Imagen de la película, cuando Van Gogh se corta la oreja
Imagen de la película, cuando Van Gogh se corta la oreja

Los trazos de Van Gogh palpitan de nuevo en la película «Loving Vincent»

El primer filme pintado al óleo fotograma a fotograma se estrenará en España el 12 de enero

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Hay proyectos que te atrapan, te cogen por el cuello y exigen todo de ti: tu alma, tu vida, tu tiempo. Suelen ser empresas faraónicas que albergan un cierto poso de locura, terrenos reservados para los intrépidos, esas personas que caminan con la vista en el horizonte, haciendo oídos sordos al ruido de las piedras con las que tropiezan en el camino. En este caso, una intrépida -la polaca Dorota Kobiela-, se preguntó un día si era posible hacer una película al óleo para homenajear a su querido Vincent Van Gogh. Ahí empezó la historia de una obra imposible que necesitó de siete años de dedicación exclusiva y más de 65.000 fotogramas pintados a mano para realizarse. Entre medias, reescrituras de guion, problemas técnicos y una lucha constante por convencer al mundo de que el cine también se podía pintar. El tesón de la empresa, en efecto, recuerda al de ese holandés que agarró el pincel demasiado tarde y que en poco más de una década se convirtió en uno de los artistas más influyentes de la historia. Todo eso está en «Loving Vincent», el primer filme al óleo de la historia, que se estrena en España el próximo 12 de enero.

La última carta a Theo

Kobiela trató de pintar toda la película por sí misma, pues en principio «tan solo» quería hacer su particular homenaje al pintor, una pequeña animación de apenas unos minutos. Pero el proyecto empezó a crecer y su compinche Hugh Welchman, que firma con ella la dirección y el guion de la obra, la convenció de que aquello debía ser un largometraje. Así, comenzaron el proceso de escritura, que se alargó más de lo esperado. «Escribí muchas historias: algunas basadas en su vida, otras partiendo de cuadros concretos, historias de su época en Holanda y de cuando vivió en los barrios bohemios de París. Pero el primer guion real que surgió se centraba en los últimos días de su vida», explica la cineasta. Terminaron articulando una narración basada en el «flashbacks», en la que el hijo del cartero de Van Gogh, un joven que lo consideraba un loco con pincel, se ve obligado a recorrer los pasos finales del artista para entregarle su última misiva a su psiquiatra, el doctor Paul Gachet.

Pero esta era la parte fácil. Lo verdaderamente complicado era convertir el libreto en trazos vivientes. Para ello, tuvieron que rodar la película con personas reales y, posteriormente, pintar cada uno de los fotogramas a mano, un proceso en el que involucraron a 125 artistas de todo el mundo que juntaron en los Estudios Loving Vincent de Polonia y Grecia. «No fue fácil encontrar colaboradores, la mayoría de los especialistas eran muy cautos para arriesgarse a formar parte de algo tan novedoso. Afortunadamente, encontramos a gente valiente que creía en nosotros», apunta Welchman.

Antes y durante el rodaje con los actores, el equipo de diseño estuvo un año imaginando las escenas y los encuadres en los que representar la estética del artista. El proceso de retratar al óleo a los protagonistas tampoco fue sencillo: los pintores tenían que integrar el trazo característico del holandés y, a la vez, detallar lo suficiente los rostros para que estos no perdieran su expresividad en la animación. Después, otro reto: adaptar los diferentes tamaños de los lienzos de Van Gogh a un estándar de 103x60 cm, una medida exigida para adaptarse al formato más cuadrado de lo habitual que eligieron para el filme. Se tardó hasta diez días en realizar un solo segundo del metraje y fueron necesarias 377 pinturas que se animaron a través de la tradicional técnica de la repetición con leves variaciones.

A lo largo de la película aparecen representados de forma fiel 94 cuadros del genio y se hacen referencias a detalles, como sus funestos cuervos, de otra treintena de obras. La mayoría pertenecen a su última etapa, en la que desarrolló su estilo más maduro y en la que retrató al doctor Gachet, al cartero Roulin y otros personajes que aparecen en el filme. Su característico color, una gran preocupación para los creadores, se respeta en las escenas del tiempo presente, pero se torna en blanco y negro en los saltos temporales al pasado, en los que se muestran escenas que Van Gogh nunca llegó a pintar. «Pensamos que el color sería demasiado intenso a lo largo de 90 minutos. Y no queríamos introducir cuadros de Van Gogh que realmente no existían», explica Kobiela.

Últimos misterios sobre su muerte

En su trama, la película se adentra en el misterio que rodea la muerte de Van Gogh. De hecho, su guion se vertebra como una suerte de investigación en la que el protagonista se empeña en descubrir si realmente el pintor se suicidó o no, al tiempo que se adentra en su personalidad y descubre todos sus matices, difuminando poco a poco la imagen de chiflado que de él tenía. Pregunta, piensa, y a través de sus ojos bailamos entre la repudia y la hagiografía, hasta que comprenden el brillo de sus estrellas, que abren y cierran la obra.

«Loving Vincent» es un fascinante viaje pictórico que sostiene la hora y media que dura la película a través de su poderío estético, de su prodigiosa imagen, de esos trazos que, al fin, palpitan en la pantalla (y sin necesidad de ácido lisérgicos). Pero ante todo, y más allá de su pericia técnica, es una carta de amor a un muerto. No en vano toma su título de la forma en la que el pintor se despedía de su hermano Theo en sus misivas: «Your loving Vincent».