Mark Ryden junto a su obra «The Parlor» en el CAC de Málaga
Mark Ryden junto a su obra «The Parlor» en el CAC de Málaga - ELENA CUÉ

Mark Ryden: «Si se descifra la pintura, pierde vida»

El singular artista norteamericano exhibe en el CAC de Málaga «Cámara de las Maravillas», la primera retrospectiva de su trabajo en Europa

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Con una técnica pictórica que evoca a los antiguos maestros, el artista estadounidense Mark Ryden (Oregón, EE.UU., 1963) –que exhibe en el CAC de Málaga una retrospectiva–, introduce en sus obras la cultura popular con una ambientación surrealista. El misterio brota de la imaginación y la simbología que encierran sus cuadros. La vida no es un cuento de niños. Como alegoría del alma, los rostros infantiles de ojos grandes y miradas tristes han perdido la inocencia y contienen la decepción de la madurez. Con un velo de vida y muerte que lo envuelve todo, lo inocente y lo terrible se reúnen creando mundos fantásticos. La historia del arte se cuela por todos los rincones, como un jardín de las delicias desmembrado: Magritte asoma sus enigmas y Frida Kahlo nos recuerda su sufrimiento, mientras nos visita Ingres y otros maestros franceses.

—«Cámara de las Maravillas» es el nombre de la primera retrospectiva de su obra en Europa. ¿Qué significado tiene para usted esta exposición?

—Esta retrospectiva es una asombrosa oportunidad para compartir mis obras. Hasta ahora solo se habían podido ver en Estados Unidos. Es maravilloso y, además, poder hacerlo en un espacio con capacidad para albergar un gran número de obras.

—Con una estética de regresión es inevitable no preguntarle por su infancia. ¿En qué aspectos sigue sintiendo o mirando el mundo como un niño?

—Muchos artistas ven el mundo con los ojos de un niño: miran las cosas con esa perspectiva imaginativa y fresca que les caracteriza. Por lo menos, yo lo hago. Los niños ven el mundo lleno de magia, imaginación y asombro; y muchos adultos tienden a perder eso y volverse más anquilosados en su modo de observar.

—En sus pinturas los rostros infantiles expresan desprotección, inseguridad, sufrimiento. ¿Hay intencionalidad en ello?

—Para mí, que algo así se revele, es algo inconsciente. Cuando se manifiesta, no es porque yo intente conscientemente acceder a ninguna de esas emociones, pero cuando esto sucede, es sincero.

—Esto me hace recordar a un artista que usted admira y con el que, en mi opinión, tiene mucho en común, Neo Rauch. Los dos pintan con los sentimientos, lo irracional asume el control. Los cuadros de Rauch, al igual que los suyos, son como un sueño…

—Esto me parece un gran cumplido. Él es uno de mis artistas contemporáneos favoritos. Me encantan sus cuadros. Me asombra su destreza para mezclar imágenes que parecen salidas de un lugar mágico, directamente del subconsciente. Me maravilla. Y sí, efectivamente, puede ser muy irracional el hecho de intentar poner orden en esas cosas que revolotean en nuestro subconsciente y sacarlas a través del arte.

—¿Cómo alimenta su gran imaginación?

—Creo que lo que más define mi arte es la enorme gama de cosas en las que busco inspiración. Y esta inspiración procede de tantas fuentes diferentes que es la combinación de estas diversas experiencias las que forman mi arte. Me encanta ir a museos y mirar cuadros clásicos, pero también ir a los rastrillos y mirar cachivaches y baratijas, y combinarlo todo. No intento poner uno por encima del otro, los veo de la misma manera. Tienen la misma importancia para mí un objeto raro en una tienda que un gran cuadro en un museo.

—En sus pinturas aparecen reiteradamente abejas, ojos, carne, conejos, osos... Al ser continuadamente repetidos cobran vida propia. ¿Se pregunta sobre los signos que produce? ¿Ha tratado de descifralos?

—Dependiendo de la situación profundizo en ello en diferentes grados. Creo que descifrar tiene el peligro de hacerlo desaparecer y que una vez que lo descubres, lo matas. Por eso no le digo a nadie lo que estos signos representan, porque es importante que la pintura conserve el misterio. Si se descifra por completo, pierde vida. También puedo decirlo de mí mismo; si analizo en exceso por qué hago determinadas cosas, podría poner fin a mi deseo de trabajar con ellas. Los artistas comunicamos visualmente, no a través del lenguaje.

—Sus cuadros incluyen influencias de la cultura pop, el kitsch, que están considerados por algunos como baja cultura, ¿Qué quiere usted reivindicar con el uso del kitsch?

—Es un tema al que podría dedicarle libros enteros. Pienso que las imágenes que surgen de las profundidades del alma son baja cultura, y la gente lo contempla como tal. Puede que los críticos consideren que utilizar ese material con carga emocional y sentimental llega a un lugar más bajo que al de la aridez de lo intelectual. Las imágenes cargadas de una narrativa desconocida perturban a la gente. Estamos muy acostumbrados a ver arte abstracto y minimalista, que no nos desafía de ese modo. Vivimos en un lugar mucho más intelectual. Es interesante que, por ejemplo en la decoración de los hoteles, todo lo que se ve desde hace 50 años es arte abstracto, no se ve nada figurativo, porque sería demasiado específico y controvertido. Una obra de arte abstracta no desafía a la gente de la misma manera. Está lo elevado y lo bajo, pero no significa que uno sea mejor que otro.

