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La obra perdida de Perec

Día 05/03/2013 - 12.44h
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«El Condotiero» es la primera novela de Perec. La escribió mientras hacía el servicio militar. Rechazado por las editoriales, el manuscrito se traspapeló y su pista se esfumó. Hasta hoy

La obra perdida de Perec
A Georges Perec (cuyas manos muestra la imagen) el triunfo le llegó con su debut, «Las cosas» (1965)

Hay escritores que se apagan para siempre, como estrellas o meteoritos fugaces, y otros que, en cambio, una vez desaparecidos, son infatigablemente buscados y rastreados por ejércitos de fans y exégetas. Sus huellas se convierten en algo precioso, lo mismo que la búsqueda ansiosa por encontrar alguna línea o libro traspapelado. Algo que ya auguró para sus propias obras perdidas y no publicadas en vida el gran escritor francés Georges Perec (París, 1938-1982), miembro activo del movimiento de vanguardia Oulipo, infatigable y exhaustivo catalogador de la vida cotidiana y de lo «infraordinario» y autor de obras fetiche de nuestra modernidad como «La vida instrucciones de uso» (Premio Médicis 1978), «La desaparición», «Je me souviens» («Me acuerdo») o «Especies de espacios».

Entre 1957 y 1960, mientras hacía el servicio militar en Pau, y antes de debutar con un éxito absoluto y rotundo, «Las cosas», novela por la que le sería concedido el Premio Renaudot, Perec había escrito otra anterior, «El Condotiero», rechazada sucesivamente por dos importantes editoriales, Seuil y Gallimard. La obra se extravió en un traslado y durante años se ignoró su paradero. Diez años después de su muerte, su biógrafo, David Bellos, encontró una copia en casa de un amigo del autor.

Opresivo puzle psicológico

Visionario, el mismo Perec lo había anunciado de forma sorprendente cincuenta años antes en una carta a una de sus amistades: «En cuanto al ''Condotiero'', mierda para el que lo lea. Lo dejo donde está, por el momento al menos. Lo retomaré dentro de diez años, [cuando] engendrará una obra de arte, o bien esperaré en mi tumba a que un exégeta fiel lo encuentre en un viejo baúl que te haya pertenecido y lo publique».

En 2012, con motivo del treinta aniversario de su desaparición, la novela «El Condotiero» fue publicada en la misma editorial, Seuil, que un día la rechazó. Un rechazo, todo hay que decirlo, hoy incomprensible, ya que es una pieza rara, nada común y por muchas razones fascinante. Un discurso o monólogo obsesivo y claustrofóbico, con el fondo tan sólo aparente de un enigma policiaco. Un crimen metafísico, abúlico, maquinal, de aire existencialista, sin noción alguna de culpa o pesar, que se convierte progresivamente en un opresivo puzle psicológico ambientado en el submundo de una banda de falsificadores de arte.

Desde la primera página no hay misterio ninguno: el narrador y asesino, Gaspard Winckler (nombre luego repetido en varias obras de Perec), ejecutor de magistrales copias de clásicos del Renacimiento, impresionistas y otros muchos, aparece arrastrando un cadáver, el de su jefe y «carcelero», Anatole Madera, al que culpa de haberle recluido y privado de una vida propia.

La libertad y su reverso

Huérfano de judíos muertos durante la Segunda Guerra Mundial, los temas que más tarde aparecerían, una y otra vez, en la obra de Perec se suceden en la maraña atormentada de la mente de Winckler: la impostura y la falsedad, la desaparición y la ausencia, el original y la copia, la «no historia» y la imposible identidad, la libertad y su reverso.

Cuando a Gaspard se le pregunta por la razón de su crimen, responde que no había ninguna en especial, pero que no tenía escapatoria. Como mucho, confiesa, estaría la venganza; sólo podía vivir uno de los dos: su explotador, que lo mantenía recluido en un sótano, trabajando de sol a sol, o él mismo. Perdió toda su juventud, ya que fue reclutado por la banda a los 17 años, durante la guerra, y ahora siente que ha tirado doce años de su vida en una seudoexistencia fantasmal, que se nutre esencialmente de «muertos». De pintores que desde hace siglos no se pueden defender de ladrones como él, Gaspard, incapaz de competir con ellos, abocado a ser sólo un falsario. Como con este «Condotiero» expuesto en el Louvre, pintado en 1475 por el siciliano Antonello de Messina, del que Winckler aspira a llevar a cabo una copia perfecta.

En esta obra primeriza de Perec está ya todo el debate del arte de su tiempo. La lucha entre originalidad y tradición, entre «el dominio del mundo» de los antiguos y la «fragmentariedad» contemporánea, entre «la permanencia inalterable y la certidumbre sin ambigüedades». Como dice Winckler: «Nos repetimos. Hasta el infinito: sin esperanza de ser algún día otra cosa que un perfecto repetidor».

El Condotiero

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