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Un Gatsby pasado de lustre inaugura el Festival de Cannes

El filme de Baz Luhrmann sobre la novela de Fitzgerald muestra tal exceso de estilo que solo cede ante la gran interpretación de los actores

oti rodríguez marchante - Actualizado: Guardado en: Cultura Cine

Todo el buen gusto, la distinción y el apasionado romanticismo del Gatsby de Scott Fitzgerald quedaron ayer un poco ensopados, primero por chaparrón de agua y después por el diluvio de confeti del cine de Baz Luhrmann, que ha fraguado una versión de «El gran Gatsby» a la que sólo le falta la guinda de una coreografía de Boliwood.

Pero la noche inaugural del Festival de Cannes aguanta tanto como la sábana de abajo y ni la lluvia ni el cine repolludo de Luhrmann cambiaron la idea de que estamos ante una de las ediciones más impresionantes y prometedoras de los últimos años.

Aquella historia de fascinaciones, nostalgias y delirios adquiere aquí, ante la cámara flipada del cineasta australiano, una dimensión desconocida, aunque prevista, pues viene a ser como si te la contara el bardo de Astérix con su lira: todo en ella es un festival de cenefas y festones, desde la casa de Gatsby, sólo comparable a algunas tartas de boda, a los movimientos de cámara, que a veces da la impresión de que el cameraman es Bruce Banner y a veces se convierte en Hulk.

Leonardo, en su sitio

Hay que decir, en cambio, que Leonardo DiCaprio está en su justo sitio, y que no se le cae la distinción ni con los «detalles» de Luhrmann; incluso consigue con su fuerza y su clase natural que parte del sentido del texto original atraviese las enormes capas de «estilo» con que lo recubre Baz Luhrmann, como en ese momento que debiera y casi es mágico en el que Jay Gatsby se reencuentra con Daisy, el amor de su vida, y que la película convierte en una secuencia olorosa, florida, un poco remilgada, pero que expresa la enorme incertidumbre y ansiedad que causa en un tipo tan cuajado como Gatsby ese revuelo adolescente de la cita.

Quizá esté en todo ese caudal íntimo de la historia lo mejor de la película de Luhrmann, en donde destila algo de ese espíritu original, porque en lo otro, lo que tiene de época, de frenesí, de carpe diem, de posguerra y de años veinte, el reflejo que ofrece esta versión flamante y brillantosa está muy cerca del colmo y se le va un poco la mano con el retoque y el diseño, y lo que era jazz ahora es acid-jazz y lo que era ley seca es ahora coctelería de colores.

Leonardo DiCaprio es el personaje de la función, el fascinante, aunque el narrador es otro, Nick Carraway, el fascinado, que lo interpreta con cara de llevar póquer de ases Tobey Maguire (no le había impresionado tanto el doctor Octopus cuando hizo «Spiderman»).

Y ella, Carey Mulligan, tiene su habitual superávit de encanto como para darle sentido a la pasión de Gatsby. El problema no es de personajes, ni de actores, sino, a mi modo de ver, de que el drama, el romance, el espíritu…, todo eso, se lo merienda el aparato de Baz Luhrmann con la misma impunidad que se merendó a Shakespeare.

Pero su «gran Gatsby» ofrece espectáculo, y eso es lo que sin duda pretendió el Festival para su día de inauguración. Un espectáculo que empezó en la misma alfombra encharcada con la llegada en tromba de DiCaprio y compañía… Llevaban horas varios centenares de admiradores a la espera, con la que estaba cayendo, y aún tuvieron ganas de recibir a las estrellas de la gala entre vítores y gritos. Una heroicidad, aunque se puede decir en su descarga que ellos no tuvieron que ver la película.

Como nota de humor, a los gritos generales se unieron de modo natural los de dos marranos que llevó de paseo al Palais uno de los muchos «frikis» que acuden a la llamada de este gran festival.

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