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Un recorrido por la literatura fantástica española

Día 07/05/2013 - 18.25h
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¿Quién es quién en la literatura fantástica que hoy se escribe en español? Andrés Ibáñez nos lo descubre en este amplio recorrido por los orígenes del género y sus diversas «escuelas»

La literatura española tiene una historia llena de lagunas. Quizá una de las razones sea ese supuesto carácter «realista» que señaló, ay, Menéndez Pidal. Esa oposición y sospecha continua contra la imaginación, que tiene raíces eclesiásticas mucho más antiguas que cualquier supuesta condena ilustrada, ha tenido el efecto de asfixiar nuestra literatura, que, con una pobre tradición novelesca y un inexistente romanticismo, nunca pudo alcanzar de verdad la modernidad. Parece, pues, que rechazar la imaginación no ha servido para producir una literatura española «realista», sino simplemente para desecar la literatura española. Parece, pues, que el rechazo de la imaginación no es una tendencia estética, sino el rechazo de la estética.

La gran eclosión que ha tenido la literatura de imaginación en España desde los años noventa es sin duda un signo de salud y también un síntoma de la realidad de ese proceso de «normalización» que nuestro país viene experimentando, y que deseamos fervientemente que no desaparezca como un sueño. Los antecedentes son obvios y bien conocidos: «La saga/fuga de J. B.», de Torrente Ballester, la gran explosión imaginativa de la literatura hispanoamericana desde Borges en adelante, ejemplos tan constantes, nobles y magistrales como el de José María Merino, y muchos otros casos que siempre parecen excepcionales: los últimos relatos de Cristina Fernández Cubas o el genial «Ígur Neblí» de Miquel de Palol, ese Gene Wolfe español, ya que no en español.

Pero la explosión a que nos referimos va más allá del realismo mágico o del consabido realismo «con elementos fantásticos», que permite que un relato con un, digamos, 15 por ciento de magia sea ya considerado «mágico», como si la fantasía fuera una bacteria que infecta. Tiene que ver sobre todo con el «boom» de la literatura fantástica anglosajona a partir de los años 60 y con la publicación, y especialmente la reedición en 1966, de «El señor de los anillos», de Tolkien, y la consiguiente aparición del género de la «fantasía heroica» o de «espada y brujería», muchas veces mezclada con el desarrollo también imparable de la ciencia ficción, que se adentra en el terreno de la literatura «seria» o «artística» y produce las obras monumentales e inclasificables de Pynchon, Gene Wolfe, John Crowley, Ursula K. Le Guin o, más recientemente, David Mitchell («El atlas de las nubes»), un autor, por cierto, que resulta impensable en España: es fantástico, es un genio del lenguaje y es un éxito de ventas.

Declaradamente comerciales

Es en los años noventa cuando se da a conocer, por ejemplo, Javier Negrete, un autor de formación clásica dueño de una poderosísima imaginación y capaz de relatos llenos de repliegues y sutilezas que son reflexiones sobre la Historia, la religión, la cultura y la condición humana. «La espada de fuego» es quizá su obra más conocida, y también el inicio de la saga de Tramórea, que sigue creciendo. Surgen también, o se consagran, Pilar Pedraza, esa especie de Angela Carter española; José Carlos Somoza, siempre original y potente; Elia Barceló, autora con ecos de Ursula K. Le Guin; Rafael Marín, primer gran nombre de la ciencia ficción en España, o Eduardo Vaquerizo, que ha cultivado la ciencia ficción, la fantasía y la fantasía histórica en «Danza de tinieblas».

Pero el fenómeno aparecido en los felices noventa no declina con el nuevo siglo, sino que, por el contrario, entra en su fase de supernova. Los escritores de terror, por ejemplo, se unen en el grupo NOCTE, al que pertenecen autores ya de culto como David Jasso, con obras como Abismos; Ismael Martínez Biurrun («Rojo alma, negro sombra») o Emilio Bueso («Diástole»), mientras que los adictos a la literatura de zombis se agrupan en torno a la «Línea Z» de Dolmen Editorial, donde podemos leer por ejemplo la desternillante «Quijote Z», de Házael G., cuyo caballero de la triste figura se propone limpiar España no de gigantes y caballeros felones, sino de zombis.

Muchas de estas obras tienen una marcada vena realista, costumbrista o incluso descarnadamente naturalista. Es el caso de «Fin», de David Monteagudo, cuyos personajes comedores de salchichón están, realmente, muy lejos de los elfos. Muchas son declaradamente comerciales, como las obras de Carlos Ruiz Zafón, Javier Sierra, Rafael Ábalos o Félix J. Palma, recientemente consagrado con «El mapa del tiempo». Muchos títulos están escritos por autores a veces muy jóvenes y cuyo conocimiento de la literatura parece somero. Son libros escritos con mucho diálogo, muchos signos de exclamación, muchos puntos suspensivos y muchos puntos y aparte. Cualquier lector con experiencia los reconocerá al instante.

La creación de realidad

Quizá por el éxito de los libros de Laura Gallego, sobre todo su serie de Idhún, muchos de estos nombres se han consagrado a la literatura juvenil, pero hemos de tener en cuenta que escritores como David Lozano (autor de las novelas de «La puerta oscura») defienden que sus lectores son jóvenes «de quince a treinta años». Lo cual nos sitúa en el fenómeno del «crossover», libros que pueden ser leídos por igual por adolescentes y por adultos, y cuya definición genérica suele decidirla el estilo de la portada: guerreras en relieve, juvenil; foto en blanco y negro, adultos.

En este género encontramos todo tipo de cosas, desde obras muy interesantes a productos fabricados y empaquetados en serie. Largas sagas, como «La hora del diablo», de Antonio Martín Morales, o «El ejército negro», de Santiago García Clariac, que mezcla el presente con la Edad Media, y obras tan admirables como «La guerra de las brujas», de Maite Carranza, novela de brujería en la tradición céltica, que sería todavía mejor si no intentara con tanta tenacidad congraciarse con el lector adolescente.

Pero la obra maestra en este campo es una novela de reciente aparición: «Loba», de la mexicana Verónica Murguía, ganadora del Premio Gran Angular de literatura juvenil. No es un libro específicamente juvenil, sino sobre todo, y en primer lugar, una de las mejores novelas escritas en español en los últimos años. Su portada de dragones y unicornios será un obstáculo para el lector con prejuicios que no baja de Rilke y de Yeats, pero lo cierto es que este libro sólo admite comparaciones con obras tan intensas como los cuentos de «La rosa secreta», de Yeats, o las finezas de la prosa del «Canto de amor y muerte» del corneta Cristóbal Rilke. Estremece pensar que esta mujer del nuevo mundo apenas ha pisado Europa. Realidad no conozco más que la realidad de estar vivo en un libro cuyas palabras no puedo escuchar sin escalofrío. No hay otra magia en la literatura que la creación de realidad.

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