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Cine / DE NIRO, EL MUTANTE

La aceituna del cóctel

Día 07/01/2013 - 17.03h
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Robert de Niro es, como el Zelig, «woodyalleniano», capaz de convertirse en cualquier ser o cosa a los que se acerque

La aceituna del cóctel
Robert «toro» de Niro «Salvaje»

Hubo un tiempo en el que se pensó que Robert de Niro era Zelig, y que se ponía al lado de sus personajes y se coloreaba como ellos, igual que un camaleón. Fue cuando ganó el Oscar metiéndose en los dos pellejos de Jake La Motta, el terso y musculado del mejor peso medio de la historia y, veintisiete kilos después, en el odre reventón por la mala vida y el peso oxidado de la púrpura. Le dieron un Oscar por «Toro salvaje», aunque igual le podían haber dado un record Guiness.

Pero, con ser muy gordo lo de su Jake La Motta, De Niro ya tenía demostrado para entonces que no sólo era un Zelig que se pintaba para la ocasión, sino que era un tipo tan metódico como el programa de una cárcel de seguridad: había sido taxista neoyorquino durante más de un mes para hacer aquel Travis Bickle de «Taxi driver», se había afilado los morros hasta arrebatarle al saxo todo el encanto del Jimmy de «New York, New York», se había aguardentado el habla durante meses en Sicilia hasta conseguir el don de Don Vitto en «El Padrino» y había aprendido a encontrar el vacío en el tambor de una pistola para hacer, sin morirse, al Mike de «El cazador».

El flaquigordo De Niro había hecho de la interpretación una dieta para bulímicos: me lo como todo, hasta convertirse en el único actor capaz de comerse lo incomible…, cuántas películas que no tenían ni un solo bocado se convirtieron en digeribles gracias a él… El mismo tipo que se calcó al bisonte seboso y cruel de Al Capone en «Los intocables» aparecía unas cuantas películas después como el musculado Max Cady de «El cabo del miedo» en una transformación física que no le valió el Oscar pero que sí le hubiera valido otro Guiness.

Robert De Niro es a la interpretación lo que la tortura de la curva a la belleza del olivo: todo. Y un primer plano de De Niro bien vareado por tipos como Scorsese es el milagro de una aceituna. De Niro engrasa, o aliña, cualquier historia como si se hubiera caído en el caldero el día que inventaron la pócima del cine.

Una aceituna con hueso en primeros planos que se atragantan como en «Uno de los nuestros»,«La Misión» o ese Frankenstein con costuras de la Cosa Nostra, o también una aceituna sin hueso para incorporar su halo de peligro en comedias tan jugosas como «Los padres de ella», donde formaba un dúo con Ben Stiller que rompía las costuras de la risa, o como el que formó con Billy Cristal en «Una terapia peligrosa»… ¡Los dúos de Robert de Niro!..., un terreno que alcanzó su cima en «Heat», el golpe definitivo del ladrón Neil McCauley frente al detective Vincent Hanna, un Al Pacino que perdía el paso en su persecución. El cara a cara de De Niro y Pacino es uno de esos encuentros tan definitivos como el de la aceituna y la ginebra.

Robert de Niro pasa por tener, fuera de la pantalla, el mismo discurso que el pomo de una puerta, y se cierra detrás de un monosílabo o del portazo de una mirada torva. Sorpendió, pues, su elocuencia como director en dos magníficas películas, «Una historia del Bronx» y «El buen pastor». Como sorprende ahora que supiera ser Zelig años antes de que a Woody Allen se le ocurriera la idea de convertirlo en película.

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