«La fuente» (1917), el famoso urinario de Marcel Duchamp
«La fuente» (1917), el famoso urinario de Marcel Duchamp - ABC

Un recorrido por las obras de arte más escatológicas

Desde el urinario de Duchamp al inodoro de Cattelan o la mierda de artista de Manzoni, recopilamos las creaciones artísticas más irreverentes de todos los tiempos

MADRIDActualizado:1234567
  1. «La fuente», de Marcel Duchamp

    Este simple urinario de porcelana que Marcel Duchamp envió a una exposición en Nueva York en 1917 bajo el título de «Fuente» fue elegido la obra de arte más influyente del siglo XX, por delante de «Las señoritas de Avignon», de Pablo Picasso. La «Fuente» está considerada una obra que está en el origen de buena parte del arte conceptual. De origen francés, Duchamp inició una auténtica revolución en el mundo de arte al demostrar con su orinal que cualquier objeto podía considerarse una obra de arte con tal de que el artista la situara en el contexto adecuado -una galería o un museo- y la declarara como tal.

  2. «Occult Jam», de Sam Bompas

    En el verano de 2010, la Barbican Gallery de Londres expuso «Occult Jam», una «obra» sorprendente que consistía en una mermelada entre cuyos ingredientes figuraban madera de roble del barco «The Victory», de Nelson, arena de la Gran Pirámide, y... pelo de Diana de Gales. El responsable de tan singular creación era Bompas and Parr, una compañía de alimentación cuyo fundador, Sam Bompass, no dudó en asegurar que se trataba de «arte y comida al mismo tiempo». Bompass compró el cabello de Lady Di en eBay, gracias a un estadounidense que colecciona cabello de famosos. La idea surgió porque la galería sugirió a Bompas que creara una obra para una exposición surrealista en la categoría de alimentos. Al parecer, la intención de Bompass era que la gente recapacitara sobre el consumismo de los alimentos y cómo el lenguaje influye en la experiencia diaria de comer.

  3. «Mierda de artista», de Piero Manzoni

    Partiendo de la idea, en respuesta a Yves Klein, de que todo lo que escupe el artista es arte, el italiano Piero Manzoni consideró el cuerpo del artista como una factoría creativa y, por tanto, todo lo que saliera de él sería una obra, ya fuera su aliento contenido en globos o sus excrementos. «Mierda de artista», literalmente heces de Manzoni en 90 latas firmadas, se vendieron en 1961 a precio de oro. Todas se vendieron y museos prestigiosos las conservan. Es más, hace un par de años se estrenó un musical basado en los últimos días de Manzoni.

  4. «My bed», de Tracey Emin

    «My Bed» («Mi cama»), obra por la que la artista británica Tracey Emin fue finalista del premio Turner en 1999, fue subastada en Londres en julio de 2014 por la nada despreciable cifra de 2,5 millones de libras. Esta icónica pieza, ejemplo del interés de Emin por explorar la relación entre su vida y su arte, provocó un amplio debate público sobre la naturaleza del arte contemporáneo. El galerista y coleccionista Charles Saatchi la había adquirido en el año 2000 por 150.000 libras. Emin hizo esta obra en plena depresión tras la traumática ruptura de una relación sentimental. «My Bed» (1998) se compone de su propia cama, con las sábanas arrugadas, las almohadas y unas mantas desordenadas, rodeadas de efectos personales: botellas de vodka vacías, paquetes de cigarrillos, sábanas manchadas de vómito, condones usados, ropa interior sucia... Es una de las obras más emblemáticas del movimiento de los Young British Artists (YBA), al que también pertenecieron otros «chicos malos» del arte británico como Damien Hirst, los hermanos Chapman, Steve McQueen, Chris Ofili, Sarah Lucas, Mark Wallinger o Rachel Whiteread.

  5. «América», de Maurizio Cattelan

    El artista italiano Maurizio Cattelan, una de las voces más potentes de la escena contemporánea, ha regresado de su autoimpuesto retiro con una obra diseñada para crear su efecto habitual: sorna, escándalo, risa, crítica, indignación, sorpresa. «América» es un retrete de oro de tamaño natural, que desde hoy podrá verse en uno de los baños de la galería espiral del Guggenheim de Nueva York. Sustituirá al habitual de porcelana con un hermano gemelo de oro sólido de 18 quilates, que conservará la utilidad funcional: los visitantes del museo podrán hacer en él sus necesidades. Además de guiños artísticos al urinario de Marcel Duchamp o a las latas con excrementos de Piero Manzoni, la instalación provoca una catarata de significados que ya ha tratado la obra de Cattelan: los excesos del mercado del arte, la desigualdad económica o el significado de la creación artística.

  6. «What will become of me», de Adrian Piper

    «What Will Become of Me?» es una obra que no se completará hasta que la artista Adrian Piper muera. Desde 1985, Piper lleva rellenando tarros de miel con su pelo y sus uñas, cada vez que se las corta. El último recipiente que se añadirá a tan particular colección artística será el que contenga sus cenizas, una vez que el artista sea incinerado. Los tarros se exhiben en una estantería, flanqueada por dos documentos: uno da cuenta de las experiencias personales de Piper en 1985, cuando comenzó el proyecto, y el otro es una declaración firmada ante notario en la que manifiesta su voluntad de donar la obra al MoMA de Nueva York. Como afroamericana y mujer -dos grupos que, tradicionalmente, han sido marginados en la historia del arte- Piper se insertará, literalmente, ella misma en la colección del museo.

  7. «Grand Pop», de Paul McCarthy

    El estadounidense Paul McCarthy ha sido otro de los artistas que ha utilizado los excrementos como elemento importante en su obra. No solo realizó inflables con dicha forma, que llegó a instalar en los jardines de algún museo, también realizó, en 1974, un video en el que pintaba con la cabeza y la cara untados con mayonesa, kétchup, heces o carne cruda. Pero la performance más llamativa la llevó a cabo en 1976 («Grand Pop», se llamaba la pieza), cuando McCarthy realizó una obra en la que vomitaba varias veces y se introducía una Barbie por el trasero. ¿El resultado? Parte del público abandonó la sala.