Borja-Villel, en el Museo Reina Sofía durante la entrevista JOSÉ RAMÓN LADRA

Manuel Borja-Villel: «Hoy los museos no solo coleccionan obras, también coleccionistas»

Lleva diez años al frente del Museo Reina Sofía y acaba de renovar su contrato por cinco años más. Hace balance de su gestión y analiza el mundo del arte

MadridActualizado:

En diez años ha ganado un buen puñado de canas, una nieta preciosa que muestra orgulloso en el móvil y se ha hecho más madrileño que el oso y el madroño. Habla de todo y de todos, aunque pasa palabra cuando se le pregunta por las declaraciones de Albert Boadella: «El Reina Sofía es un tanatorio». Manuel Borja-Villel no responde.

En una entrevista con ABC en 2008, recién elegido director del Reina Sofía, dijo: «Me gustaría que el museo fuese el MoMA del siglo XXI, es factible». ¿Lo sigue pensando diez años después? Claro que también confesó entonces que tenía más moral que el Alcoyano.

(Ja,ja). Le diría aquello de que pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad. No lo dije en el sentido de que el Reina Sofía tuviera que sustituir al MoMA creando un propio canon, sino establecer otro modelo.

¿Se ha conseguido?

Creo que se han dado pasos con la colección, las exposiciones, los espacios... Se ha establecido una estructura de redes muy diversas. No son franquicias. Es una apuesta por otro modelo de institución que sea sostenible. La autofinanciación del museo es casi del 30%. Pero la real es mucho más amplia: las donaciones de la fundación no se cuentan y el año pasado fueron 4 millones de euros. Las transferencias del Estado siguen siendo altas, en relación a otras instituciones, pero es que la estructura de esta casa también lo es. Todas las actividades son financiadas con dinero que genera el propio museo.

¿Qué balance hace de estas dos «legislaturas»?

Tengo una especie de alzhéimer selectivo y se me olvidan las cosas malas. Estuvo la polémica por la caja de cerillas, que fue un asunto absurdo pero complicado; la crisis, con un recorte en dos años de un 45%... Pero también hemos creado una fundación. Antes los museos coleccionaban obras, hoy también coleccionan coleccionistas. Hay obras que ningún museo público puede adquirir.

¿El «Guernica» no le quitó el sueño?

¡Ve cómo tengo alzhéimer selectivo! Sí, ese tema me llevó mucho tiempo.

De habérselo llevado el Prado hubiera sido catastrófico para el Reina Sofía...

Sí. Hubiera sido el final de... Pero nunca creí que llegase a ocurrir, porque era tan absurdo...

Por cierto, ¿cuándo abordará el Patronato la restauración de la obra?

Tenemos los presupuestos prorrogados. Además, estamos ya con las obras de la planta cero para reordenar la colección. Fomento ha ingresado una partida para este año de algo más de un millón de euros.

Parece que no tiene muy contento a Jean Nouvel...

Se quejaba en ABC, y es verdad, de que la Ronda de Valencia debía ser subterránea y nunca se hizo. No hay continuidad en el espacio. La plaza del museo debía ser más agradable, es demasiado dura. Y hay cosas sin acabar, como la conexión entre los dos edificios en la planta 0. La idea sería unir Sabatini con Nouvel por abajo y ahí iría la parte contemporánea: desde los 80 hasta ahora.

«No voy a decir que no me gusta Nouvel», decía usted hace diez años. ¿Ha cambiado de opinión? Dejó la ampliación hecha unos zorros: las cubiertas hubo que arreglarlas enseguida, porque el museo «se inundaba».

Hoy solo hay goteras en los cristales, que es algo normal. Cuando Nouvel hizo la propuesta hubo hasta tres directores. Imagino que cada uno le pediría una cosa distinta. Y creo que no hubo una supervisión. Alguien debía estar en las obras. Hubo todo tipo de problemas.

Pero, ¿le gusta la ampliación?

