Sergi Doria retrata a Ignacio Agustí (en la imagen) como un hombre abatido
Sergi Doria retrata a Ignacio Agustí (en la imagen) como un hombre abatido
LIBROS

Sergi Doria rescata a Agustí en «Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza»

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Una persistente tradición en el análisis cultural viene centrando la literatura española en unos pocos autores y obras (siempre los mismos y los mismos géneros) sobre los que se ha construido el relato de la creación literaria contemporánea. Un relato de mágica coherencia caracterizadora, pero tan irreal como injusto. De modo que nunca veremos en él, y sobre todo tratados como merecen, a los escritores que verdaderamente arrasaban en su tiempo (Ignacio Agustí, Francisco Candel, Luis Martín Vigil o Carmen Kurtz, por citar algunos nombres sin los cuales la cultura de la posguerra española no puede explicarse). Autores de buenos libros capaces de conectar con un gran público, ávido siempre de proximidad y realismo. Autores que quedaron excluidos, como tantos otros, de los sucesivos ajustes promovidos por una comodona historiografía literaria que tiene por costumbre sortear los problemas por la vía de negar su legitimidad.

Es el caso del primero de ellos, el escritor catalán Ignacio Agustí (1913-1974), creador de dos personajes, Mariona Rebull y el viudo Rius, que han permanecido milagrosamente vivos en el imaginario catalán por espacio de décadas. Se han sostenido a sí mismos, como el huevo se puede sostener sobre un chorro de agua, porque el interés por Agustí ha sido nulo. Y si el recuerdo de su nombre ha malvivido se debe a su importante papel en los comienzos de la revista «Destino». Pero escribir de «Destino» en Cataluña es como meterse en un avispero: tal vez esta publicación sea el icono más rotundo e incontestable del arraigo y dinamismo de la cultura en lengua castellana en Cataluña.

¿Es posible encajar este hecho en el excluyente e invasivo relato que viene haciendo de la propia Historia el catalanismo cultural? Por supuesto que no, pero lo cierto es que ni las políticas de inmersión lingüística, ni el rechazo frontal de un sector de la población, han conseguido extirparlo. De modo que la cultura catalana en castellano sigue dejando oír su voz, a pesar de todo, aunque compruebe con disgusto que la tolerancia es un bien muy escaso entre nosotros. Lo fue antes y lo es ahora.

Posición vulnerable

Si a estos problemas añadimos el hecho de que Agustí fue una persona liberal, ciertamente conservadora, y con el miedo a «pendre mal» (la expresión, en el sentido que aquí le doy, es de Josep Pla) que caracterizó a su generación y determinó su ambigua relación con el franquismo, su posición no puede ser más vulnerable a la hora de los rescates. Pero ahí está Sergi Doria trabajando en favor de su memoria: lo hizo editando primero su obra narrativa (Fundación José Antonio de Castro, 2008) y ahora, reconstruyendo su trayectoria vital en «Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza», título que juega con la pentalogía novelística del escritor, «La ceniza fue árbol» (1944-1972).

Doria se apoya en dos fuentes primarias: las memorias del propio Agustí, «Ganas de hablar», y su archivo personal, conservado en la Biblioteca de Catalunya. Es evidente cómo la consulta de ese archivo enriquece la segunda parte del libro de Doria, permitiéndole una mayor profundidad en la difícil comprensión del temperamento introvertido y autodestructivo del personaje.

Doria encadena magníficamente los hechos de la vida de Agustí y los contextualiza en sucesivas batallas públicas y privadas (las campañas de la revista «Mirador» contra su persona, que le conducen a romper con el catalanismo en 1935; el alcoholismo; el enfrentamiento con Josep Vergés; sus desaciertos económicos o el desdichado artículo del novelista, en 1966, contra los sacerdotes que se mostraban rebeldes al Régimen). El resultado es desolador, pues conduciría a Agustí a un estado de ánimo abatido («he sido maltratado por toda clase de hombres y mujeres»): la llamada «experiencia» se reducía, para él, al trato forzoso con el cariz más ácido de la vida, salvo algún leve y pasajero calorcillo. Y, sin embargo, fue un escritor excepcionalmente dotado para la literatura, sin sombra de retórica, pura narración de un tiempo ido y una ciudad que sigue en pie, Barcelona. Sergi Doria lo ha devuelto al mundo.

Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza