contra los paraísos fiscales que ocurrirán en el 2017. Stuart Sam Hughes pinta a William Morris destrozando el yate de Abramovich. En el pabellón ruso, en una materialización obtusa de la lluvia dorada de Dánae, cae dinero sobre las mujeres, provistas de paraguas, al tiempo que se reclama la inmediata confesión del narcisismo, el cinismo, la especulación o la estupidez, entre otros síntomas de nuestra época.

Tenemos un nuevo capítulo del martirio de Ai Weiwei en versión escultórica (con «testimonios» sórdidos de cómo se ve obligado a cagar ante la vigilante mirada de dos policías), que podría contraponerse a las 378 casitas en miniatura, realizadas con cajas de cerillas por Peter Fritz durante años y ahora rescatadas por los austriacos Crog y Elser.

Brújula obsesiva norteamericana

Sarah Sze despliega un minucioso bricolaje de toda clase de elementos en el Pabellón de EE.UU., transformando las bagatelas y los detritus en formas tan invasivas cuanto carentes de sentido y, casi enfrente, Lara Almarcegui, en los «dominios» españoles, ha realizado un ejercicio de manierismo (pretendidamente «deconstructor») que ni siquiera tiene consistencia como provocación.

Hay voluntad de superar clichés como el de la frontera entre alta y baja cultura La «voluntad enciclopédica» de Gioni mantiene una brújula obsesiva norteamericana (la tercera parte de su selección) mientras los asiáticos, africanos o latinos brillan por su ausencia o tiene presencia episódica en forma de banderas de vudú haitianas o piezas históricas de Xul Solar. Si se toma la «molestia» de visitar el resto de la bienal habrá comprobado ya que el talento no escasea entre los latinoamericanos, como demuestran la costarricense Priscilla Monge, la argentina Nicola Constantino (reencarnado a Evita Perón), las obras seleccionadas por Luis Pérez-Oramas en el pabellón de Brasil o la participación de Quinta Pata o Juliana Stein en el Instituto Latinoamericano en el Arsenale.

«Viajar –decía Cervantes– hace a los hombres discretos», y la impresión que da la corte bienalística es que, aunque se mueve mucho, es mentalmente inercial y sedentaria. Por lo menos, podemos pasar del «palacio encantado» y memorioso de Gioni a eventos «colaterales» de todo tipo: la hermosa muestra de Tàpies en el Palazzo Fortuny; Motherwell en la Fundación Peggy Guggenheim; Roy Lichtenstein en la Vedova; Anthony Caro en el Museo Correr o Marc Quinn en la Cini. Mientras en la Punta de la Aduana se revisa la colección Pinault, en la Fundación Prada, Germano Celant reconstruye la mítica exposición Cuando las actitudes se convierten en formas, comisariada por Harald Szeemann en 1969 en Berna.