Hay cosas más interesantes que otras. Nouvel dibuja muy bien, otra cosa son los acabados. La conexión entre Nouvel y Sabatini por arriba está muy bien resuelta, la biblioteca es espectacular. Pero no me gustaban las salas de exposiciones y por eso las cambiamos. Era un espacio polivalente. Cuando te dicen que algo vale para todo, acaba no valiendo para nada. Y así fue. De hecho, era casi imposible utilizarlas. Y hay cosas complicadas, como esos pasillos, laberintos, que complican la circulación y te obligan a poner muchos vigilantes. Da a entender que no había nadie detrás. Tal vez hubo prisas. A mí los edificios que me gustan son Sabatini, los palacios de Veláquez y de Cristal del Retiro. El de Velázquez es el mejor espacio para pintura de Europa. El de Cristal es un reto para los artistas. Hay obras magníficas que acaban no funcionando allí. Fue Bohigas quien dijo cuando se inauguró el Reina Sofía: «Es más feo que El Escorial». Tuvo mil críticas, pero es el lugar más agradecido para exponer arte. El arte moderno y contemporáneo funciona mejor en espacios no pensados para museos. Y al revés: los edificios pensados para museos, y eso se puede decir del Macba y del Guggenheim Bilbao, no funcionan. Pueden funcionar a otro nivel. El Guggenheim es una arquitectura fantástica, pero funciona como monumento. Para exposiciones es bastante complicado.

En 2017 el Reina Sofía tuvo más de 3,8 millones de visitantes. Pero esta cifra es un tanto «tramposa»: Sabatini recibió 1,6 millones, y con una exposición muy mediática como la del «Guernica». El resto son visitantes de los Palacios del Retiro, que además son gratuitos.

Tener cifras por tener es contraproducente para un museo. Hubo 680.000 visitantes en la muestra del «Guernica», pero pudo haber muchos más, porque limitamos el acceso. Lo aprendimos de Dalí. La visita era muy incómoda.

En 2018 habrá en el museo 17 exposiciones. ¿No son demasiadas?

No lo creo. La escala de este museo exige ese número de exposiciones.

Viendo la programaciones de los últimos años, sigue siendo fiel a su política de no exponer nombres comerciales, no hacer muestras muy populares... Usted llegó a decir que Hirst no tiene cabida en el Reina Sofía. ¿Lo mantiene?

A mi edad ya no tengo fobia a nada ni a nadie. Sí hemos hecho exposiciones de artistas muy populares: Picasso, Dalí... Pero no creo en hacer blockbuster porque sí. La de Picasso claramente formaba parte de una investigación.

Picasso, Dalí... y pocos más.

Hay más nombres no populares, no conocidos, sí. Creo que un museo tiene que educar. La colección del Macba era mucho más «elitista». La del Reina Sofía no. Siempre he defendido la idea de múltiples minorías.

Vamos, que no tiene fobia a ningún artista.

Personal a nadie.

¿Y artística?

Cada época tiene unos artistas. Unos son buenos y otros son más malos. Trato de poner lo mejor, lo más relevante.

Entiendo entonces que Hirst es malo...

Es cínico. Está visto también. Hace unos días me invitaron a la Fundación Vuitton de París. Estaba el Reina junto al MoMA, la Tate... Algo se habrá hecho bien. Somos los «raros»: posiblemente sea la única institución de las grandes que hace este tipo de exposiciones de nombres poco conocidos. Esa empieza a ser nuestra identidad.

¿Ser los «raros» de la museística internacional es algo positivo?

Los raros, en el sentido de que el antiguo modelo se está agotando.

Este año veremos al fin en el Reina Sofía a Jaume Plensa, aunque será en el Palacio de Cristal. ¿Escogió él este espacio?

Fue de común acuerdo. Se lo propusimos y le pareció bien. Cuando le dieron el premio Velázquez estaba en conversaciones con el Macba para hacer una retrospectiva. La idea era hacer allí una exposición más de tipo histórico y aquí una intervención. Es un artista para el cual lo público es importante. Su carrera son obras públicas sobre todo.

Se le acusa de ser demasiado personalista, de exhibir solo el arte que le gusta y vetar el resto. ¿Hay artistas expuestos en el Reina Sofía que no le gusten?

No ha sido igual la programación que hice en la Fundación Tàpies, en el Macba y en el Reina Sofía. Por tanto, tan personalista no seré. Trabajo con un equipo. Esto a veces parece una familia siciliana.

Era solo una pregunta. Espero no encontrar mañana un caballo muerto en mi cama...

