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Muere el actor Fernando Guillén, paladín de la coherencia, a los 80 años

Día 18/01/2013 - 02.24h
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Luto en el cine, el teatro y la televisión, en la cultura española, tras el mazazo por el fallecimiento del inolvidable intérprete, ganador de un Goya, que se distinguió por su coherencia. Su familia, amigos y público le despide en el Tanatorio de Tres Cantos, en Madrid

Voz luminosa, efigie de roble clásico, dicción perfecta, imprescindible Don Juan en blanco y negro de los infiernos al cielo, intérprete de la memoria cinematográfica, televisiva y teatral española de los últimos sesenta años, luchador eterno por la modernización de la escena frente a la mordaza del franquismo, Fernando Guillén se sentía un privilegiado como actor porque desde su bendita coherencia sostenía que «tenemos la inmensa suerte de que nos pagan por jugar». Su muerte, después de una larga enfermedad, ha encogido el corazón de sus admiradores, que son legión. Fernando Guillén talló su muesca en centenares de obras en teatro, cine y televisión, además de incardinar su voz al doblaje de inovidables personajes.

En el Tanatorio de Tres Cantos (Madrid), sus tres hijos y la que fuera mujer de Fernando Guillén, Gemma Cuervo, arropados por familiares y amigos, lloran sin consuelo al inolvidable actor de raza. Su hijo Fernando Guillén Cuervo fue el primero de la familia Guillén en llegar al tanatorio, junto a su pareja, la actriz Natalia Millán, donde ha agradecido a los medios de comunicación su presencia. Su hermana Cayetana Guillén Cuervo llegó poco después y, visiblemente afectada, no quiso hacer declaraciones.

La que fuera esposa del actor, Gemma Cuervo, apareció en el tanatorio del brazo de su hija Natalia y, entre lágrimas, dijo: «Gracias, os lo agradezco mucho». Natalia se ha detenido unos segundos junto a los periodistas para agradecerles «el cariño» con el que se ha tratado a su padre «durante mucho tiempo».

Actor de estirpe y nacimiento

Fernando Guillén nació en Barcelona en noviembre de 1932. Al cine se enganchó a los siete años viendo «Horizontes perdidos», de Frank Capra. Tras concluir el bachillerato, se matriculó en la Universidad de Madrid para estudiar Derecho, pero comenzó a colaborar en algunas obras de las que se representaban en el Teatro Español Universitario, como «Tres sombreros de copa» (1952), de Miguel Mihura, o «Escuadra hacia la muerte» (1953), de Alfonso Sastre, lo cual le hizo descubrir su vocación de intérprete y abandonar la carrera. En aquella época coincidó con jóvenes y barbilampiños talentos como Adolfo Marsillach, Agustín González y Juanjo Menéndez.

En una entrevista para TVE con motivo de la proyección en Versión Española de «Otros días vendrán», de Eduard Cortés, Fernando Guillén rememoraba su nacimiento a la gran nación del cine:

«Yo parto de la premisa de que todos, desde que nacemos, actuamos. Cuando dejas de ser bebé y llegas a niño la actuación es algo consustancial en la vida de un niño, continuamente se actúa. De hecho, ellos como mejor lo pasan es jugando a vaqueros, indios, juegan a perseguirse, a dispararse, interpretan indudablemente un papel, entonces después, cuando creces estudias una carrera o aprendes un oficio que te parece mucho más serio que seguir jugando. Indudablemente lo es, en función de que gracias a esa carrera, a ese oficio, pues vives, comes, tienes hijos, te casas, en fin todas esas cosas... Pero si no había que continuar jugando. Entonces, los actores tenemos la suerte inmensa de que esto de jugar se nos recompense. Te pagan por jugar, y eso es una cosa fantástica. Luego ya, pues, depuras la manera de jugar, estudias, vas a un profesor de declamación, eso en el caso de que seas una persona a la que le empiece a gustar eso de verdad, no solo desde un punto de vista lúdico, sino que empiecen a investigar, a profundizar más en esto de actuar, de intepretar».

En la década de los cincuenta, Fernando Guillén se enroló en las mejores filas: en las compañías de Fernando Fernán-Gómez,  y de Conchita Montes. «Proceso a Jesús», «Réquiem por una mujer», «Un soñador para un pueblo» o «Muerte de un viajante» fueron algunas de las obras maestras que interpretó. En los años sesenta siguió protagonizando obras muy prestigiosas, como «Divinas palabras», «La dama del alba», «Deseo bajo los olmos», «Pigmalión», «Madre coraje» o «Seis personajes en busca de autor».

