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Pita da Veiga en Pavía, el hombre que capturó a Francisco I, por Augusto Ferrer-Dalmau

Pita da Veiga en Pavía, el hombre que capturó a Francisco I, por Augusto Ferrer-Dalmau
MARÍA FIDALGO CASARES - Actualizado: Guardado en: Cultura Arte

Augusto Ferrer-Dalmau ( Barcelona 1964), consagrado ya como «el pintor de batallas» se ha revelado en la última década como uno de los pintores más mediáticos y de mayor proyección internacional. Recientemente, su dimensión como artista ha sido reconocida en la Academia de Bellas Artes de Sevilla que le ha investido como académico, entre otros atributos, por ser creador de una corriente pictórica que sigue su estela.

Pese a dedicarse a una temática poco corriente y apostar por una técnica y estética figurativa enraizada en la pintura de Historia y en el romanticismo del XIX, consigue sorprender a sus seguidores -que ya son legión- en cada uno de los lienzos que van hilvanando su trayectoria y en los que sigue demostrando que es un artista con mayúsculas.

Dos lienzos de la batalla de 1525

Presentada con relativa cercanía su épica y dinámica obra «Pavía» sobre la Batalla del mismo nombre, desconcierta a propios y extraños con una nueva visión de la contienda, que como la mayoría de sus escenas, tiene la facultad de extrapolarse a cualquier tiempo y lugar, sin dejar por un momento de perder identidad histórica.

Si en su último lienzo de Pavía predominaba el dinamismo y cierto impulso épico, aquí es la serenidad, el carácter crepuscular y el romanticismo el hilo conductor. Además, como veremos, no es una escena narrativa sin más, sino que el artista utilizará recursos estilísticos y simbólicos para conferir a la obra una hondura y profundidad que lleva al espectador a una reflexión posterior.

Para esta nueva visión de la Batalla de Pavía (1525), elige como protagonista a uno de sus héroes españoles, el gallego Alonso Pita da Veiga, que tuvo un papel crucial, no sólo por lanzarse en misión suicida por el estandarte de Borgoña apresado por los franceses, sino por haber capturado y hecho prisionero al rey de Francia Francisco I, junto al vasco Urbieta y el granadino Dávila. Captura que durante siglos fue muy mal aceptada por la nación vecina, incluso negada. El propio Napoléon exigió tres siglos después, a Carlos IV la devolución de la espada incautada entonces al rey francés.

Ferrer Dalmau, esta vez en lugar de plasmar el episodio bélico o el hecho singular de la captura, opta por presentarlo in situ en el campo de batalla tras la contienda, acompañado de dos figuras. Un lansquenete alemán y un portaestandarte con la bandera de Borgoña.

Tres planos

Con una fórmula compositiva que ha ensayado en otros de sus cuadros, Dalmau elige una puesta en escena de gran horizontalidad articulada en tres planos que se superponen sin solución de continuidad y que evolucionan en continuum cual una mágica transición.

Estos planos configuran el trinomio cielo- hombres- tierra con el que el artista impregna a sus lienzos la mística  huella existencial que tanto le caracteriza. Para el primer término, el catalán no desdeña cierto hiperrealismo como enganche y conexión del espectador con la escena, exhibiendo, como es habitual, su hábil dominio del paisaje con sus magníficas calidades en el tratamiento matérico de texturas y superficies, en este caso, la tierra casi escarchada por las bajas temperaturas y que comienza a deshelarse formando el barro. Las diagonales huellas de un carro contribuyen a conducir, más si cabe, al espectador a la desolación del campo de batalla.

El segundo plano está articulado por tres escenas. De derecha a izquierda un grupo de soldados muertos, con yelmos, espadas y armaduras por el suelo, cual vanitas barroca y sus postrimerías sobre la fugacidad de la vida. El catalán, a modo de guiño literario enraiza el discurso con las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre qu también era un Hombre de armas como Alonso Pita da Veiga.

Sobre los cuerpos abandonados, un grupo de cuervos, difuminados por la bruma en suspensión y la niebla, casi coreográficamente acuden a los cadáveres, metáfora de la carroña humana. Asistimos, tal vez, a la más dramática escena que jamás haya pintado Ferrer Dalmau. Como hemos constatado en otros de sus lienzos, una imagen -supuestamente menor o complementaria, desgajada del conjunto, como obra individual sería toda una obra maestra.

El grupo central

El grupo principal, ligeramente descentrado- recurso romántico- lo protagoniza el gallego Alonso Pita da Veiga con gran mostacho y envergadura robusta en su montura. Dalmau, ejemplifica en Alonso Señor de Vilacornelle, el valor y el coraje de nobles hoy olvidados, en una de las batallas más importantes de la Era Moderna, en este caso un Hombre de Armas del Finisterrae peninsular al servicio del poderoso Conde de Andrade.