(Ja,ja). Lo decía en el sentido de que hay una relación muy estrecha entre los que trabajamos en este museo. Hay artistas que no pondría si tuviera una galería, porque no son de mi gusto personal.

Volvamos a la pregunta. ¿Hay obra expuesta en el Reina que no le guste?

Gustar es demasiado subjetivo. Si están expuestas es porque me interesan y las considero relevantes. En una exposición que haremos este año hay artistas que en otro momento no hubiera puesto ni loco.

¿Como quién?

Manessier, Bissière... pero son muy relevantes para entender una época, para entender por qué Picasso está haciendo otra cosa.

Hay quienes creen que la colección del Reina Sofía es Picasso y el «Guernica», Dalí, Miró, Gris... y poco más.

La colección del Reina tiene mucho de película de Berlanga, de actores secundarios de lujo, donde no hay un protagonista. Tener esta masa gris es importante y diferencia esta colección de otras.

Podría pensarse lo contrario: que es una película con un protagonista indiscutible, el «Guernica».

Es el protagonista, digamos, de atracción popular. Cierto tipo de público, que no es visitante asiduo del museo, obviamente va a ver el «Guernica». Me refería más a gente del mundo del arte. Viene a ver cosas que no conocen, que no se esperan, como «La Codorniz», que es maravillosa, Berlanga...

¿Qué ha aportado Ricardo Martí Fluxá como presidente del Patronato?

Tiene un carácter buenísimo. Es muy fácil trabajar con él, está disponible a todas horas. Está creando un equipo y dinámicas muy buenas. Y se ha implicado en la fundación.

¿Se mantiene la política de cobrar por llevar algunos fondos de la colección al extranjero? ¿Cuáles?

En el extranjero hay tres líneas de exposiciones. Por un lado, las coproducciones. Por otro, llevamos obras de arte español que creemos que es importante que se conozcan fuera. Cobramos solo una fee administrativa. Y hay exposiciones donde sí se ingresa una cantidad importante. Habrá una de Dalí en colaboración con la Fundación de Figueras que irá a Mónaco, Moscú y China. La fee será muy alta: un millón de euros por cada sede. En Mónaco será algo menos porque es más pequeña. «El último Miró», que ahora está en Buenos Aires, luego irá a Lima y seguramente a México.

Hace cinco años se creó la Fundación Museo Reina Sofía, que ha sido de una gran ayuda.

Con la fundación se ha generado una comunidad y eso es impagable. Alguien debía hacerle un monumento a los coleccionistas latinoamericanos.

Al menos, a Patricia Phelps de Cisneros.

A todos ellos. Apoyan muchísimo al museo. De España al principio solo estaba Helga de Alvear. Ahora están también Pilar Lladó, Marga Sánchez... Y empieza a haber europeos. Un banquero suizo retirado quiso conocerme. Me dijo: «Cada trimestre vengo a Madrid a ver lo que haces. Como quiero que lo sigas haciendo, pídeme dinero».

Las malas lenguas dicen que la donación de Patricia Phelps no tiene el mismo nivel de calidad que la del MoMA.

Es cierto, pero es lógico. Tiene una relación muy estrecha desde hace muchos años con el MoMA. La donación contemporánea que ha hecho al Reina Sofía es igual de valor que la del MoMA. Lo que todavía no ha donado -aquí sigue en depósito- es la parte clásica. Al MoMA sí la donó.

Hablando del museo neoyorquino, en 2008 decía usted que Latinoamérica era una moda para el MoMA, que tenía una idea paternalista: no daba la voz a los artistas, sino que hablaba por ellos.

En general, los museos que empiezan a incluir en sus colecciones no solo Latinoamérica, sino también Europa del Este, tienen una visión donde el punto de vista sigue siendo el suyo.

Tampoco se mordió la lengua con la Tate de Vicente Todolí. Dijo que no era tan buena. Haciendo amigos...

La colección de la Tate no es muy buena, la verdad.

Y seguimos con más modas: las de las franquicias de los museos. Recientemente se ha inaugurado el Louvre Abu Dabi, se ha anunciado un Pompidou Shanghai, que se unirá al Pompidou Málaga, hay un Hermitage Amsterdam...

A no ser que seas MoMA o Pompidou, que tienen colecciones muy amplias, lo de la franquicia es como un chicle. Empiezas a estirar y llega un momento que no hay nada. A nivel económico, no siempre acaba de funcionar. El sistema Guggenheim, por ejemplo, está bastante subvencionado. Cuando la razón prioritaria es la económica, acaba disminuyendo la razón creativa. Si ves las programaciones, son clónicas. Y eso acaba siendo un empobrecimiento.

¿Habrá algún día una franquicia del Reina Sofía o no tiene colección para ello?

No la habrá.

Hay quien cree que lo sería la antigua sede del Banco de España de Santander, que acogerá el Archivo Lafuente. ¿Se expondrán allí fondos del Reina Sofía?

No. Se puede exponer alguna pieza puntual. El archivo aún no se ha comprado, sigue siendo privado. Se ha hallado una fórmula entre Ayuntamiento de Santander, José María Lafuente y el Reina Sofía. El Gobierno cántabro se ha salido.

Un jeque árabe paga 450 millones de dólares por un Leonardo que podría no serlo... ¿Qué piensa?

Pues lo mismo que cuando oyes que han pagado 200 millones por Neymar: que el mundo se ha vuelto loco. Loco no, que es demasiado romántico. Se ha vuelto muy injusto. Implica que hay pocos que tienen todo y muchos que no tienen nada. Y tiene algo de autodestructivo. Pero una colección no se hace de este modo. Son juegos de poder. Eso no es el mundo del arte. Uno de los problemas actuales es que las industrias culturales y de la comunicación están de algún modo canibalizando un mundo tan frágil como el de la creación.

Una veintena de obras de Modigliani han sido retiradas de una exposición en Génova porque eran falsas. ¿Podría haber obras falsas colgadas en el Reina Sofía?

Espero que no. Eso significaría que no hemos hecho nuestro trabajo de investigación. Cada vez hay más control, porque hay mucha información.

Los emiratos han irrumpido en el mundo del arte como un elefante en una cacharrería. ¿Están dañando a los museos de Europa y Estados Unidos?

Los emiratos han copiado modelos. Muchos de los que mandan están educados en Estados Unidos. Hay una competencia extrema por que esta zona sea la capital cultural del mundo árabe. Se dan cuenta de la importancia de la marca. No solo lo están haciendo con el arte. Mire el París Saint-Germain. Hemos prestado muy poca atención al Mediterráneo, al mundo árabe, y son nuestros vecinos: Líbano, Cairo, Bagdad y el Magreb. En los emiratos hay colecciones de arte árabe moderno increíble.

¿Puede hacerse un museo a golpe de talonario?

No. Bueno, se puede hacer, pero entonces tiene que ver con poder.

Esas amistades peligrosas entre museos y mercado del arte...

El dinero se manifiesta de muchas formas: un talonario, bienales hechas para turistas...

Estamos a las puertas de ARCO. ¿Cree que la feria ha encontrado al fin su sello propio o es una feria más? Imagino que mantiene el Reina Sofía su compromiso de adquirir obras como cada año.

Existe la voluntad de ayudar a crear un tejido. Lo que compramos lo hacemos porque tiene sentido. En los 80 la feria era muy social, se intentó que fuera más contemporanea... En estos momentos creo que es un lugar de encuentro. Y eso hace que sea tan importante comprar como ver a gente. Siempre descubrimos algo en ARCO, pero no siempre está en la feria.

Uno de los pesos pesados de su proyecto, junto a Latinoamérica, son los feminismos. Se suceden a diario las denuncias de abusos sexuales. ¿Está habiendo una caza de brujas?

Este año habrá bastantes mujeres artistas exponiendo en el museo. Pero en el Reina Sofía el feminismo no es una cuestión de cuotas. En la sociedad el papel subalterno de la mujer es evidente. Hay una serie de comportamientos que no son de recibo. Que haya un movimiento que trate de acabar con todo eso me parece bien. Dicho eso, es verdad que vivimos una época muy autoritaria. Todos nos estamos vigilando, hay una sospecha permanente, una criminalización permanente. Ahí sí puede haber una especie de caza de brujas. En esta época de la posverdad te sueltan una mentira... y trata de defenderte. Es tan reaccionario que cuando hay un caso de corrupción no acabas sabiendo qué es verdad y qué es mentira.