«Tras las compañías de Conchita Montes y Fernán-Gómez, después ya me planteo el teatro con más rigor, y salvo un par de ocasiones que prefiero no recordar, estoy muy contento de la coherencia en mi carrera teatral -confesaba el gran actor-. Están los clásicos, he hecho clásicos, en un momento en el que las cosas estaban muy dificiles y era muy complejo. Así, unas cuantas personas entre las cuales me cuento decidimos hacer un teatro que nos dio muchísimos problemas con la censura. Salimos adelante e hicimos una serie de autores, que no fueron muy vistos por las autoridades competentes de aquel momento. Y en el teatro luego he querido seguir teniendo una gran coherencia».

A finales de la década sesentera, Guillén formó su propia compañía teatral, junto con su esposa, la también actriz Gemma Cuervo, de cuya unión nacieron los también actores Fernando y Cayetana, además de otra hija, Natalia.

«Yo admiraba a Errol Flynn, a los siete años me enganché al cine viendo Horizontes perdidos, de Frank Capra. Y desde entonces no me he desenganchado. Lo he pasado muy bien durante toda mi carrera, mi vida, incluso en doblaje tengo películas de las que estoy muy contento, como el Martin Landau de Delitos y faltas. No veo motivo para la presunción. A veces te tienes que levantar a las cuatro de la mañana, muchas veces no dormir, en otras ocasiones te toca trabajar a diez grados bajo, es un trabajo tan divertido y apasionante el de actor que solo produce satisfacciones. En este oficio todo te viene un poco por casualidad, nada de endiosarte», confesaba Fernando Guillén desde su inalcanzable coherencia.

Excelso doblador, además del arte de Talía, Fernando Guillén se hizo imprescindible en televisión y cine, donde comenzó con «Un día perdido», de José María Forqué. En la pequeña pantalla consolidó su carrera como actor desde finales de los cincuenta, debutando cuando el nuevo mueble parlanchín del saloncito de casa principiaba en España, en 1958; ese año, Fernando Guillén trabajó en la adaptación de «Pesadilla», de William Irish, bajo las órdenes de Juan Guerrero Zamora. En el programa Estudio 1 de TVE representó numerosas obras, al igual que en el espacio Novela, junto con su mujer Gemma Cuervo («Levántate y lucha», «Marie Curie» o «El fantasma de doña Juanita», entre otras).

«Estudio 1 fue un espacio absolutamente modélico. La televisión debería de ser eso. Tuvo un espejo emblemático e intocable que eran los dramáticos de la BBC, y entonces nuestros dramáticos intentaron ser lo mismo, porque no acudimos como ahora a unos guiones más o menos aprovechables, divertidos, casposos, que se utilizan en este momento en las televisiones. Los Estudio 1 recurrió a Shakespeare, ¡coño!, recurrió a Lope, a Calderón, a Pirandello, a Miller, a O'Neal, entonces de esos textos hubo que hacer adaptaciones casi todas espléndidas y con los humildes medios intentar ser fiel a esos textos en los terrenos de la iluminación, la interpretación. Creo que hicimos una labor muy aprovechable, muy aceptable».

Más tarde, en la pequeña pantalla, encarnaría a personajes en series como «Historias para no dormir», de José Luis Garci; «La saga de los Rius», «Brigada Central», «Los jinetes del alba», «Inquilinos», «Hospital Central», «Motivos personales» o «Los misterios de Laura». En Berlín había cazado un oso de oro televisivo con «Un mundo sin luz». De esas tinieblas le sacó «La saga de los Rius», inolvidable. Así le «contrataron», en un ascensor, con dos tipos de negro que se dieron la vuelta y le preguntaron si había nacido en Barcelona:

«Después de la famosa huelga de actores del año 75, que fue muy traumática para todos nosotros en un sentido u otro, estábamos en plena ruina debiendo dinero al banco o a los compañeros, yo hacía Qué absurda es la gente absurda, de Alan Ayckbourn, estuve tres meses sin salir y nos invitaron para un premio que se daba en un almuerzo en el Eurobuilding. Yo me resistí, Gemma insistió, a la mitad de la comida no podía aguantar más aquello porque eran caras que me habían hecho mucho daño -algún día lo contaré en mis memorias sin las llego a escribir-; entonces me levanté a la mitad del almuerzo, le dije a Gemma que no podía aguantar más, que me iba a casa, me fuí al ascensor, entré con dos señores, uno se vuelve hacia mí, que era José Joaquín Marroquí, jefe de programas de TVE en aquella época, y de repente se le paraliza el gesto y me dice: "¡Coño! Tú eres catalán". Y me espeta: "¿Cómo no se me ha ocurrido? Vas a hacer "La saga de los Ríus”. Eso es estar en el momento justo, en el sitio preciso. Con esto quiero indicar que el de actor es un oficio en el cual la casualidad es absolutamente fundamental en nuestras vidas».

Fernando Guillén fue un rostro habitual en las inolvidables creaciones de Adolfo Marsillach, Alberto González Vergel o Pilar Miró. También su participación en la adaptación de la obra de José Zorrilla, Don Juan Tenorio.

La dureza del ratito

Hace un lustro, en el Teatro Español -donde debutó con José Tamayo-, con «El vals del adiós», Fernando Guillén anunció su retirada de las tablas, del arte de Talía, a los 75 años de edad. Prefirió seguir dedicándose al cine y la televisión «porque exigen menos compromiso y esfuerzo», confesaba. Y abundaba: «La memorización de los textos es cada vez más complicada y los ensayos más duros, porque en el cine y la televisión tienen la dureza del ratito, pero los tres meses que dura una obra de teatro son muy especiales». Fernando Guillén encarnaba a Louis Aragón, un hombre sentado ante un escritorio, que repasando una carta plasmaba todos los instantes de su vida y mezcla su dolor, su rabia y su desazón, con el humor sórdido y mordaz de los años que precedieron a su suicidio. «Es el propio autor el que lee y relee esa carta antes de mandarla para su publicación, y se angustia porque está solo, ya que hacía dos años que había perdido a su mujer. Es una epístola de despedida en la que refleja sus contradicciones y hace una premonición de su propio suicidio», reflexionaba Fernando Guillén.

Y ¿cómo le descubrió el cine? Así lo revelaba en sus confesiones a TVE:

«Nada más iniciada la Transición, dejé de hacer teatro porque el cine me descubrió gracias a una película de serie B muy barata, que protagonizábamos mi querido Agustín González y yo, “El caso Almería”, se titulaba, y que tocaba un tema muy sangrante y duro -se metía con la Guardia Civil- y tuvo una resonancia muy grande. Estuvo como quince años sin hacer teatro y luego regresé intentando respetar mi misma línea».

En cine, Fernando Guillén participó con regularidad a partir de los años 80 y 90, bajo la dirección de Fernando Fernán-Gómez, de Pedro Almodóvar en «Mujeres al borde de un ataque de nervios», «La ley del deseo» o «Todo sobre mi madre»; «El abuelo», «You're the one», «Tío vivo», «La herida luminosa»...con José Luis Garci; «La noche oscura», con Carlos Saura; «Más allá del jardín», junto a Concha Velasco; o con anterioridad en producciones como «El pico II», «La estanquera de Vallecas», o «El mar y el tiempo». Además, ha trabajado a las órdenes de José María Forqué, Pedro Lazaga, Imanol Uribe, Gonzalo Suárez y Álex de la Iglesia. «La telaraña», «Tirano Banderas», «Acción mutante», «La nave de los locos». «Operación Fangio» o «El florido pensil» forman parte de la filmografía de tan extraordinario y querido actor, que bordó así la enfermedad de Alzheimer en «Otros días vendrán»:

«Comprendo que ante un personaje así debes irte una temporada a unos enfermos de Alzheimer, hacerte amigo de ellos, ir a verlos; no, yo no hice absolutamente nada de eso, y en ningún caso lo hago tanto cuando he interpretado personajes históricos como personajes con una peculiaridad como es este personaje de Alzheimer. Yo creo que este invento de la interpretación hay precisamente que inventarlo. No ser demasiado realista. Hay que expresar lo que a tí te sugieren las actitudes, todo tiene que aflorar de una manera espontánea, y no verse mediatizadas por experiencias, lecturas... No, yo creo que no».

Fernando Guillén fue tres veces candidato al Premio Goya: al final obtuvo el preciado cabezón goyesco con la película «Don Juan en los Infiernos», que también le supuso un Fotogramas de Plata, junto a otros dos filmes, «Martes de Carnaval» y «¿Qué te juegas Mari Pili?». Por «La Saga de los Rius» le fue concedido el TP de Oro, todo ello entre muchos otros galardones y reconocimientos, como el premio Ercilla. Su última interpretación fue un cortometraje con Asunción Balaguer. «Pero eso de los premios los tengo un poco olvidados...» Jamás olvidó su privilegiada coherencia, de la que era paladín Fernando Guillén, el inovidable actor de voz y mirada luminosa. Descanse en paz.

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