El actor y director Robert Redford junto a su esposa Sibylle Szaggars en La Croisette
El actor y director Robert Redford junto a su esposa Sibylle Szaggars en La Croisette - afp
festival de cannes

Una cierta mirada al cine casi español

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Desde que presentó hace un par de años «Drive», en Cannes se esperaba a Nicolas Winding Refn como un surfista su ola. Chapuzón. «Only god forgives» es una caricatura de la fuerza violenta y emocional que producía su anterior filme, aunque sigue muy fija en la mirada de pez muerto de Ryan Gosling y en la falta de texto de su personaje.

Ocurre en Bangkok y en ambientes nocturnos e insanos, y lo que debería ser sólo una historia de sangre y brutalidad, el director parece querer convertirla en metáfora absurda y pretenciosa, hasta el punto de que uno espera que en cualquier momento aparezca por un pasillo el enano de David Lynch. Pero, en su lugar, quien aparece es Kristin Scott Thomas teñida de rubio y con un papelillo de liar espectadores y fumárselos como mamá araña de Gosling.

Da la impresión de que a Winding Refn se le han subido sus gafas de pasta negra a la cabeza, aunque hay que decir que sigue en plena forma en lo tocante a filmar la violencia, pues saca un personaje, un poli o algo así, que tendría futuro como maestro charcutero.

El mejor cine del día estaba en la sección Una Cierta Mirada, que era en realidad un cierto reojo al único cine casi español que ha venido a Cannes. «Wakolda», de la argentina Lucía Puenzo, tiene coproducción española, igual que «La jaula de oro», mexicana aunque la primera que dirige el español Diego Quemada-Díez. Pero antes hay que despachar la otra película a concurso, «Grigris», del Chad y con coproducción francesa, que es realmente el único motivo por el que ha podido ser seleccionada.

Es poca cosa, aunque su personaje, un joven con la pierna quebrada y que baila con mucho entusiasmo y rechinamiento para la visual del espectador, está cargado de dramatismo y fatalidad. Cuenta una historia muy hundida en lo tópico, pues reproduce, en ingenuo, todos los tics ya molidos mil veces por el cine.

Mengele «humanizado»

«Wakolda» se posa en un sugerente suceso: el tiempo que pasa en la Patagonia el nazi Josef Mengele a principio de los años sesenta, lo que le permite a Lucía Puenzo una curiosa mirada a la consentidora sociedad argentina con el escaqueo de numerosos depravados figurones nazis y su eclosión en el país. Pero aún es más curiosa su mirada al personaje de Mengele, que interpreta con estudiada y eficaz puntería Álex Brendemühl, pues entre los dos (directora e intérprete) en cierto modo lo «humanizan», es decir, no caen en el exceso o en la parodia; es un tipo despreciable en el que también cabe algún guiño o gesto aparentemente humano. Y si el retrato es complejo, la intriga es directa y eficaz, muy bien apoyada en la niña de sus ojos, referido tanto a los del propio Brendemühl como a los de la niña Florencia Bado que lleva el peso de la trama.

En cuanto a la mexicana «La jaula de oro», su impresión es directa y rotunda, pues narra el viaje que emprenden hacia «el norte» unos adolescentes desde el arrabal de Guatemala city hasta la frontera de Estados Unidos; la cámara del burgalés Diego Quemada-Díaz, que en anteriores ocasiones estuvo al servicio de películas de Iñárritu, Oliver Stone o Fernando Meirelles, es aquí una insobornable flecha que mira al norte, que sigue a unos personajes desesperados, unos críos con la idea de escapar hacia la «vida» y que para llegar a ella tienen que atravesar el inmenso infierno mexicano a lomos de unos trenes preñados de infortunio y miseria, pero pura golosina para canallas, secuestradores, pervertidos y demonios.

La historia, el viaje, es una moneda al aire, y tiene la espontaneidad y la intriga de cada minuto de ese infernal camino. Es una película de doble mirada, cándida hacia esos personajes a los que se les solapan los verbos empezar y terminar, y muy despiadada hacia el paisaje y el paisanaje, que te advierten de que eso de que existe un mundo mejor no es más que una patraña.