Y de un tema de actualidad a otro. ¿Ha visto «Mount Olympus», de Jan Fabre?

No.

Le pregunto por si cree que debían hacerse espectáculos como ése. Estamos viviendo episodios de censura: Gallimard ha decidido no publicar unos panfletos antisemitas de Céline, hay peticiones de que retiren un Balthus del Met...

Me da la impresión de que hay cierta involución que tiene que ver con esa caza de brujas. Hay cosas que se hacían en TV, como en «La Edad de Oro», que hoy no serían viables. La cerrarían. Hay mucha criminalización. Un ejemplo. El informe del Tribunal de Cuentas sobre la compra de «La Virgen de la Granada», de Fra Angelico, por parte del Prado. El argumento era que no estaba contrastado. Es como si vas a La Paz y dices: «No me fío del diagnóstico, lo tienes que contrastar». Es tan absurdo... Esta es una sociedad más pacata, más autoritaria, más intolerante. En Sao Paulo quisieron cerrar el Museo de Arte Moderno porque había un personaje desnudo. Esto en Brasil. Vas a Copacabana... Los museos y las universidades deberían ser lugares de libertad, donde se pueda debatir todo sin ningún problema.

¿Se ha autocensurado alguna vez?

Espero que no.

¿Cómo vivió la salida del Macba de Bartomeu Marí?

Fue complicado, una tormenta perfecta: era su último periodo, viajaba más, fue tal vez cierta deslealtad de su contexto, había tenido presiones ya antes...

¿Nunca ha dicho no a alguna propuesta polémica de un comisario?

Siempre se debate todo.

¿Cómo ve un «exiliado catalán en Madrid esta, digamos, «performance belga» de Puigdemont?

Es complicado el tema. Esta tensión Cataluña-Madrid viene de siempre. En algún momento le favoreció a todo el mundo porque era un modo de no atacar los problemas reales. Con la crisis, esta polémica, que era meramente nacionalista, fue transversal. Vivimos en una máquina, que empezó a ir por sí sola y ahora está desbocada. Está imbricado este asunto, tendrá que pasar tiempo.

Una curiosidad. ¿Ha visto la exposición de Cai Guo-Qiang en el Prado?

¿La de los cohetes?

Bueno, es una forma de decirlo.

Sí.

¿Y qué le parece?

No le diré al Prado lo que tiene que hacer. Me parece bien que haga contemporáneo. Yo no haría esa exposición. Hay otros artistas chinos mucho mejores. Es un espectáculo bastante banal.

¿Tiene mejor sintonía con Falomir que con Zugaza?

Me llevo muy bien con Falomir desde el principio. Entiende historia del arte y es muy fácil hablar con alguien que habla tus propios términos. Miguel Zugaza es muy inteligente. Cambió el Prado, sin duda, pero digamos que su agenda era distinta de la de Falomir. Éste me parece extraordinario como director del Prado.

Va camino de batir el récord de Zugaza. ¿Acabará su carrera aquí?

¿Aquí en España o aquí en el Reina Sofía? Por desgracia para mi familia soy altamente disfuncional. En cuanto me sacas del museo, no sé hacer otra cosa.

¿Se ve volviendo a un museo catalán?

El ladrón nunca vuelve al lugar del crimen. De momento no. Cuando llegué no me gustaba Madrid. Era una idea totalmente preconcebida. Ahora me parece una de las mejores ciudades donde vivir. Hoy por hoy no me imagino viviendo en otro sitio. Me hicieron hace poco una entrevista para «La Repubblica» porque hay cierto runrún fuera de que Madrid empieza a ser una ciudad a la que hay que ir. Tiene un Paseo del Arte imbatible, desde la Biblioteca Nacional hasta Matadero.

Para uno de sus colegas es el Salvaje Oeste...

Creo que la cultura no es extractiva, como una mina. Cuanto más hay, mejor. La calle es de la gente en Madrid. Es algo que no he visto en otras ciudades.

Veo que le hemos ganado para Madrid...

Pero sigo siendo del Barça.

—Nadie es perfecto.