El «best seller»: la dictadura de un solo libro
La norteamericana Donna Leon, una de las reinas absolutas del «best seller» fuera de nuestras fronteras
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El «best seller»: la dictadura de un solo libro

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Invierno. Metro de Madrid. Línea 1: Pinar de Chamartín-Valdecarros. Subo en Tirso de Molina. Mi destino es Iglesia. Es de mañana, aunque pasado ya el ajetreo de la hora punta. El vagón huele a humanidad, pero hay asientos libres. El perfil del usuario es heterogéneo (estudiantes rezagados, amas de casa con carritos de la compra, turistas de distintas nacionalidades, algunas tipologías más ambiguas), si bien no abundan los maletines de negocios ni las barbillas recién rasuradas. Se respira un ambiente tranquilo.

Echo un vistazo más atento a los viajeros. Más concretamente a sus manos. Por vicio, que no por virtud, y de igual modo que al entrar en una casa ajena lo primero que busco es la biblioteca de quien vive en ella, cuando tomo un medio de transporte observo qué lee la gente. Esa mañana de invierno, en mi vagón, hay cinco lectores. Uno, excéntrico, se aplica al disfrute de «Expiación», de Ian McEwan; los otros cuatro, disciplinados con los tiempos que corren, gregarios quizá sin sentirlo, llevan en sus manos uno de los dos primeros tomos de la trilogía «Millennium», de Stieg Larsson: «Los hombres que no amaban a las mujeres» y/o «La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina».

Idéntico corte de pelo

Hago un rápido cálculo y una evaluación estadística, no sé si legítima. Si en el metro de Madrid hay mil vagones y en cada vagón cinco lectores, y si mi vagón es una muestra representativa del conjunto, hay cuatro mil personas leyendo a Stieg Larsson en este preciso minuto y otras mil personas leyendo a otros tantos escritores. Así pues, mil escritores contra uno. Pero qué uno. La perspectiva me abruma. Y recuerdo, como si fuera ahora mismo, la imagen que me viene a la cabeza: los desfiles militares de la China comunista, con una multitud de oficiantes vestidos del mismo modo, luciendo idéntico corte de pelo y marcando el paso de la oca: una dictadura del gesto, de la lógica y hasta de la sonrisa. Me estremezco.

El «best seller» detiene la rueda de la literatura en sí mismo No lo hago porque me considere un guardián de las esencias de la literatura o porque sueñe con vagones de metro llenos de lectores de Thomas Bernhard y Rafael Chirbes, sino porque pienso que allá fuera, en las mesas de novedades de los cientos de librerías que existen, hay miles y miles de títulos ignorados, a cuyo lado cuatro de cada cinco lectores pasan como junto a fantasmas. Y siento que esa es una pérdida lamentable. En un artículo de homenaje a John Cheever, Ray Loriga expresó semejante paradoja mediante una fórmula impecable: es mucho más complejo vender un único ejemplar de un millón de títulos distintos, que vender un millón de ejemplares de un único título. Sospecho que ahí radica la condena del «best seller».

Los tiempos, por si no fueran ya de por sí bastante perversos, se obstinan a veces en pintar las cosas aún más negras. Al fin y al cabo, Larsson, que probablemente nunca ocupe más espacio que una nota a pie de página en las historias de la literatura, no ofende. Digamos que es un autor correcto, que se consume sin torcer el gesto. ¿Pero qué decir cuando son libros como «Cincuenta sombras de Grey» o sus nefandos sosias los que alumbran el desfile de chinos? El fenómeno es aquí ya otro: la dictadura del entretenimiento se ha convertido en dictadura del mal gusto. O, lo que es peor, en dictadura de la estupidez. Otras palabras ocupan entonces mi cabeza, cierta consideración del nunca aséptico Unamuno, según la cual leer un solo libro es mucho más peligroso que no leer ninguno.

Un empeño grosero

El triunfo del «best seller» enmascara un fenómeno cultural preocupante: el plausible acceso a una reserva enorme de títulos no se corresponde con el acceso objetivo a un mejor y más rico conocimiento de la literatura existente. La posibilidad del conocimiento no redunda en conocimiento real.

Ahí radica el corazón del conflicto: pudiendo leerlo casi todo, inmensas masas de lectores quedan presos de la lectura de unos poquísimos títulos. Vivimos una época de plétora editorial, en la cual es factible leer a escritores islandeses, sudafricanos, canadienses y japoneses, que ocupan los puntos más alejados del planeta y son dueños de las sensibilidades más diversas. Los frutos de la cultura a nuestro alcance son casi inagotables. ¿Por qué, entonces, ese empeño grosero en desperdiciar semejante capital para recluirse, nueve de cada diez veces, en un gusto dictado por la más necia banalidad?

Según Unamuno, leer un solo libro es más peligroso que no leer ningunoSe me objetará (y es una objeción seria) que existe una soberanía del lector, que es dueño de su tiempo, de su dinero y de su opinión, y que prefiere leer conspiraciones vaticanas antes que «El ruido y la furia». La fuerza del argumento no me consuela de la realidad que oculta: el problema del «best seller» no radica tanto en el libro que se lee, cuanto en el resto de libros que esa lectura entierra. Porque, si mi intuición es cierta, el «best seller» detiene la rueda de la literatura en sí mismo o, en su defecto, en sus hermanos de leche.

El lector de «best seller» asocia la literatura con la evasión o el ocio, convirtiendo el resto del bosque literario en «terra incognita»: por oscura, por inquietante o, como suelen argüir tantos lectores de bombazos editoriales, por «difícil». Es complejo, en ese sentido, convencer a un lector de E. L. Jones de que sus excursiones sicalípticas resultan tan patéticas como mal escritas, y que allá fuera esperan las novelas subidas de tono de Elfriede Jelinek o de Philip Roth. Ese salto, casi siempre, le está vedado al lector de «lo que se lleva».

Queda en todo caso el consuelo, no exento de misterio, de que, en cierta ocasión, y dado que los caminos del libro, como los de la Providencia, son inescrutables, a este convencido pesimista le asaltara en otro vagón de metro la maravillosa imagen de dos lectores que, codo con codo e ignorantes el uno del otro, iban devorando, ensimismados en su mundo propio, «Vida y destino», de Vasili Grossman.

Era de justicia contarlo.