—Al darle misterio, poder y fascinación, ¿es lo siniestro, para usted, una condición para buscar la belleza?

—Pienso que la belleza lo es todo, la veo en el mundo y me encanta. Mi deseo consciente y mi modo de abordar la pintura es tratar de alcanzar la belleza. Y quizá lo siniestro es algo de lo que no soy tan consciente. Pero es verdad que si solo llenas una imagen de belleza, sin nada con lo que contrastarla, podría convertirse en algo trivial, insignificante. Y eso hará que atraiga al espectador durante menos tiempo.

—¿El simbolismo erótico está presente en su obra?

—No lo creo. Entiendo que en algunas imágenes la gente pueda llegar a esa interpretación, pero es algo que yo conscientemente nunca indago o pienso.

—¿Cómo descansa su mente con tantas ideas y una imaginación tan desbordante?

—Mi mente no descansa a menudo. Tengo dificultades para dormir. Cuando me voy de vacaciones, me gusta ir a museos y ver cosas. Tengo problemas para quedarme quieto y dejar que la mente vague. Es frustrante que mi forma de pintar sea tan lenta. Solo consigo pintar una diminuta fracción de lo que me encantaría pintar. Hago muchos esbozos y dibujos y me cuesta escoger cuál voy a convertir en un cuadro, porque exige mucha dedicación y solo puedo hacer un número limitado en mi vida. Es duro dejar pasar muchas imágenes que me gustaría hacer. Por cada cuadro completado, hay 200 ideas que no he conseguido realizar.

—Está considerado como artista pop surrealista, lo que significa que mezcla la cultura popular con lo onírico. ¿Está de acuerdo con esta descripción?

—Ha habido polémica con esa clasificación. Es difícil definir qué es un surrealista pop ya que hay algunos artistas con similitudes interesantes, pero también con grandes diferencias y que forman parte de este grupo que nació en la costa occidental de Estados Unidos. Yo soy una persona muy aislada, paso mucho tiempo solo con mi arte. Me resulta difícil identificarme como parte de un grupo, pero lo acepto.

—¿Hay sentido del humor en sus cuadros?

—Pienso que sí, pero no considero que sea una parte esencial. Es curioso, mi esposa también es artista y emplea mucho más humor que yo en su arte, y noto la diferencia.

—En cambio, lo femenino parece estar muy presente en su obra...

—La feminidad divina es una parte de la belleza y del arte, y se ha perdido. Es la seca y masculina energía intelectual la que ha dominado el arte. Me parece que la diferencia entre mi arte y el de otros es que hace una referencia directa a esa energía femenina. La energía masculina de la competencia y el dominio sobre el mundo es el responsable de tantos problemas en la Tierra. Necesitamos más elementos femeninos.

—Ha ilustrado portadas para álbumes de cantantes importantes como Dangerous de Michael Jackson. ¿Qué supuso ese éxito para usted?

—Bueno, así es como empecé. De hecho, en la universidad me titulé en Diseño Gráfico, no en Bellas Artes, porque cuando yo estudiaba, a principios de la década de 1980, lo que ocurría en el mundo del arte no me interesaba. Me gustaban las imágenes figurativas, la cultura pop, la pintura y la escultura tradicional. Después de titularme, el trabajo que más se parecía a lo que a mí me gustaba era el diseño gráfico porque era el más creativo, imaginativo y abierto. En mi juventud hice unos cuantos proyectos de ilustración muy conservadores, pero realmente fueron las portadas para álbumes las que presagiaron lo que haría después. Aunque no deja de haber diferencias: la portada de un álbum no deja de ser un encargo mientras que la obra de arte es totalmente personal.

—Utiliza figuras emblemáticas como Abraham Lincoln, Buda, Jersucristo o Buckminster Fuller en sus cuadros. ¿Por qué?

—En el cuadro «Principio Dymaxion» no tenía intención de hacer un retrato de Buckminster Fuller y no es importante que el espectador sepa quién es. Era un símbolo de persona cultivada y eso, espero, que quede patente en el cuadro. Me gusta que se sepa que es una persona concreta, que no es una figura genérica y que los espectadores se hagan preguntas. En cuanto a Lincoln, es difícil definirlo. Lo que me parece interesante de él es que tiene un rostro asombroso, muy inquietante en multitud de aspectos. Como estadounidenses, crecimos con ese poderoso símbolo. Fue uno de los primeros personajes famosos fotografiados y hay algo que se percibe en esas viejas imágenes, algo que me parece que tiene mucha fuerza. Además, como personaje mitificado de la historia estadounidense, casi traspasa los límites entre una persona laica y una imagen religiosa, más que cualquier otro personaje histórico.

—Aunque transformadas, la religión y la naturaleza aparecen habitualmente en sus obras. ¿Dios o vuelta a la naturaleza?

—Yo no creo en un Dios monoteísta sino en lo espiritual que está en la naturaleza y en las cosas sencillas que nos rodean. Mis creencias espirituales están presentes en mi arte sin intención, aparecen de forma natural.