Mitsuo Miura convierte el Palacio de Cristal en un bosque de columnas imaginarias
Detalle de la pieza «Memorias imaginadas» de Mitsuo Miura en el Palacio de Cristal - abc
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Mitsuo Miura convierte el Palacio de Cristal en un bosque de columnas imaginarias

«Memorias imaginadas» es el título del proyecto que introduce al artista Mitsuo Miura en el Palacio de Cristal. El creador, de origen japonés, transforma este espacio en un bosque de recuerdos

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Tengo que confesar mi aprecio de siempre por la obra extremadamente sutil, y a la vez rotunda, de Mitsuo Miura. Este querido artista, nacido en Japón pero en España desde 1966, ha sabido desplegar a lo largo de su trayectoria una serie de plasmaciones sobre el significado de la visión. Utilizando los más diversos soportes, sus obras articulan un diálogo entre la naturaleza y los ámbitos y objetos producidos por los seres humanos y la experiencia interior. De este modo, la imaginación y la memoria son en realidad los verdaderos soportes de su trabajo, los que convierten las formas geométricas y las reverberaciones del color en signos del inevitable paso del tiempo, de la vida que fluye.

Mentalmente lleno

«Memorias imaginadas» es el título que ha elegido para su instalación en el Palacio de Cristal, una de las mejores intervenciones que recuerdo en un contenedor especialmente difícil por sus características arquitectónicas y el entorno exterior del Retiro. Miura ha dispuesto un conjunto de discos de madera prensada, pintados de colores suaves, desvaídos, sobre el suelo y, sobre ellos, en distintos planos elevados, en una prolongación en vertical, otros idénticos suspendidos desde el techo. El espacio que los separa es materialmente vacío, pero mental y espiritualmente pleno de recuerdos y experiencias, los que, dice el propio Miura, ha ido acumulando en su relación con el Palacio de Cristal a lo largo del tiempo.

En lugar de la monumentalidad, la acotación, o el cierre del ámbito arquitectónico del Palacio, lo que Miura ha buscado es convertirlo en un ámbito abierto de visión. Algo que se subraya con el otro componente de su intervención: una serie de franjas rectangulares de color azul pálido situadas en el zócalo del edificio, con las que se busca establecer una comunicación entre dentro y fuera. Los muros de cristal del Palacio permiten establecer una conversación entre las columnas inmateriales formadas por los discos en el interior y los árboles y espacios ajardinados del exterior. Las variaciones de la luz natural actúan produciendo modificaciones en los colores de los discos y sombras, lo que da un carácter dinámico, de vida y movimiento, a todas las piezas, que parecen moverse y deslizarse en el interior siguiendo el ritmo de una música silenciosa.

Con total naturalidad

Mitsuo Miura ha levantado en el Palacio de Cristal un bosque de columnas invisibles, bosque interior con el que persigue que cada uno de nosotros recupere cosas olvidadas en distintas circunstancias y ocasiones. Eso significa para él construir, dar forma a una propuesta artística. Las formas geométricas, los colores, actúan como espirales de los surcos de la memoria. La tonalidad suave, desvaída, responde a la vez a ese anclaje de acontecimientos que ya pasaron y a un giro de humor, de ironía, en la comparación entre lo que fue y lo que es.

Cuando visité el Palacio en compañía del artista estaba lleno de personas: familias, niños, que caminaban a través de las columnas invisibles y que, en algún caso, tendían a sentarse en los discos del suelo, lo que producía no poca inquietud entre las personas encargadas de la seguridad. Pero en ello me pareció advertir uno de los aspectos de mayor interés de esta ejemplar propuesta. Sus piezas son asumidas con naturalidad, como un ámbito de interacción. En su conjunto, la instalación de Miura crea un ámbito introspectivo y abierto, un espacio de relajación y meditación. Ojalá el arte pudiera, y supiera, establecer siempre un grado tan alto de cercanía con los públicos. Porque es a ellos a quienes va dirigido.