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Los terrenos vagos de Lara Almarcegui

Día 22/01/2013 - 17.55h
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Lara Almarcegui representará a España en la próxima Bienal de Venecia, que abre sus puertas en junio. El MUSAC inaugura su último gran proyecto antes de esa cita

Quien pasea por los descampados de Lara Almarcegui roza con los pies una especie de grado cero de las «flâneries» y las derivas con que arrancó el siglo XX. Quizá son su conclusión lógica para el XXI, y, sin mucho esfuerzo, uno se imagina a Robert Walser recorriéndolos, un autor que hacia el final de su vida sustituyó la escritura y la página en blanco por el trazado de huellas y senderos en la nieve. Decía Walser: «Siento un amor encarnizado por todos los fenómenos y las cosas. Aunque puedo componer una figura despreocupada, soy altamente serio y concienzudo; y aunque no parezco ser más que delicado y soñador, soy un técnico solidísimo».

Solo que en el caso de Lara Almarcegui se invierten los términos de la comparación: lleva tiempo camuflándose como una «técnica solidísima», seria y concienzuda. Pero uno lleva años pensando que por debajo hay también un trabajo «delicado y soñador». O, por lo menos, y perdón por el lirismo, mucho más abierto de lo que parece a las narraciones personales y las historias minúsculas, a los ecos casi borrados en el tiempo y la memoria, a la hipersensibilidad para el aura de los sitios. También ha mostrado desde el principio ese interés omnívoro por los lugares (y los solares) que quedan fuera de foco, los edificios olvidados, las casas que serán demolidas sin que nadie parezca sentirlo mucho: los ha recorrido, documentado, catalogado, mostrado en guías que animan a paseos walserianos.

Esos «terrains vagues»

El interés de su obra ha consistido en ofrecer las dos caras fundidas en una sola, con un rigor formal que supura una evidente crítica política y social. Tan evidente que a veces corremos el riesgo de no verla: por supuesto que su trabajo obliga a preguntarse por el rumbo y las prioridades del urbanismo y la vida en comunidad contemporáneas, sobre el espacio que dejan al debate y la reflexión, sobre los modos en que el individuo puede afrontar y unir fuerzas frente a quienes pretenden modelar su entorno cotidiano y sacar provecho a su costa. No faltan en España, desde luego.

Pero la carga política es a lo mejor más profunda, y de nuevo, quizá, de aires walserianos. Almarcegui entronca con esa genealogía a la que pertenecía también Walser: comparte esa defensa de la ineficiencia, del terreno en barbecho, del solar sin uso, de los actos sin utilidad práctica o visible. Esa es, desde que empezó el siglo XX, la corriente más subversiva del arte moderno, y, desde luego, la del arte que nos es más necesario a nosotros, en nuestras sociedades ultratecnificadas, ultratipificadas, obsesionadas por la «optimización» (palabreja tan horrenda como hortera), atacadas por el hórror vacui mental, físico y social que no deja sitio a los «terrenos vagos»: esos «terrains vagues» que suponen un símbolo y un acto de resistencia por su mero existir en el corazón de las ciudades y su negarse a «ser» nada concreto, su repelencia a promotores y paco-poceros de pacotilla, su recuerdo de lo que fuimos y anticipo de lo que quizá acabemos siendo.

¿Se puede usar la palabra gustar?

Así, Lara Almarcegui ha negociado la preservación de solares golosos por toda España con las autoridades competentes (e incompetentes hasta la médula, a buenas horas nos damos cuenta); ha retirado y vuelto a colocar, a puerta cerrada, el parquet de las salas donde se suponía que exhibiría su obra; se ha lanzado a restaurar un viejo mercado a pocos días de su demolición para hacer pisos de alto «standing»; ha vuelto a amontonar, sobre su solar exacto, los escombros de una vieja casa recién derruida; ha empleado largas horas y ayudas de muchos técnicos para calcular el peso preciso y los materiales concretos de los que estaba hecho el flamante centro de arte sobre cuyas paredes inscribía el resultado.

En una entrevista reciente avisaba: para su proyecto en Venecia romperá el encuadre y, buscará, claro, las islas más remotas de la laguna: las que sirven de escombrera, o las que directamente son montañas de escombros. Es coherente con un trabajo incansable que, paradójicamente, reivindica esa pereza creativa, esa vaguería de los terrenos y las cosas que respiran a su aire y recuerdan modos alternativos de ocupar nuestro tiempo y construir nuestras sociedades.

Y también explicaba lo que hace tiempo es evidente en ella: «Siempre busco zonas que, en realidad, me gustan muchísimo. ¿Se puede usar la palabra gustar?». Uno piensa que sí, que se puede, pero solo si antes se ha realizado, durante años, un trabajo de revisión tan radical como el suyo para purgar cualquier tentación de romanticismo. Lara Almarcegui enseña cómo el paseo puede ser, si se hace bien, la última táctica de combate.

Parque fluvial abandonado

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