Pita podría haber muerto y ser uno más de esos cadáveres que pueblan el campo de batalla, pero no lo fue. En la contienda, mataron su caballo y el escudero que le acompañaba le prestó el suyo. Posiblemente, henchido de un orgullo disimulado permanece en el campo de Pavía, apurando hasta el último momento su emoción por la victoria, sintiéndose partícipe de uno de los capítulos más importantes de la Historia de Europa.

Pese a la desolación del ambiente, el pintor no reflexiona sobre la violencia, sino sobre el sino de la historia : una de las batallas más importantes de la Era Moderna. Pero también el sino del guerrero, que decidirá su destino. El Emperador Carlos le concederá el Privilegio de Armas por la captura del Rey de Francia que será conservado en su familia durante siglos junto a la Real Cedula de Francisco I que agradece haberle salvado la vida.

Las tres figuras presentan una gran complejidad compositiva excelentemente resuelta, ya que se superponen figuras y animales en planos diferenciados con una gran naturalidad. Todos presentan esa exactitud casi fotográfica en todos sus avíos, indumentarias y monturas. Sus armaduras exhiben un exultante bruñido que muta en sinfonía de matices argéntéos de sutil belleza. La policromía de las armaduras, dentro de la misma gama de color es un recurso clásico que Ferrer Dalmau maneja con excelencia técnica. La representación de los equinos, uno de los puntos fuertes y más identitarios del catalán, refulge con luz propia.

De nuevo, Dalmau convierte un recurso estético en argumental, y narra con sus pinceles. Vuelve a convertirse en ese reportero que ya conocemos con su mágica facultad de transportar en el tiempo al espectador y hacerle sentirse en el lugar de la contienda.

El portaestandarte a caballo porta la bandera recuperada por Alonso y que el emperador Carlos incorporará a su escudo como Hombre de Armas para la posteridad. El artista oculta el rostro del portante para centrar la fuerza en la Cruz de San Andrés, que a partir de Pavía se convertirá en santo y seña hispánica. La Bandera se convierte en el punto más elevado de la composición, no sólo desde el punto de vista espacial, y cromático, sino también sentimental, emocional y patriótico y sobredimensiona la propia Pavía para convertirse en emblema de España y su pasado histórico.

El tercer elemento del plano central lo conforma la identificación topográfica, en este caso las murallas de Pavía recortadas románticamente en el horizonte que sitúan a Alonso Pita y a sus acompañantes en el lugar donde todo sucedió. Hoy casi medio milenio después, en la ciudad de Pavía sigue ominipresente “la Bataglia”.

El plano superior

En el plano superior, que domina más un tercio del cuadro, encontramos esos grandes cielos y grandes lejanías, que suelen, acompañar las gestas de sus héroes.

Fondos que exhiben la proverbial habilidad del artista en las gamas cromáticas grises y liláceas. Gamas que se difuminan con la niebla y van enrojeciendo a medida que se acercan al campo de batalla, lo que confiere a la escena ese carácter crepuscular y hasta un tanto apocalíptico, que constituye el gran factor de diferenciación de este lienzo en el conjunto de las obras del pintor. El virtuosismo técnico en la captación ambiental de elementos atmosféricos vuelve a deslumbrar.

Un lienzo muy personal y singular, sin alardes de multitudes, pero profundamente Dalmau, en el que habría que señalar su importancia para la Historia de Galicia, que parece haber olvidado a su héroe y con este lienzo está dejando constancia de su gesta. Y siempre con el rigor histórico que acompaña todas sus representaciones, siempre asesorado por el historiador David Nievas, la colaboración de Noemi Toral y la documentación de Luis Sorando.

El académico Ferrer Dalmau hace Historia con sus lienzos. La función artística en los cuadros de Dalmau a veces parece transmutar- como los capiteles románicos o los cuadros religiosos del Barroco- en función didáctica.

Ha conseguido que atraídos por su excelencia técnica, muchos desencantados vuelvan a recuperar la ilusión por la buena pintura. Y además gracias a esta fascinación, logra un fin más elevado: recordar la Historia de su patria, exhibirla con orgullo- y a veces arrogancia- y enseñarla a las nuevas generaciones, dejando un testimonio único para una posteridad que podría haberla olvidado.

Es un faro rutilante en un mundo donde se denosta todo lo que huele a nuestro heróico pasado. Y es que nada más y nada menos, y por mas que le pese a muchos, hay pocas cosas que hagan sentir tan orgulloso de ser español como observar un cuadro del Ferrer-Dalmau.

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